Viernes, 3 de Enero de 2014

Diomedes Díaz: un espantapájaros que salió de la nada para conquistar un anaquel en la historia nacional

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El arca de Enoïn
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Diomedes Díaz Muerte 2013

Los individuos de alma dionisiaca y perdularia que habitan el Caribe colombiano y sus alrededores, sin importar su género, su estrato social o nivel cultural, están de duelo. El domingo 22 de diciembre, a una hora indeterminada, ha muerto Diomedes Dionisio Díaz Maestre, sumo sacerdote de la bacanal, el goce mundano y la juerga.

Ese título lo ganó gracias a sus extraordinarias dotes de juglar y a los matices de una voz, cuyos influjos tenían el poder de convertir al público: así lo certificó Alberto Salcedo Ramos a quien se ha proclamado como el mejor cronista colombiano de los últimos tiempos, en una congregación de “feligreses que se [postraban] ante su Mesías”.

De la aceptación social que alcanzó su música –y del rechazo que algunos sectores de la sociedad colombiana (particularmente bogotanos) manifiestan frente a las tropelías de ese sujeto que llevó una vida disoluta– deja constancia para la posteridad un editorial del centenario y cachaco diario El Espectador, que nunca le dedicó en vida un editorial. En la nota póstuma del diario capitalino, donde raras veces se exalta con la opinión oficial de sus editores las gestas de los provincianos, se dice que el inmensamente celebrado y nunca bien ponderado Cacique de la Junta fue “un cantante superdotado, probablemente único en su clase (por la potencia, por el timbre prodigioso de su voz), que volcó el legado del vallenato a toda la sociedad colombiana”. Resalta el editorial que hoy nadie puede negar, sin importar la clase social o el estrato, que la música de Diomedes Díaz suena en ‘casas y en carreteras’, en ‘todas las fiestas de todos los meses del año’”.

El éxito musical de Diomedes Díaz fue tan monumental que, según un productor de Sony Music Colombia, él era “el único artista vallenato que podría pasar 10 horas seguidas cantando solo éxitos, sin repetir ni una canción”. Es tan sólido su éxito comercial, que expertos en mercadeo musical consideran que, en Colombia, Diomedes es uno de los pocos artistas a los que la piratería no ha podido doblegar. Él mismo dejó por sentado que la copia –sin permiso- de su obra no le quitaba el sueño. En entrevista con Daniel Vivas Barandica, publicada en la revista Boca, sobre el tema dijo: la piratería “a mí no me ha afectado mucho, yo he seguido vendiendo y parece que a todos, incluyendo a Sony Music, nos ha ido bien. […] La piratería vende más barato, llega a lo más recóndito y nos hace propaganda para llenar escenarios. Es un arma de doble filo”.

El hecho de sentirse idolatrado sin contraprestaciones por un público que, como lo advierte Salcedo Ramos, estaba “dispuesto a perdonarle cualquier barbaridad con tal de que [siguiera] cantando”, fue el que lo llevó a componer el tema Para mi fanaticada, un himno que enardece el corazón de sus verdaderos fieles. En esa canción, acompañado por los acordes magistrales de Colacho Mendoza, en manifiesto gesto de humildad canta con vehemencia:

Toditas mis canciones siempre se refieren al amor

Pero esta vez me inspiro pa’ cantarle a mi fanaticada

Porque un artista solo no puede conservar su valor

Y hay que reconocer que ninguno nace con fama

Por eso yo con mi fanaticada

Siempre vivo contento cada día

Cantándoles bonitas melodías

De esas que yo compongo con el alma

Una muerte como en el paseo “Sueño Triste”

Mi primer contacto con la música de Diomedes Días comenzó en la escuela rural del caserío de San Francisco, cabecera urbana de la vereda donde nací. Allí, a pocos pasos de la escuela había una Cantina, cuyo dueño había traído de Venezuela, adonde había ido a trabajar en una matera, un tocadiscos que funcionaba con baterías y dos bocinas, que se podían escuchar a varios kilómetros de distancia. Esa festiva posesión hacía de él la única persona, en varias leguas a la redonda, capaz de animar de manera moderna las parrandas de los adultos perdularios de la comarca de mi infancia.

