miércoles, 27 de enero de 2016

Venezuela: El chavismo de la victoria del 6D de 1998 a la derrota del 6D de 2015 

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El arca de Enoïn
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Foto: Hugo Chávez (Victor Soares/ABr CC) / Nicolás Maduro (nicolasmaduro.org.ve)

El 6 de diciembre de 1998 llegó al poder en Venezuela Hugo Chávez. El suceso se convirtió en un evento sin precedente en la historia política de la América Latina de la posguerra fría. Por primera vez un militar con pretensiones golpistas llegaba a un palacio presidencial por la vía democrática, enarbolando abiertamente banderas de izquierda en un continente donde los militares, como lo subraya Greg Grandin, han calzado históricamente las botas de la derecha y se han hecho elegir a nombre de las ideas conservadoras.

De otra parte, el triunfo de Chávez resultaba mucho más sorpresivo porque Venezuela, como lo anota Juan Carlos Parisca Pérez y Edgardo Lander, era un país donde las organizaciones de izquierda se caracterizaban por la marginalidad política y la dispersión ideológica y organizativa, producto de las disputas entre sus dirigentes. Como si fuera poco, en el plano político internacional, el dueño del aviso que representaba oficialmente a la izquierda venezolana -democrática y moderada- antes sus pares era el partido Acción Democrática, miembro acreditado de la Internacional Socialista. La historia cuenta que este partido, que vino al mundo en Barranquilla (Colombia), fue en sus inicios un partido de corte revolucionario, partidario de las ideas de izquierda socialista que, según sus críticos, con el paso del tiempo terminó aburguesado.

Parisca Pérez y Lander, cada uno por su lado, anotan que el ascenso de Chávez al poder se produjo de la mano de una coalición exuberante, en la que marcharon de gancho los coroneles responsables de la dirección del cuartelazo del 4 de febrero de 1992, los dirigentes de las facciones más radicales de la izquierda venezolana y los agitadores callejeros, que pusieron de moda los cacerolazos contra las medidas impopulares de los  segundos gobiernos de Pérez y Caldera. Sobre ese matrimonio pintoresco más elocuente no puede ser el título de un libro publicado en 2004 por la socióloga Marta Harnecker, una de las voces intelectuales más acreditadas de la izquierda latinoamericana. “Militares junto al pueblo”, se llama la obra.

En el primer párrafo de la introducción, Harnecker plantea de manera explícita lo novedoso del suceso, resaltando a la vez lo incómodo que se sentían algunos cuadros de la izquierda tradicional con esa boda -a sus ojos- espuria. Resalta Harnecker que hubo en la izquierda quienes rechazaron “el proceso revolucionario bolivariano por tener a un líder militar y por el destacado papel de los militares en muchas instituciones del Estado y planes del gobierno”. Para ella esto ocurría porque en la historia de América Latina se solía “entender que los militares forman parte del cuerpo represivo del Estado burgués, que están permeados por la ideología burguesa, que no tienen salvación”.

Entre aquellos que asumieron una postura crítica frente al proceso venezolano vale la pena destacar la voz de Ludolfo Paramio. Para él dicho proceso generaba un “fuerte efecto disuasorio […] en amplios sectores sociales y políticos de América Latina” porque “la deriva […] del experimento de Chávez” conduce “hacia una polarización y confrontación sin salida fácil”. Quien mejor da testimonio de la desconfianza manifiesta de sectores de izquierda tradicional al interior de Venezuela frente al proyecto chavista es Douglas Bravo. En  una entrevista con el periodista Mike González, Bravo sostuvo que el proyecto chavista ‘es una alianza cívico-militar….de derecha’.

