lunes, 10 de febrero de 2014

Fantásticos Philippe Ménard y la OPMEM

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Orquesta Filarmónica de Músicos Estudiantes de Montreal Philippe Ménard

La Orquesta Filarmónica de Músicos Estudiantes de Montreal (OPMEM) comenzó sus presentaciones del 2014 con un sugestivo programa consagrado a dos compositores franceses mayores: Ravel y Berlioz.

Bajo la guía del maestro fundador, Philippe Ménard, esta agrupación se está consolidando y está ganando reputación de excelencia. La ejecución de estos jóvenes artistas, estudiantes de los mejores conservatorios de la ciudad, denota sorprendente crecimiento. Son un orgullo para la ciudad, y para cuantos han propiciado la existencia de esta orquesta: especialmente para el maestro Ménard y para la UQAM, que la ha acogido y le ha dado el respaldo merecido.

En esta oportunidad, merecen también elogios el director asistente, Nicolas Ellis, así como los solistas, Simon Alexandre (violín) y Jeanne Hourez-Desombre (piano).

El solista Alexandre interpretó con éxito el hermoso Tzigane, de Ravel. Esta obra maestra presenta cierta dificultad para alguien joven, pero esto no fue obstáculo para Alexandre, quien logró muy buena interpretación.

La pianista Hourez-Desombre, en el Concierto para la mano izquierda, del mismo grande del impresionismo musical, sonó bastante bien.  Son jóvenes excelentes al compás de una orquesta que enciende tutti atronadores, que, sin embargo son articulados y nos permiten discernir el timbre de cada instrumento.

Sin embargo, la pieza maestra de la noche, de la cual hablaremos con mayor profundidad, fue la que, tras el intermedio, se escuchó: la Sinfonía fantástica, con toda la intensidad romántica de los acentos diabólicos y sarcásticos de Berlioz.  Una ejecución bien mesurada. Todo bajo control. Los pasajes melódicos altos, brillantes y expresivos; y los pasajes en las cuerdas bajas, con una hermosa sonoridad llena de peso emocional. Los tutti compactos, coherentes. La interpretación del maestro Ménard, como la partitura misma, obsesiva y siniestra en sus recurrentes exposiciones: cada vez capta y ofrece un nuevo cariz emocional.

Su gran ímpetu, sus fortísimos plenos y gloriosos y sus minucias, que en los adornos instrumentales e insinuantes de Berlioz (pizzicatti, trémulos, arpegios en los vientos) son una lectura entre líneas del romántico drama, con las bucólicas tonadas del solitario corno inglés, que quiere comenzar a insinuar la “idea fija”, que ha de ser luego el estribillo siniestro del aquelarre y la tragedia. El gran tutti antes de la coda se tocó en un vertiginoso tempo muy exigente pero muy bien logrado.

Cada vez que escucho esta sinfonía, pienso en lo mucho que se presta para su adaptación al ballet.

En esta noche de jóvenes virtuosos, la ejecución resultó excepcional, especialmente el último movimiento, que estuvo grandioso, como toda la obra y todo el concierto.

Foto: Cortesía Philippe Ménard