El artefacto había convertido al tipo en un empresario próspero y apreciado por los tarambanas del villorrio. Para celebrar la vida o para ahogar las penas los hombres de la región: pocas veces las mujeres -vale la pena aclararlo- llegaban a cualquier hora del día o de la noche y solicitaban que se hiciera sonar en la radiola, por un peso la hora, su música favorita. Entre los temas que las bacantes hacían repetir hasta el cansancio estaba el paseo Sueño Triste, compuesto por Calixto Ochoa, canción que encierra un mensaje agorero, que solo Diomedes Díaz y Colacho Mendoza pudieron transmutar en aire parrandero. A veces estábamos tratando de aprender a sumar, cuando la voz de Diomedes nos llegaba con todo su esplendor, desde la copa del mango del patio vecino, donde estaba amarrada una de las bocinas, pregonando:

En la revelación de un sueño yo presenciaba mi cadáver

Pero esto tenía un misterio porque yo amanecí grave

El día que muera este negro quedará de luto el valle

Reconstruyendo los hechos que rodearon su deceso la agencia Colprensa reporta que después de haber oficiado como pontífice principal de una parranda celebrada en una discoteca de Barranquilla, adonde fue a lanzar su última grabación, que solo cinco días antes había salido al mercado,  “El Cacique voló como el cóndor herido”, cuando hacía una siesta. Según dicho reporte, como presagiando la llegada de la hora final, en medio de su última farra le dijo a uno de sus acompañantes: “compadre estoy cansado, me les voy a morir en la tarima”. Al día siguiente se produjo el hecho aciago en la soledad de su alcoba.

Muerte de Diomedes DíazSobre la conmoción social que generó la noticia dejó constancia el corresponsal de BBC Mundo en Colombia, Arturo Wallace, la cual se manifestó de inmediato en redes sociales y en las ventanas de comentarios de los portales de los medios nacionales e internacionales. Desde entonces sus seguidores no han cesado de lamentar su muerte. Valiéndose de todos los medios que han encontrado a su alcance han confirmado lo que dicen los titulares de prensa: “Diomedes como artista fue grande y para el folclor vallenato”. Él es una figura “irreemplazable”.

La congoja que ha inunda el corazón de sus devotos se evidencia en frases como las de Constaza, que escribió en el espacio destinado por la BBC a los comentarios de sus lectores: “oh Dios que tristeza [por] esta gran perdida”. Por su parte, Hugo Polanco Bohórquez, sentenció en la ventana de comentarios de El Espectador, para consolarse por la “irreparable pérdida”: “se marchó Diomedes dejando muchas canciones que en nuestro corazón perdurarán. Se fue Diomedes Díaz, el mejor cantante y compositor, dejando junto a sus hijos y sus canciones [un pueblo que] en silencio lo llorará”. 

Por su lado Hollando (también comentarista de El Espectador) sostiene que el Cacique de la Junta fue “aquel hombre que le cantó a su tierra, a sus costumbres, a sus gentes, a su familia, a sus amigos, a sus tristezas, a sus desengaños, a sus alegrías; aquel que cuya música ya casi que es obligatoria desde hace casi 40 años”. Resignado frente a la fatalidad Alex Ramírez, un feligrés devoto de la religión de la parranda, escribió debajo de una de sus canciones en Youtube: “aquí no hay más que hacer sino beber, escuchar sus canciones, y despedirlo con alegría”. 

En realidad los parajes virtuales, más que las propias notas de prensa, han resultado ser el mejor lugar para recabar los testimonios sobre la saudade que embarga el espíritu de la fanaticada, por la muerte de ese, a quien el cronista Alberto Salcedo Ramos llamó “el espantapájaros más gracioso de nuestra historia”. Fue allí donde sin proponérmelo comencé a tomarle el pulso al estado de postración emocional, en que se sumerge hoy el alma de la cofradía parrandera, que hizo de este campesino sin abolengos su gurú, su guía espiritual.