Por el lado de la derecha consuetudinaria, como lo destaca Andrés Serbin, la incomodidad generada por el ascenso de Chávez se debió a sus “ambiciones personales” de “convertirse en un referente global” en la lucha a favor de los oprimidos, a partir de la materialización de su “compromiso con los excluidos y los pobres, tanto en Venezuela como fuera de ella”. En “una región plagada por la desigualdad, la injusticia, la exclusión y la fragilidad institucional, pero también por la corrupción, la impunidad y la soberbia autoritaria de aquellos que acceden al poder y que despliegan todos sus esfuerzos para preservarlo y concentrarlo”, el discurso de Chávez generó de entrada resquemor en el establecimiento, por que se temía que los militares del continente siguieran su ejemplo y revivieran el ala progresista de los cuarteles.

Esa tradición, que tuvo después de la década de los setenta un carácter más bien oculto en el seno de las fuerzas militares, como lo anota Felipe Nesbet Montecinos, y se creía que había sido extirpada del aparato militar por las dictaduras de derecha puras y duras, que gobernaron la región hasta mediados de los años ochenta, fue revivida por un sector del ejército venezolano del cual hacía parte Hugo Chávez. El que quiera conocer en detalles la historia de cómo se formó el ala rebelde del ejército venezolano y cómo se abrió  camino en dirección al poder, sólo debe leer la larga y exquisita crónica que sobre Chávez escribiera Gabriel García Márquez, el artículo de Parisca Pérez en El Universal de Caracas y el estudio de Mariela Gatti sobre la manera como éste estructuró su “proyecto político […] para llegar a la presidencia de Venezuela”.

A partir de los trabajos de Jorge Castañeda, de Felipe Nesbet Montecinos y Greg Grandin,  se puede constatar que antes del ascenso al poder de Chávez, la izquierda latinoamericana solo había visto llegar a las posiciones de gobierno por la vía democrática a Salvador Allende y a Perón. Sin embargo hay quienes dicen que este último, una vez en el gobierno, les dio mayor vuelo al militar que llevaba dentro y al caudillo interesado en la concentración del poder, que al estadista demócrata. Igualmente no son pocos los que sostienen que Perón no era de izquierda, pues según el humorista Pinti creer que el peronismo es de izquierda es como creer que existe “el helado caliente”.

En todo caso, la carrera política de los dos fue truncada de manera abrupta cuando intentaron implementar reformas de fondo en sus respectivos países. Luego de esas elecciones, los hitos más importantes en las urnas de los movimientos de izquierda habían sido la elección a la alcaldía de Lima  de Alfonso Barrantes, en 1983; del médico Tabaré Vázquez, en 1989, a la alcaldía de Montevideo; del profesor Aristóbulo Istúriz Almeida, en diciembre 1992, a la alcaldía de Caracas; de 55 de los 4932 alcaldes que se elegían en Brasil en 1992, entre ellos el de Sao Paulo; y del médico Héctor Silva, en marzo de 1996, a la alcaldía de San Salvador. A parte de esos hitos electorales, las fuerzas de izquierda no pasaban de ser un simple elemento decorativo del paisaje político regional.

De vez en cuando florecían en una lección a corporación pública, como sucedió con la Alianza Democrática M19 en Colombia en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente de 1990, para luego marchitarse completamente en la elección siguiente. Pero esa discontinuidad política no era del todo culpa de la torpeza en el campo del proselitismo político de las fuerzas de izquierda. Como lo anotó Castañeda en la introducción a su obra, la izquierda latinoamericana había “pagado un precio elevado por buscar otro camino” en materia de desarrollo para la sociedad. “Las cifras de muertos, desaparecidos y torturados” en las últimas tres décadas del siglo XX  resultaban “aterradoras”. Por eso para muchos la victoria de Chávez en las presidenciales venezolanas se convirtió en una gran sorpresa.

A diferencia de Argentina y Chile, en Venezuela no había una clase obrera muy densa. De contera el movimiento obrero nunca había hecho parte de las filas de los grupos más representativos de la izquierda venezolana, porque éstos, según Castañeda, se caracterizaban por la ambigüedad ideológica y el elitismo social. Las posturas del movimiento de izquierda más importante del país: el MAS, oscilaron siempre entre el radicalismo revolucionario, el socialismo light y la socialdemocracia. Esto les restó importancia política en un país que tenía uno de los partidos socialdemócratas, Acción Democrática, más importantes de América Latina. Si bien las ideas de izquierda mostraron siempre ser una tendencia política popular entre la “juventud bien educada y urbana”, particularmente aquella que estaba vinculada a las “organizaciones profesionales y estudiantiles” de donde provenían sus dirigentes, éstas nunca habían seducido a las masas desposeídas de los barrios periféricos de las afueras de Caracas, “que en febrero de 1989 se sublevaron contra las políticas de austeridad impuestas por Carlos Andrés Pérez”.   

