jueves, 24 de abril de 2014

¿Amor desinteresado o deuda emocional?

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Exponencialmente NM Mariel Aranda

Gracias por ayudarme con mi proyecto, Eva. No lo habría terminado sin ti, amor.

-Con mucho gusto, Adán.  Ahora a descansar porque son las cinco de la mañana.

…Unos días más tarde…

-Me gustaría que te quedaras conmigo Adán, necesito terminar una tarea.

-Lo siento amor, mañana tengo que entrar temprano al trabajo y como va a ser un día muy pesado necesito dormir bien.  Ya me tengo que ir.

No lo puedo creer.  Hace unos días yo me quedé contigo y también tenía que levantarme temprano.  Sin embargo me esperé hasta que terminaste el proyecto. Dormí 2 horas y al día siguiente también tuve un día pesado.

-No lo sabía, de verdad, no tenía ni idea de lo que representaba para ti quedarte esa noche, Eva. Y te lo agradezco mucho, pero en serio no puedo quedarme hoy, si no mañana no voy a rendir.  Lo siento mucho.

Esta historia tiene dos puntos de vista.  Por un lado, uno podría pensar en el egoísmo de Adán por no corresponder al sacrificio de Eva. En esta historia él podría ser un personaje ególatra incapaz de hacer un esfuerzo.  Tal vez lo sea.  Pero hay otro punto de vista muy interesante que tiene que ver con la razón de nuestras acciones y la capacidad de los demás para corresponder a ellas.  ¿Qué motivó a Eva a realizar ese gran sacrificio si al día siguiente tenía responsabilidades?  Toda acción positiva, hasta la más desinteresada, tiene una ganancia, que puede ser: la paz mental de haber realizado el mejor esfuerzo, el reconocimiento de la otra persona, la satisfacción de haber ayudado, la autorrealización de ser útil, la reafirmación del autoconcepto como una persona buena o cualquier otra.  Todo eso está muy bien, son actos positivos y el hecho de que haya una ganancia no los convierte en actos egoístas.  Sin embargo, las expectativas que generen estas acciones son las que pueden tener un impacto positivo o negativo en la persona que las realiza. A veces esas expectativas surgen en nuestra mente inconscientemente, no siempre son calculadas.  

En este caso, Adán no sabía lo que Eva estaba sacrificando al quedarse y no fue algo que él le haya pedido hacer. ¿Cuál era la intención de Eva?  ¿Era su forma de decirle “te quiero”?  Un acto noble se puede ver amenazado en el mediano plazo si la intención es buscar reciprocidad. Cuando esto pasa, le estamos anotando una deuda a la otra persona en nuestra lista de cuentas por cobrar, quien por cierto no tiene idea y quizá no esté dispuesta a pagar en la forma que nos imaginamos o no pueda hacerlo.  Todos tenemos una forma muy personal de aportar a otros.  La misma acción representa distinto “grado de sacrificio” para diferentes personas. Por ejemplo, para Eva, el dormir 2 horas y presentarse a trabajar al día siguiente puede representar un esfuerzo de 6 en una escala del 1 al 10, mientras que para Adán puede representar un esfuerzo de 9.  Tal vez Adán sea capaz de aportar reciprocidad de otra forma, en la que su “nivel de sacrificio” sea equivalente al de Eva al dormir dos horas, como aguantar el hambre o el frío para apoyarla.

El aporte de cada una de las partes debe ser voluntaria, así que no podemos obligar a nadie a que aporte exactamente lo mismo que nosotros y también es importante reconocer lo que la otra persona entrega. Si hay un acuerdo negociado, la situación es diferente, porque las expectativas son explícitas y transparentes para ambos.  Sólo hay que tener cuidado de no negociar cada esfuerzo o buscar un balance milimétrico en la relación, ya que la flexibilidad, la espontaneidad y la generosidad agregan una fortaleza poderosa a las relaciones.

Por otro lado, en ocasiones puede ser útil poner límites a la entrega. Cargar con responsabilidades ajenas no es sano, aunque se haga con gusto, porque eso genera dependencia y desgaste, se desbalancea la relación y se pierde la concordia.  Además, no le hacemos un favor a los demás, pues los privamos de crecimiento personal y del control de su propia vida.  Se vale tomar responsabilidades ajenas en casos concretos y excepcionales, pero no como algo cotidiano.

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En resumen, ¿cómo saber hasta dónde dar y cuándo poner un límite?  Contesta estas preguntas:

  • ¿Con esto me estaré cargando con responsabilidades ajenas permanentemente? Si es así, piénsalo dos veces porque estarás estableciendo un parámetro que tal vez no puedas mantener a largo plazo.
  • Si no eres correspondido íntegramente, ¿guardarás un resentimiento en el futuro? Si es así, procura que la medida de la entrega los mantenga a los dos en una zona de armonía y no pongas en riesgo la relación con expectativas que existen sólo en tu mente. No des más de lo que puedas entregar generosamente, aporta todo eso que quieres, pensando que es decisión tuya solamente.
  • ¿Qué quiero ganar con esto? Si el beneficio que puedas obtener (psicológico, emocional, físico o intelectual) depende de la otra persona, recuerda que no puedes controlar lo que otros hagan y considera que tal vez las cosas no resulten como esperabas.  Si aún así estás dispuesto a seguir, entonces adelante. 

Con todo lo anterior no quiero decir que no esperes nada de nadie o que no des nada para no sufrir la falta de reciprocidad.  Sólo hay que estar seguros de que un acto de generosidad no se convierta en un conflicto más adelante, estar conscientes de por qué hacemos las cosas y de que sea por las razones adecuadas. Cabe mencionar que nada de lo anterior se refiere a los aspectos básicos de una relación, como el respeto, la fidelidad, el cariño, etcétera. Estos aspectos deben entregarse al 100% porque son sobre los cuales se construye toda la relación.  Escatimar en ellos es comprometer el futuro de ese vínculo.

El precio de los esfuerzos que construyen expectativas ocultas es la frustración, la desilusión y la sensación de insuficiencia e injusticia. Da lo que te gusta dar, valora y agradece lo que recibes, sé flexible y comunica lo que hay en tu mente.

Quédate conmigo y permíteme aprender de ti.

¡Hasta la próxima!