lunes, 11 de septiembre de 2017

Recordando el otro 11 de septiembre

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Entre Fronteras
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recordando-los-40-anos-del-golpe-militar-de-pinochetFoto: Captura de pantalla / YouTube

Hasta el año 2001 existía para mí un solo 11 de septiembre: El 11 de septiembre de 1973.

Pero los atentados terroristas de Nueva York y Washington, coparon la atención del mundo entero hacia este más reciente evento. El tiempo también ha venido haciendo su trabajo y cada vez nos alejamos más de aquellos luctuosos hechos ocurridos en Chile, precisamente el otro 11 de septiembre de 1973.

Aquel día, muy temprano, fui despertado con sonoras llamadas a la puerta de mi habitación:

– ¡Víctor! ¡Víctor! ¡Levántate!… dieron el golpe

A fuerza de tanto esperar ese día, finalmente cuando llegó no lo esperábamos.

Recuerdo, sin embargo, que la tarde del último fin de semana, antes de ese día, un helicóptero militar sobrevoló la zona de la universidad, muy bajo. Y ciertamente tuve ese presentimiento desagradable que tantas veces habíamos dibujado en nuestras mentes. Sólo que esta vez me pareció convincente. ¡Van a dar el golpe!, me dije.

La tarde de ese día no ayudaba a pensar lo contrario. Lucía triste. Los amplios espacios del campus universitario estaban como nunca, desolados y ausentes de bulla. Era una tarde gris.

Los más precavidos, o los más comprometidos con sus partidos políticos, ya se habían esfumado de la ciudad universitaria, es por ello que esa tarde parecía sin vida.

Las cabañas, o cabinas como preferíamos llamarlas, donde habitábamos, se encontraban precisamente en el interior del recinto universitario, incrustados en las faldas de las colinas, que bordean uno de los costados de la universidad, cubiertas de verdes y altísimos pinos y eucaliptos. Vivíamos en cada cabaña, entre 20 a 25 estudiantes, cómodamente instalados.

Al amanecer de aquel 11 de septiembre, habríamos en nuestra cabaña menos de la mitad de sus regulares habitantes.

Justamente la noche precedente al golpe de Estado, estuvimos discutiendo hasta altas horas, entre bromas y en serio, los distintos escenarios que podrían devenir, de ocurrir lo que parecía inevitable. Y nos fuimos a dormir ya en pleno 11, ignorantes que a esas horas en Valparaíso la infantería de marina ya se desplazaba en las penumbras de la noche, subrepticiamente, hacia sus posiciones de asalto.

De tal manera que a los primeros golpes a la puerta que empezó a sonar mi amigo panameño, me levanté como un resorte y medio vestido salí a los corredores, donde todo era un laberinto de gente. Miramos por  los ventanales hacia las entradas y todo parecía tranquilo y, una vez más, desolado. De repente, a lo lejos, de otras cabinas empezaron a gritar: ¡Viva la Unidad Popular… mierda!

El pánico cundió. Íbamos de un lado a otro tratando de tener alguna noticia; probábamos sintonizar las emisoras de radio, pero la mayoría estaban silenciadas y las otras sólo tocaban música.

– ¿Qué estará pasando en Santiago?, nos preguntábamos.

Echamos otra mirada hacia abajo y vimos que las tropas del Ejército ya estaban allí. La pesadilla se había vuelto realidad. Para nosotros, ya era tarde. Estábamos atrapados, no podíamos huir.

Entramos en una discusión -siempre una discusión-. Unos pensaban que debíamos bajar, otros que debíamos quedarnos. Ambas posibilidades tenían sus riesgos. Cuando estábamos en eso, un oficial con un alta voz nos conminó a bajar y desocupar las instalaciones de inmediato, agregando que de no hacerlo, nos atuviéramos a las consecuencias.

Decidimos bajar. Bajábamos uno a uno, siguiendo las órdenes de los soldados, con las manos en alto, apuntados por los fusiles. El pelotón de soldados era grande, la mayoría agazapados detrás de los muros de piedras que conducían hacia las viviendas.

Cuando estuvimos a su alcance, con un empellón nos estampaban a los muros y con pequeñas patadas nos hacían separar las piernas y procedían a una revisión, para ver si traíamos armas.

– ¡Sigan por allí! y nos señalaban un largo corredor de soldados. Corran.. corran… no se detengan…

Así lo hicimos fuimos recorriendo ese pasillo improvisado de soldados y de repente nos empezamos a dar cuenta que ya no había soldados a ninguno de nuestros costados, se había acabado el corredor, estábamos libres.

Estando solo, seguí caminando, hasta ganar la salida de la universidad (o la entrada, según el punto de vista). Me topé con pequeños grupos de estudiantes que discutían, y en uno de ellos estaba uno de mis colegas de carrera. Le cuento lo sucedido y me pregunta ¿ahora, a dónde vas?. Fue entonces cuando me di cuenta en la orfandad en la que me encontraba, acababa de ser echado de mi hogar, el único que tenía y no tenía familia, ya que era un joven estudiante extranjero llegado solo al país.

Para ese momento era cerca del mediodía y pronto iba comenzar el primer toque de queda que impuso el gobierno de facto comandado por Augusto Pinochet.

Mi entrañable amigo, me dice sin ambages: ¡Vente conmigo, con mis padres!. Y partimos.

Aquella fue la última vez que estuve en mi alma mater, la Universidad de Concepción, hermosa ella , situada en la ciudad del mismo nombre, a más de 500 kilómetros al sur de Santiago, la capital de Chile.

No puede regresar a ella, ni siquiera para recuperar mis pertenencias, ya que se me impidió hacerlo y mi vida tomaría un camino, que quizá me lo imaginé, pero no esperaba recorrerlo realmente.

—–

Nota: Este articulo fue publicado en estas páginas por primera vez el 11 de septiembre del 2013, bajo el título: Sobrevivir a un “campo de concentración” de Pinochet

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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