El elitismo de la izquierda venezolana, sumado al hecho de que Venezuela era un país petrolero, que poseía  una de las clases medias más densas de la región y que esa clase media estaba influida fuertemente por el estilo de vida consumista de la Florida, hacía de Venezuela el país menos probable para el éxito político de los partidarios de la ideas revolucionarias ni por las armas ni en las urnas. Por eso resultaba sorpresivo que fuera Venezuela, un país donde la izquierda no había pasado de ser un actor político de tercera, en medio de un panorama tan adverso para “las fuerzas favorables al cambio” en todo el continente, el lugar donde un dirigente con pasado militar encontrara la fórmula para levantar a la izquierda de sus cenizas, dando inició -de ese modo- a una racha de triunfos políticos, que le permitió alcanzar el poder en casi todos los países de América del Sur. 

Como lo señala Guillermo Cisneros, la ascensión de Chávez al poder marcó una ruptura con el paradigma neoliberal que había dominado la escena política, luego de haberse convertido en el fundamento teórico de las prácticas de gestión del Estado durante la década de los noventa. Su entrada en la escena puso punto final al Pacto de Punto Fijo y se edificó sobre “la caída en desgracia de los partidos de la poliarquía venezolana y la crisis tanto política como económica”, que sacudió los cimientos de ese país cuando Carlos Andrés Pérez intentó desmontar, de un solo tajo, el Estado bienestar, que él mismo había estructurado en su primer gobierno. El errático manejo que le dio la dirigencia venezolana a la aplicación del recetario sugerido por el Fondo Monetario para salir de la crisis en la que se debatía Venezuela después de una década, marcó, según Grandin, “el fin del excepcionalismo venezolano” y dio comienzo, como lo anota por su parte Emir Sader, a la reacción hemisférica contra el neoliberalismo. Esa reacción creó una atmosfera adecuada “para que -en palabras de Cisneros- un líder del tipo de Chávez pudiera llegar al poder y sostenerse en él”.

El activismo de Chávez, así como la torpeza con la que la élite económica venezolana, la derecha suramericana y el gobierno de George Bush manejaron su presencia en la escena continental, más la coincidencia de su mandato con un periodo de auge de los precios del petróleo, contribuyeron a hacer de él, como lo anota Yezid Arteta, uno de las cuatro “líderes más influyentes y metatemporales del continente”. La muerte de Chávez dejó huérfana de dirección a la hueste chavista, debido al rol caudillista que éste ejercía en el seno de su organización política, donde fungía como hombre providencia. En tal sentido, y tomando en cuenta los apuntes de León Valencia, la nueva dirigencia de la izquierda venezolana, donde ningún cuadro tiene las dotes de estratega político que tenía Chávez, condujo al país a una situación de “desespero social” inédita en su historia, que la oposición ha capitalizado de manera eficiente en el plano electoral.  

Los factores que propiciaron la debacle electoral del seis de diciembre

Los elementos contextuales expuestos precedentemente permiten considerar que hay una serie de factores, que a nuestro modo de ver son indispensables para comprender la debacle de la izquierda venezolana: o del chavismo si se prefiere, en las parlamentarias del 6 de diciembre.

En primera instancia está la desaparición repentina de Chávez, su liderazgo caudillista y la ausencia de una generación de relevo, proveniente de universos distintos a aquellos de donde procede su movimiento. En general la actual dirigencia venezolana ha extraído sus cuadros de dos canteras específicas: la tecnocracia militar, más dada al autoritarismo y la represión que a la negociación, y los núcleos militantes, duchos en agitación y propaganda, pero neófitos en gestión pública y gobierno. La sociedad parece haberse cansado del estilo pendenciero de ese tipo de dirigencia.

