Miércoles, 3 de febrero de 2016

La educación que sueño para mi hija

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Mamá en Montreal
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Foto: Flickr / Andre Vandal (CC)Foto: Flickr / Andre Vandal (CC)

Como padres inmigrantes un asunto de vital importancia es la idea que tenemos sobre la educación que recibirán nuestros hijos en el país en el que ahora residimos.

Una de las razones que más comúnmente esgrimimos los inmigrantes con niños a la hora de justificar porqué estamos “aquí” y no “allá” es el futuro de la siguiente generación. Ellos deben tener más y mejores oportunidades. Ellos deben estar mejor. Eso hace que todo sacrificio, esfuerzo o dificultad valga la pena y se pague solo.

He oído muchos comentarios sobre el sistema educativo canadiense. La visión que tengo es la que me ofrecen los medios de comunicación y la que escucho de otros inmigrantes que tienen niños mayores que la mía, que todavía no entra al sistema escolar. Escucho con atención, tomo notas, me hago preguntas. Muchas preguntas.

Hasta ahora no he tenido la oportunidad de sentarme a conversar con un canadiense o con un québecois sobre las ventajas y desventajas que presenta el sistema local. Qué ven ellos, qué concluyen. Sé que mucho se habla de la calidad de la oferta pública a nivel de secundaria, por ejemplo. Me han recomendado ampliamente que busque los medios para pagar un colegio privado cuando mi hija alcance ese nivel, porque la escuela pública no es la mejor opción. Sé que hay escuelas públicas que funcionan muy bien y tienen altos estándares de calidad y otras en las que hay muchos problemas con los adolescentes. Acoso, presencia de bandas delictivas, drogas, discriminación y deserción escolar son algunas de esas quejas que oigo con más frecuencia y que, como madre, me preocupan, por supuesto. Pero no es de eso de lo que quiero hablar esta vez.

La integración de mi hija al sistema escolar local es un tema vital para mí. Y tengo fe en que no lo va a tener tan difícil porque ella llegó aquí muy pequeña y esta va a ser más su sociedad que la mía. Yo traigo una formación que recibí en otra parte y en otra época y, por más que me adapte aquí, no puedo dejar atrás quien ya era cuando llegué. No tengo tampoco la intención de hacerlo.

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Mantener viva nuestra cultura y heredársela a nuestra hija es una prioridad en casa. Papá y mamá tenemos eso muy claro y por eso hablamos sólo en español, leemos y consumimos productos culturales en nuestra lengua y cocinamos a menudo comida de nuestro lugar de origen. Porque queremos que ella tenga lo mejor de los dos mundos: de éste, que será el suyo y del nuestro, que está en su sangre. No queremos que ella vaya a sentirse nunca avergonzada de su origen, de su lengua de herencia, de la cultura de la que ella es también una representante. No queremos que jamás vaya a sentirse menos, discriminada, en desventaja, aunque sí diferente, porque somos diferentes y estamos orgullosos de serlo. Pero siempre con ganas de integrar, de sumar, de compartir, aprender y disfrutar en esa diferencia.

Hace poco escuché al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, hablando en la Cumbre de Davos a un grupo de jóvenes sobre la educación que él quisiera ver crecer en Canadá. Hablaba de inclusión, de asumir el multiculturalismo no como un quilt en el que cada quien conserva su cuadrado intacto y todos se integran a una cultura común, sino más bien de una especie de festival en el que todos van tomando la tarima por turnos para mostrar a los demás lo que los distingue, mientras el resto presta atención y aprende.

Hablaba de la escuela como un espacio en el que el Ramadán, el Diwali, el Año Nuevo Chino y otras festividades son estudiadas y discutidas entre los estudiantes y en la que se les permite informarse y comprender lo que viven sus compañeros que provienen de otros lugares. De un lugar en el que no tienes que escoger entre la cultura predominante del francés o el inglés y los valores canadienses y la que te han heredado tus padres, sino que puedes asumir que eres ambas cosas y que es precisamente eso lo que te hace canadiense. Que sí, que claro que hay ciertos aspectos específicos que vas a tener que revisar si vives aquí, pero que la idea fundamental es que puedas ser de “allá” y de “aquí” al mismo tiempo.

No pude evitar sentirme ilusionada al escuchar estas palabras. Tomará tiempo, claro. Y Trudeau lo dijo también. Tomará tiempo y mucho trabajo, pero si lográramos que fuera eso lo que vivieran nuestros niños, que han llegado aquí provenientes de muy diversas realidades, con muy distintas historias pero en general con un objetivo común, creo que estarían ganando (ellos, nosotros y el mundo) muchísimo.

Creo que cada uno de nosotros tiene un trabajo que hacer en ese sentido. Es cierto que son las instituciones las que dictaminan la forma en la que se hacen ciertas cosas y que en el caso específico de la educación, hay mucho trabajo que hacer aguas arriba, en el que nosotros tenemos poca o ninguna influencia.

Pero cada uno de nosotros, desde su pequeña esfera, puede empezar a hacer su parte. A interesarnos, por ejemplo, por las culturas de origen de los compañeros y amigos de nuestros hijos y lo que podemos aprender de ellas. A interesarnos también por enseñar a esos amigos lo que nosotros tenemos para ofrecer.

Hace tiempo hablaba con una mamá mexicana que me contaba orgullosísima cómo los compañeros de la guardería de su hijo le habían agradecido en francés por los ricos tacos que ella llevó para compartir en el salón. Ese pequeño gesto, repetido muchas veces, es a lo que me refiero. Esos pequeños gestos en los que nos damos y también nos abrimos para recibir, pueden hacer que la escuela que soñamos para nuestros niños sea posible. Porque la verdadera escuela, ya lo sabemos, siempre comienza en casa.

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Cynthia Rodríguez
rodriguezperaza@gmail.com

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