Mi primera zambullida en ese luto colectivo sucedió en el muro de Facebook de William Fortich. Allí, de manera sucinta y emotiva, quien fuera mi profesor de filosofía de la historia en la licenciatura de Ciencias Sociales registró compungido el hecho: “Colombia entera llora a Diomedes Díaz”. 

Las palabras del profesor Fortich encontraron de inmediato eco en el sentimiento de Roger Pereira Espinosa, uno de sus contactos, que reaccionó a su comentario en tono grandilocuente: “Diomedes de por sí era, es y será siempre un homenaje a la música, al folclor y al amor. Ya está muerto pero será siempre eterno su legado y jamás dejará de ser ese gran músico, eximio cantor y compositor. Perdemos a un gran artista. El mejor homenaje será seguir escuchándolo con alegría”. La reflexión es complementada por Clito Self Mogollón, quien minutos más tarde agrega: “Se fue el más grande entre los vallenatos”.

Los contactos del profesor siguen su diálogo dolorido, en el que intervención tras intervención se va dejando constancia que la obra musical de Diomedes Dionisio Díaz Maestre, como lo sostiene Oliden Pérez Mora “es un legado cultural, de filosofía popular y de la expresión de los pueblos, en su diario vivir”. Ese aspecto es reforzado por Marly Luz Nieves Díaz, quien afirma que “sus canciones son historias de la vida real”. Para orientar la catarsis colectiva el profesor vuelva sobre el tema y anote de nuevo: “Las canciones de Diomedes son una fuente para conocer el alma colombiana. Diomedes Díaz [es] un monumento a la cultura popular”.

Sobre sus minutos finales, la BBC Mundo, que cita como fuente a su mánager, José Zepada, informó que “el músico falleció poco después del mediodía”, cuando dormía en su casa de Valledupar. Como lo evocamos anteriormente, la manera como murió Diomedes es, sin duda, un guiño a los versos de Sueño triste. Ésta es una de las canciones que lo convirtieron en reverendo de la secta de tarambanas que, cuando sus canciones no se escuchaban más allá de los lugares adonde llegan las ondas hercianas de las emisoras de la frecuencia AM del Caribe colombiano, rendida a sus pies cantaba:

He tenido un sueño raro y triste donde la muerte me ha llamado

Yo recuerdo que le dije: “déjeme vivi’ otros años”

Desafortunadamente en esta ocasión la muerte no aceptó ningún pacto con el cantor. Éste, al contrario de aquella ocasión, no despertó llorando como en el sueño raro y triste que narra el paseo. En secreto el misterio de la muerte se consumó. Su vuelo al más allá, en medio de los festejos de fin de año, deja en la orfandad a una “tribu de fanáticos”, que no se cansa de lamentarlo y de gritarle “al mundo lo mucho que extrañarán al artista”. Abatido por la congoja varios de sus seguidores han escritito en las colillas de comentarios de los periódicos virtuales y en las redes sociales: “¡Diomedes te tiraste la navidad viejo man! Por tu muerte la fiesta de fin de año será un velorio”.

El valle y la su música de acordeón están de luto. El Cacique de la Junta ha muerto en víspera de la Navidad. Su fanaticada y su morena lo lloran de manera desconsolada. Por eso en la radio y en las fiestas no sonó del mismo modo Mensaje de Navidad, esa canción que en los barrios populares, los caseríos y los villorrios del Caribe colombiano es más popular que cualquier villancico centenario. Por causa de su partida inesperada fueron pocos los que cantaron al final del 2013:

Unos dicen: “Que buena las navidades

Es la época más linda de los años”

Como Badiño, el personaje central de la novela de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos, Diomedes ha muerto en pleno festejo. Para despedirlo, el país entero ha parado por un instante la fiesta. A su sepelio han concurrido por igual –con evidente rictus compungido- los buenos y malos hijos de la patria. Sin saludarse, se han detenido en silencio un minuto delante de su féretro para encomendarle su alma a Dios. Parafraseando un párrafo de la novela de Amado podría decirse que hoy, en el Cesar y la Guajira, en señal de duelo, las banderas se izan a media asta en los edificios de las alcaldías, en los clubes de la gente bien y en los burdeles de buena y mala muerte.

Foto: Captura de pantalla / YouTube