Un segundo elemento concierne el agotamiento del discurso de la actual dirigencia venezolana. Después de una década y media en el poder el discurso revolucionario puro y duro pierde vigencia. Quince años constituyen un lapso de tiempo suficiente para que una revolución rinda su primera cosecha. Durante ese periodo, de su seno una nueva élite económica ha debido surgir, una nueva generación de dirigentes, con posturas más conciliadoras, ha debido comenzar a insinuarse y un discurso diferente al de la agitación en nombre de la revolución o de su defensa debe estar en boca de todo el mundo, porque revolución que no se defiende por sí sola, después de una década de haber comenzado, es una revolución fallida. 

En tercer lugar está la capacidad de la oposición para aprovechar el cuarto de hora representado por la desaparición de Chávez, superar sus diferencias y formular una plataforma política común y articular un discurso más creíble que el del gobierno. 

Un cuarto aspecto que hizo mella en los intereses de la clase gobernante venezolana y favoreció a la oposición fue el de la caída del precio del petróleo. Con el precio del barril a la baja el gobierno comenzó a tener problemas para garantizar el abastecimiento de un país que, como lo señaló Jorge Castañeda, ha venido importando desde la década de los cincuenta “prácticamente todo lo que consume”. La incapacidad de la dirigencia venezolana para implantar un aparato productivo moderno, que no dependa de la renta petrolera, se llevó por delante a la clase dirigente que surgió del Pacto de Punto Fijo y amenaza hoy con llevarse por delante a la élite revolucionaria que emergió del Caracazo

En quinto lugar se encuentra la actitud intolerante que asumió la dirigencia venezolana frente a los dirigentes de la oposición. Si la dirigencia venezolana no hubiese criminalizado la actividad proselitista de sus opositores y hubiese abierto el dialogo, acogido sus sugerencias en lo concerniente al manejo del Estado, en vez de mostrarle el camino de la cárcel, hubiera creado un clima de tranquilidad nacional, que hubiese desescalado la cólera de sus adversarios. 

Un sexto punto que no se puede perder de vista es el tema de la inseguridad. Venezuela es uno de los países más inseguros del mundo. Un proyecto revolucionario que no arriba a torcerle el pescuezo a la criminalidad común y a diezmar la criminalidad organizada, habrá fracasado en su propósito de construir una sociedad más justa.

El séptimo elemento que amerita considerarse es el del cambio de dirigencia en los Estados Unidos. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca y el paso en Washington del lenguaje militar al lenguaje diplomático, que se tradujo en el reconocimiento a la nueva dirigencia de América Latina y el acercamiento a sus dirigentes más moderados, dejó a Chávez sin un diablo, al que pudiese retar diariamente y al que pudiese acusar de dejar la sede de la ONU hedionda a azufre, como lo hizo con el presidente Bush. Para colofón, el acuerdo entre La Habana y Washington en diciembre de 2014 le quitó poder de combustión al madero del discurso de la agresión imperialista contra Cuba, un lápiz al que el chavismo le sacaba punta a su antojo.

Finalmente está el asunto de la corrupción. El crecimiento en la opinión pública de la percepción de que un amplio sector de la dirigencia venezolana, que lidera la revolución, se está dando una vida de príncipes saudíes o de emires del golfo pérsico es un elemento que jugó en contra de la dirigencia chavista. La ciudadanía puede ser tolerante con las prácticas corruptas, cuando éstas son ejercidas por parte de una dirigencia de carácter aristocrático-burgués, pero tolera mal el asocio de una dirigencia revolucionaria con la corrupción. 

Enoïn Humanez Blanquicett
enoinqb@hotmail.com

Nací en el caserío de Loma Verde, en el Caribe colombiano. Licenciado en enseñanza de las ciencias sociales, magíster en Historia de América y especialista en migraciones, He ejercido el perio...

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