Viernes, 15 de julio de 2016

Diario de un inmigrante: Nadie sabe por qué se fue de Canadá

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Christian Barrette (CC)Foto: Flickr / Christian Barrette (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Han pasado ocho meses y hasta hoy nadie sabe con certeza las razones que tuvo Jorge para irse de Canadá. A todos nos había dicho que su boleto de avión era de ida y vuelta, y que sólo visitaría a su familia por Navidad, saborearía la comida de su tierra y engordaría como un obispo. Se iría por un mes y luego volvería a su empleo en los almacenes de Dollarama. “Muchachos, voy y vuelvo”, nos aseguró. Pero cuando pisó su patria cambió inesperadamente de opinión. Algunos especulan que ya lo tenía todo planeado y que no dijo nada para evitar el interrogatorio de sus amigos: a lo mejor lo convencían para que se quedara.

“¿De verdad quieren saber por qué se fue Jorge?”, nos dijo el colombiano Enrico en clave de intriga: “Espérense nueve meses y lo sabrán. A Jorge lo andan buscando en Montreal, y se fugó antes de firmar. Era un terrible, mi compadre”. Luego se carcajeó dejándonos con la duda sembrada.

Quién sabe si Enrico no está lejos de la verdad; además, haciendo cuentas, sólo faltaba un mes para comprobarlo.

Jorge llegó a Montreal en el año 2013. Trabajador, caballeroso y soltero de 30 años, es especialista en logística y vio en su ingreso a Dollarama el primer escalón hacia la cúspide profesional. Tiene un inconfundible rostro latino. Para las chicas: feo pero con un no sé qué. 

Como nuevo inmigrante, comenzó desde abajo: mesero. Un día en el Viejo Puerto, mientras se acomodaba el corbatín, llegó una señorita de rasgos finos, con bronceado de miel y unos ojos de caramelo rotundo que lo embelesaron. Era una marroquí sonriente y no muy alta como él. Trabajarían juntos toda la noche. Al final intercambiaron números telefónicos y dos semanas después de cortejo digital, ella cedió: aceptó la cita.

Aquella tarde caminaron sobre el malecón del canal Lachine riendo como dos escolares bobos. Los árboles se acompasaban al viento y el carmín del otoño encendía sus matices. Caminaron largo rato. Se alejaron mucho. Ya no había ni un alma alrededor. Estaban solos, plenamente solos al atardecer, y algo debe suceder cuando el paisaje se ofrece. Un silencio. Dos. Y al fin Jorge se atrevió: “¿Sarah, sabes bailar salsa?”. Tal vez ella esperaba algo más tierno y tangible pero le respondió que no, que no sabía, y lo dijo como una disculpa agregando al segundo que le encantaría aprender.

Ya en el bar de música latina, Jorge pidió una cerveza y ella, un cóctel de cerezas sin alcohol. La tomó de la mano y la condujo con maneras de experto hasta la pista. Cogió su cintura de cristal que al fin tentaba y la atrajo al calor de su ritmo. Ella no opuso resistencia. La acercó de a pocos, entre vuelta y vuelta, hasta rozar su aliento; y así anduvieron varias canciones. De las primeras copas pasaron a otras hasta que arribó la medianoche y partieron. ¿Puedo acompañarte?, le preguntó. Ella aceptó sin reparos. Le gustó. Cuando llegaron a la puerta del departamento, Jorge le dijo que no se preocupara, que él se iría caminando, su casa no quedaba lejos. Ella se compadeció de esa mirada de perro huérfano y lo invitó a dormir en el sofá. Cuando el silencio se había instalado, Jorge gateó hasta la habitación donde tuvo grato y tibio recibimiento. Todo fluía melodioso en la armonía de sus cuerpos hasta que algo desentonó: Jorge olvidó los preservativos. “Nunca creí que terminaría así la cosa, te lo juro”, me relató después. Sólo la acarició intensamente con el impulso de un hombre solitario y jovial en esta ciudad ajena.

A la mañana siguiente, él se despidió seguro de que podría volver. Sarah lo aterrizó. Lo que había ocurrido no podía repetirse y le dio el ultimátum: o amigos o nada. Jorge es un buen amigo.

Semanas después, Jorge se reunió con sus compañeros del curso de francés en una cena de fin de ciclo. Tras la comilona, se fueron despidiendo uno a uno hasta que se quedó con Maryam, una enfermera persa con la que había conversado poco durante el curso y que ahora parecía muy locuaz bajo el embate del vino. “¿Te gusta el cine? ¿Vemos una película en mi casa?”. Jorge aceptó la invitación como si la hubiera aguardado desde el primer día. Era noviembre y el invierno advertía con sus vientos. Maryam palpaba los 40 años. Soltera como él y entrada en carnes, había vivido varios años en Italia. Era musulmana y no usaba velo. “Yo creo que ya estaba occidentalizada”, me explicó Jorge.

Una semana más tarde se citaron con romántica modernidad: comer pizza y ver películas. Nunca se enteraron del final del filme porque se trenzaron en besos urgentes. Esta vez Jorge sí llevó protección. Sin embargo, poco a poco, Maryam dejó de contestarle los mensajes y rechazaba sus invitaciones. Estoy ocupada, eso le decía.

Por entonces, Jorge trabajaba en Dollarama de lunes a viernes. El resto del tiempo lo invertía en mejorar su inglés. Cuando había chance, laboraba de mesero. En sus ratos libres salía con sus amigos o iba de compras a las tiendas de ropa usada. Así conoció a Marion, una belga alba de labios rosados. Jorge ya nos había dicho que visitaría su país así que no le quedó mucho para conocerla (al menos eso nos contó). Ella siempre lo llamaba de un momento a otro para invitarlo a montar bicicleta, a caminar por la ciudad, a ver los fuegos artificiales. Y Jorge se hacía de rogar. Ante tanta insistencia, la visitó un sábado por la noche. El ambiente presagiaba una nueva aventura. Al rato apareció un francés alto, barbudo y flaco, la antítesis de Jorge. “Es mi novio”, le dijo ella como un baldazo de realidad. Los tres se sentaron en el sofá a ver una película. Jorge contaba los minutos para borrarse de ahí, ¿qué estaría haciendo a esa hora su linda Sarah marroquí?

Arribar solo a una ciudad distante, sin parientes y sin dominar idiomas. Trabajar de lo que no te apasiona. Pasar largas horas en casa por el rigor del frío. Después de tres años, Jorge abrazó otra vez a su familia en el aeropuerto. En ese momento quizá resurgieron las preguntas vitales y los lamentos que nunca le escuché decir y que acaso poblaron el vacío diario de su habitación en Montreal. Deduzco el motivo real de su partida. Cada cabeza es un mundo. Si alguien me pregunta por qué se fue diré en broma como Enrico: “usted espere nueve meses y lo sabrá”.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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