Jueves, 23 de junio de 2016

Diario de un inmigrante: Tengo un “fantasma” en el ojo

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Olivier (CC)Foto: Flickr / Olivier (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Recuerdo que estábamos en el tercer piso del hotel. Esa mañana habíamos iniciado con afán nuestra jornada diaria de limpieza. Todo iba de perlas hasta que entramos a aquella habitación de cinco camarotes.

Al cruzar la puerta, el tufo del licor y la escena de noche loca noquearon nuestro empeño. Un grupo de veinteañeros acababa de salir del dormitorio dejando un desbarajuste difícil de igualar. Era un hotel para viajeros de paso y los muchachos le sacaban el jugo a su corta estadía de verano. Éramos tres obreros y no sabíamos por dónde empezar: restos de galletas y botellas por doquier, calzoncillos arrinconados, calcetines deshermanados. Humberto salió al corredor en busca del teléfono del piso para notificar el asunto a la recepción del hotel. Lo seguimos. Los tres éramos nuevos y necesitábamos instrucciones.

Al otro lado de la línea, Humberto escuchó una voz femenina y juvenil con marcado acento québécois que le respondió a mil por hora. A cada fraseo de la muchacha, Humberto afirmaba presto y convencido: Oui, oui, oui, ok, ok, oui, pas problème

Fue casi un minuto de instrucciones intensivas. Humberto colgó el teléfono.

– ¿Qué te dijeron? – le preguntamos.

No lo sé porque no entendí nada.

Humberto arribó a Canadá buscando una oportunidad como ingeniero de sistemas. Tenía reparos en aprender la lengua francesa y le iba mejor hablando en inglés. Por eso soñaba con irse a trabajar a la congeladora anglófona de Calgary donde su oficio era bien pagado. Medio año después volvió definitivamente a Bogotá atraído por un amor que aún lo esperaba. Por nuestra parte, Manuel y yo teníamos poco tiempo en Montreal y todavía hablábamos el francés con imperfección. Íbamos a las clases subvencionadas por el gobierno donde un egipcio sexagenario nos enseñaba el idioma con la pedagogía infalible de la escuela primaria.

Cada tres días, el profesor egipcio nos dictaba al menos dos párrafos de alguna lectura. Luego recorría el aula, asiento por asiento, para constatar los avances y retrasos de sus alumnos. En casa debíamos repetir 10 veces correctamente cada palabra mal escrita para no olvidarlas nunca. Al día siguiente nos revisaba la tarea con ahínco. También nos hacía conjugar en voz alta los distintos modos verbales usando todas las personas gramaticales. Eso formaba en el aula una sana competencia entre los alumnos del mundo: chinos, árabes, persas, latinos, europeos del este. Un ejercicio de presteza mental donde no siempre ganaban los chinos. Aparte de ser un profesor extraordinario, era un lector voraz. Alto, bronceado y canoso, tenía el fuste de galán antiguo y hablaba un español de baladas de tanto haber escuchado los discos de Julio Iglesias. El día del examen final, que era una entrevista personal entre el maestro y el alumno, me preguntó por un tiempo verbal que yo dominaba, pero que delante de él se me borró del mapa. Cuando mi respuesta parecía precipitarse hacia el error me hacía señas acomodándose los anteojos y abriendo sus profundos ojos de árabe. No podía ayudarme más porque era un examen oral grabado en audio para el ministerio de Inmigración como prueba de que algo había aprendido el alumno.

“Aprobé”, le dije con orgullo a mi esposa que sin inmutarse respondió: “en el último nivel todos aprueban. Al gobierno no le conviene que te quedes, le darías más gastos”.

Mis primeros amigos fueron latinos, supongo que eso influyó en algo para que el francés que aprendí no ampliara su cauce. No obstante, poco a poco, recobró fuerza con mis trabajos como mesero en eventos para ricos. Al principio, cuando salíamos de la cocina con los azafates repletos, el cocinero nos decía al vuelo el nombre del manjar. Cuando algún comensal me preguntaba qué era lo que les ofrecía, yo repetía lo que había pronunciado el chef, sin entender el significado y guiado sólo por los sonidos escuchados. Si me preguntaban “¿es pollo o pescado?”, ante la duda yo siempre respondía “es pollo”. Luego me escabullía entre las mesas o la pista de baile. Así fui comprendiendo los gritos en francés de los jefes, las exigencias de los invitados y las lamentaciones de los inmigrantes que no hablaban español.

En el tren subterráneo o en el bus procuro escuchar los diálogos de los jóvenes. Los entiendo en buena medida hasta que me pierdo en el bosque de sus jergas québécoises. Sin embargo, no hay punto de comparación con mis primeros meses en Montreal, cuando comprendía el francés a medias y mi expresión oral era tan tosca como el mejor inglés de Tarzán en Nueva York. Un día de aquella época inicial me fui a jugar fútbol. Cuando ingresé al campo, el balón impactó con violencia en mi ojo izquierdo. Al regresar a casa veía una sombra en mi ojo adolorido. Ya me pasará, pensé, y no pasó. Así corrieron los días hasta que fui a un centro médico. Tras una larga espera, la enfermera me pidió que me sentara en la camilla para explicarle mi problema mientras me tomaba el pulso. Por entonces, mi vocabulario era tan elemental que no sabía cómo expresar mi angustia. Le señalaba mi ojo izquierdo y ella asentía con la cabeza: “lo comprendo, señor, es un problema en uno de sus ojos”. Le expuse como un simio entrenado lo del golpe del balón: “ya le entiendo, señor, usted jugó fútbol y lo golpearon con el balón”. Sí, enfermera, así es. Pero al final no supe cómo explicarle que tras varios días del golpe veía una sombra, una nube negra, una mancha que surgía por momentos en los giros de mi mirada. La enfermera se impacientaba. No sabía cómo decir sombra en francés, cómo decirle “señora, veo una mancha, una nube negra en mi ojo lesionado”. Entonces eché mano de una palabra que juzgué la más parecida a sombra, mancha o nube negra y exclamé con drama:J’ai un fantôme dans l’œil, je vois un fantôme dans l’oeil! (“¡Tengo un fantasma en el ojo, veo un fantasma en el ojo!”).

Ella me miró con extrañeza y distancia pensando quizá: “qué mala suerte la mía, ya me tocó otro loco”. Luego escribió unas líneas en la historia clínica (nunca sabré si anotó alguna observación de psiquiatría) y me pidió con gentileza que volviera a la sala de espera, que el médico no tardaría en llamarme.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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