jueves, 18 de febrero de 2016

Princesas perdidas

Publicado en:
Mamá en Montreal
Por:
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Foto: Flickr / Alexander Kruchinin (CC)

¿Dónde están las niñas? Desde hace varios meses, y con más intensidad en las últimas semanas, leemos en los diarios noticias sobre adolescentes desaparecidas. Muchas de ellas, fugadas de centros donde están recibiendo atención a raíz de distintos tipos de problemas. La mayoría de ellas, se sospecha, se teme, pueden estar siendo atraídas por redes de prostitución juvenil. Esto está pasando aquí y ahora, ante nuestros ojos.

La semana pasada leía en el Journal Métro una columna de Judith Lussier que se me quedó resonando en la cabeza. La nota se titulaba “Ma belle princesse d’amour”  y en ella la periodista se atreve, no a desarrollar una tesis, sino a plantearse una serie de preguntas que encuentro más que pertinentes. ¿Qué le estamos diciendo a nuestras niñas? ¿Qué ideas les estamos dando sobre la vida, el mundo, su futuro, lo que pueden esperar y, sobre todo, lo que pueden hacer por sí mismas?

En el mundo de las mombloggers en el que me muevo se discute mucho sobre si es conveniente o no que las niñas sean expuestas a tantos cuentos de hadas. Si no ha sido ya suficiente de las princesas, si no se abusa del uso del rosado, la escarcha, las voces agudas y los arcoíris para definir lo “femenino” y si no es hora de empezar a revisar los conceptos que hay detrás de todo esto y a quiénes beneficia esa imagen que les estamos vendiendo.

“Yo fui criada en ese mundo y no salí tonta”, es la defensa que suelo escuchar con frecuencia. Y vale, pero hasta cierto punto. Primero diré que vale porque yo jugué con Barbies y soñé con ser una princesa, pero digo que hasta cierto punto porque también jugué con otras cosas, con juguetes que se suponía son “para varones” y tuve acceso a libros, películas y referencias muy variadas. De niña, mi mamá me prohibió ver a Candy-Candy porque para ella este programa transmitía valores de culebrón. Y aunque entonces se lo reclamé mucho, hoy aplaudo su decisión y la suscribo.

El mercado nos está vendiendo ya desde hace mucho rato la idea de que las niñas son princesas. Son frágiles y delicadas, tienen que verse siempre bellas y perfectas y por eso no tienen demasiado tiempo para resolver problemas, no pueden hacerlo todo solas y necesitan a un príncipe que las sostenga. Ese príncipe deberá desde rescatarlas de un castillo en el que un horrible dragón las amenaza, hasta encargarse de saber si el carro necesita un cambio de aceite, si la cuota de la tarjeta de crédito ya está pagada, si la declaración de impuestos se envió a tiempo y si la bolsa del mercado está muy pesada. Ese príncipe, que hoy puede que sea papá, mañana terminará siendo reemplazado por alguien más. Porque alguien tiene que hacer estas cosas que las princesas no pueden hacer solas.

Y aquí empiezan los problemas. Porque las princesas necesitan muchas cosas para vivir. Y esas cosas cuestan plata. Y las princesas terminan preguntándose si vale la pena levantarse temprano y salir a trabajar a -35 grados Celsius para ganar poco más de 10 dólares la hora, no tener tiempo para ir a hacerse la manicure porque hay que estudiar para un examen y pensar en qué vamos a hacer después del baccalauréat, cuando bien podrían conseguir un “príncipe” que lo haga todo por ellas. Y mientras ese príncipe no llega, ¿cómo hace la princesa para pagarse el bolso de marca que es tan importante para mantener su estatus real? La princesa escucha ofertas…

Lussier cuestiona esa manía que tenemos los padres de alabar la belleza como una cualidad en nuestras hijas, cuando esta es una característica en la que ellas tienen poca o ninguna incidencia. ¿Por qué no nos concentramos en ensalzar su inteligencia, su fortaleza, su capacidad para enfrentar los problemas, su valentía, su bondad y empatía, su rendimiento académico, sus habilidades particulares en el área que más les gusta (las matemáticas, la música, las artes, la lengua, el deporte)? ¿Por qué en lugar de tanta Elsa y Anna no les damos también un poco de Vicky Kaspi

La industria del entretenimiento nos impone demasiadas reglas y los niños suelen ser más vulnerables a la sensación de que deben cumplirlas al pie de la letra. Pero los padres podemos cambiar esas reglas. Los padres tendríamos que plantarnos para hacer que la industria refuerce los valores que queremos transmitir y no al revés.

Pensemos por un momento en lo que pasó con Barbie, por ejemplo. Tras años de vendernos el ideal femenino como una mujer de proporciones irreales, que incluso algunas niñas han intentado cumplir al pie de la letra; eternamente entaconada y en minifalda, hoy decidieron hacer un cambio radical y empezar a mostrarnos una mujer más cercana a la realidad. ¿Por qué lo han hecho? Lamento decir que no me creo que sea por el bien de nuestras niñas, sino porque que no estaban vendiendo suficientes muñecas. Porque ya muchas niñas no quieren ser princesas ni Barbies, sino ellas mismas. Y esas niñas quieren jugar con algo que se parezca a ellas, como son. Esas niñas no quieren anularse, no quieren desaparecer.

Las niñas que desaparecen no son niñas malas. Son niñas. Niñas a las que hay que guiar para que puedan ver de lo que son capaces. Niñas a las que hay que mostrar un futuro prometedor, que no se compone de bolsos de marca y cirugías cosméticas, sino de valores perdurables, de trabajo, de la satisfacción que te deja ser quien quieres ser.

No dejo de pensar en la angustia que deben pasar las madres de esas niñas que se fugan. No dejo de angustiarme yo misma, como madre de una niña, sobre su futuro y lo que le estoy enseñando hoy. Y como Judith Lussier, me hago preguntas. ¿Qué le estamos enseñando a nuestras niñas? ¿Qué armas les estamos dando para que enfrenten la vida? ¿Qué tenemos que hacer mejor hoy, para que vuelvan todas esas niñas que se han ido y para que no se nos sigan escapando?

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Cynthia Rodríguez
rodriguezperaza@gmail.com

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