martes, 23 de diciembre de 2014

El espíritu de las fiestas (y por qué creo que hay que recibirlo)

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Mamá en Montreal Portada
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Llegó la Navidad.

Cuando era pequeña, recuerdo que estas palabras me salían solas, acompañadas de signos de exclamación. Era una alegría genuina saber que diciembre había llegado con todo: el arbolito, los adornos, la comida, los dulces (sobre todo), las visitas de familiares y amigos. Y claro, estaba la ilusión de los regalos. Del Niño Jesús trayendo esas cosas que le habíamos pedido y nosotros preguntando cómo podía un bebé cargar con todo eso. De abrir los paquetes y encontrar lo que querías con tantas ganas. De pasar la madrugada jugando, viendo los fuegos artificiales, comiendo turrón y jamón ahumado a deshoras. Eran unos días fantásticos.

Con el tiempo, la ilusión se me fue pasando. La alegría de los regalos fue sustituida con la realidad de que había que ir a comprarlos en tiendas abarrotadas de gente y a precios cada vez mayores. La emoción de las fiestas fue retrayéndose ante la aplastante realidad del peligro que encarnaba salir de casa durante las horas de la noche, por la inseguridad que comenzó a afectarnos cada vez más en mi país. Las ganas de ver a los amigos y celebrar se fundían con el fastidio de hacer largas filas, no encontrar lugar para estacionar y una larga sucesión de etcéteras. Y al menos en mi caso, el kitsch de las decoraciones fue poniéndose cada vez más fuerte, hasta perder su encanto. Las calles y los centros comerciales empezaron a parecerme escenarios más bien de película de terror de finales de los 70. Eso sin contar con el escándalo de los fire crackers, que en mi país llamamos “Tumbarrancho”, “BinLaden” y en los casos más inocentes “Triquitraqui” y “Fosforito” y que son el equivalente navideño de la bubuzela. Puro escándalo que perturba la paz que uno quiere. Ruido para no pensar.

Me fui convirtiendo no digo en el Grinch de Dr. Seuss, sino en uno de los viejitos del Show de los Muppets disfrazado del Grinch. Así de amargada. Más allá de reunirme con mi familia y amigos y comer hasta más allá de mis límites, la Navidad no tenía para mí mucho sentido.

Arbolito-de-Navidad-Mama-en-Montreal-Cynthia-RodriguezEste año me pasan dos cosas. Que tengo una niñita de poco más de un año y que ahora vivo aquí. Aquí donde hay nieve, donde baby, it’s cold outside y la decoración parece obedecer a una escala un poco más moderada. Aquí donde toda la imaginería navideña me parece que tiene más sentido, porque me siento mucho más cerca del Polo Norte. Sobre todo cuando me asomo a la ventana y lo veo todo blanco y borroso. Cuando llego de la calle y se me empañan los lentes.

Mi hija, por supuesto, está feliz. La nieve, los árboles, las luces, los adornos, el calendario de Adviento, que todos los días le da un regalito; la expectativa por algunos regalos que ya llegaron a casa y que todos los días le digo “falta poco para abrirlos”. Es muy chiquita y no sé cuánto de todo entiende. Pero está feliz. Todo le gusta, todo lo disfruta. Y ver la Navidad a través de sus ojos me hace redescubrirla y quererla otra vez.

Llegados a este punto, con el invierno por delante, con varios meses ya viviendo aquí y una cada vez más incierta perspectiva de cuándo iremos, ahora de visita, al que hasta hace nada era nuestro país de residencia y siempre será “nuestro país”, yo decidí apoderarme de la Navidad.

Lo hice adrede, a conciencia, con toda la intención. Y aunque mis razones puedan parecer superficiales, al menos para mí no lo son.

Cuando uno “se fue”, uno extraña. Ese verbo, conjugado así en reflexivo: “yo extraño”, va a ser parte de uno para siempre. Pero uno también debe pertenecer. A su manera, con madurez y sin apuros, pero tiene que hacerlo.

Yo decidí que pertenecer a este lugar es abrirme a ver las cosas de otra manera. Y un lugar en el que el invierno ocupa casi todos los días del calendario, en el que el frío y la nieve son tan normales como dar los buenos días, tiene que ser un lugar “navideño” por excelencia. Porque si no está todo eso de lo que te han hablado: el gris, la tristeza, las bajas de vitamina D, la necesidad de meterse en una cámara de bronceado (que algún dios me libre).

Me toca pasar mis primeras navidades lejos de todo lo que conozco. Y me van a faltar muchas cosas. Así que decidí sustituirlas de algún modo. Llenar el hueco que deja la nostalgia con la ilusión de lo nuevo.

Poner un arbolito de verdad y no de plástico, en la esquina de casa que se va quedando vacía porque por ahora no tenemos demasiados objetos en esta vida y porque los que se quedaron allá no se sabe cuándo vendrán. Llenar ese rincón con algo lindo, luminoso, fragante y que además fue decorado por las manitos de mi hija, que todos los días quita y pone algo, arranca una ramita y la huele (y tengo que correr para quitársela y evitar que se la meta a la boca), abraza y besa, saluda todas las mañanas, tiene como un nuevo amigo.

Armar un menú con los sabores de mi tierra y añadir algunos de aquí (un pan de jamón venezolano con jamón al érable canadiense, por ejemplo). Torta negra con especias y naranjas confitadas. Cidra y castañas. Música de aquí y de allá. Un poco de todo.

Hace años no me cuento en las filas de ninguna religión. Pero creo en lo que la Navidad representa: la redención, la ilusión, las esperanzas. Creo también en la fiesta pagana del solsticio, que celebra al sol como fuerza creadora. Al final, la Navidad, religiosa o pagana, es la celebración de la vida. Y claro que creo en eso.

Así que para mí la Navidad de este año es una decisión tomada.

No me interesan demasiado los adornos recargados Made in China, pero claro que me emociona ver los fuegos artificiales en el Vieux-Port, la LuminoThérapie en el Quartier des Spectacles y otras piezas que han sido instaladas en toda la ciudad, que me parecen de exquisito gusto. No me interesa caer víctima del consumismo y gastarme el dinero que no me he ganado aún trabajando aquí, pero sí buscar un par de cosas para ofrecer a quienes me han tratado con tanta generosidad y me han dado tanto afecto. No quiero escándalos, pero sí celebrar. Con mi marido y mi hija, con mis nuevos amigos, mi familia elegida de aquí. Celebrar el sol, la luz, la vida.

Feliz Navidad para todos ustedes que leen estas líneas. Y que estas fiestas les traigan, en grandes cantidades, lo que sea que para ustedes representan.

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