jueves, 6 de octubre de 2016

Diario de un inmigrante: Se busca una tablet

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Daniel Oines (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Estoy a punto de llamar por última vez al teléfono de Walmart de la Plaza Côte-des-Neiges, el centro comercial del barrio donde vivo. Quizá ahora sí me den una respuesta feliz. Hace dos días extravié en esa tienda mi tableta Samsung Galaxy nuevecita, y tengo desconsolado y hecho hilachas el bolsillo. Había ido de compras rutinarias y, al salir, cargué lo adquirido con apuro (y concentrado en mis pensamientos sobre mi futuro laboral en esta comarca). No había terminado de sacar las cosas del carrito del supermercado cuando un hombre barbudo, robusto y entrado en años (su recuerdo nítido se me difumina) se acercó a mí como enviado por algún mal agüero, tomó la posta del carrito que dejé y lo empujó por la derecha con el ademán de entrar a Walmart. Yo salí hecho cohete rumbo a la puerta principal para coger el primer bus; y apenas avancé unos 20 metros grité para mis adentros con inobjetable justicia: “¡qué estúpido soy, olvidé la tablet!”. La había dejado durmiendo en el compartimento pequeño del coche. Así que me devolví con la desesperación de un perro perdido, pero del hombre barbón ya no había rastro. Entré a la tienda y a cinco metros divisé a un varón que me pareció aquel hombre y corrí a preguntarle si la había hallado. No, no encontré nada, amigo. Regresé a la puerta con el rostro descompuesto; recorrí cada pasadizo de la tienda y no vi nunca al infausto hombre que buscaba. Fui a la sección de servicio al cliente y notifiqué mi angustia. La joven afroamericana que me escuchó enhuevó los ojos y abrió la boca en creciente o profunda. Puso una mano en su pecho de collares y lanzó tres veces: “Oh, my God! Oh, my God! Oh, my Goood! Señor, preguntaré al responsable de seguridad. Déjeme su teléfono y si alguien la devuelve, le llamaremos”. Agradecí su promesa de limosna y volví a la puerta a preguntar a todos los clientes que salían de la tienda si la habían encontrado. Negativo. Observé bolsos como agente migratorio, sospeché de ancianas endebles, sudé de puro nervio. Negativo. Otra mujer afroamericana, vigorosa y conmovida por mi historia me lanzó otro “Oh, my God!” acompañado de un bíblico “Jesus Christ!.. Ten confianza, muchacho, quizá alguien bueno te la devuelve, aunque en estos tiempos no lo creo”. El jefe de seguridad me preguntó a qué hora había ocurrido el hecho. En la factura decía 10:55 am, así que debió suceder cinco minutos después. “Veré la grabación y le aviso”. Y yo seguí en la puerta dando pena. Hasta que volvió el de seguridad para decirme que “sí, mi amigo, en el video se le ve a usted cuando se va apurado, pero el hombre que cogió el coche no entró a la tienda; se fue, se fue por la izquierda con dirección al estacionamiento. Parece un hombre viejo. La imagen no es clara así que no puedo reconocerlo. Mucha gente coge los carritos y se los lleva, es costumbre”.

Ni bien terminó su reporte arranqué hacia el estacionamiento… Y nada.

Cuando llegué a Montreal me sorprendió ver tirados en las veredas, en el metro, en alguna banca del parque: sombreros, bufandas, guantes, chaquetas, que en mi país, por lo general, no habrían durado ahí ni 10 segundos. Un amigo me aseguró que en esta tierra del frío no es costumbre coger lo que no es de uno y, si te acuerdas y regresas, a ojos cerrados encuentras lo perdido donde lo dejaste o acaso un alma de Dios te lo devuelve. Así le pasó a mi amigo Juan que el verano pasado cogió su bicicleta y enrumbó hasta Laval para participar en una carrera. Distraído y dichoso por la marea de bellezas en short, Juan pedaleaba fuera de este mundo imaginando que así lo recibirían San Pedro y sus ángeles en el cielo. Y cuando la carrera acabó, notó que su moderno celular inteligente no estaba en el bolsillo. “Se me cayó en algún momento, soy un tarado”. Yo llamé a su número telefónico a la mañana siguiente y una mujer me contestó afirmando que tenía el aparato en su oficina de la biblioteca de Laval. Avisé a Juan que de inmediato llamó a su celular; mas la mujer no volvió a contestar y por varios días. Se habrá arrepentido, pensamos. Después de tanta insistencia, un último intento: timbró el celular y, al fin, escuchó la voz francesa de la honradez al otro lado de la línea. “Venga, que aquí lo espero y se lo doy”. Juan recobró la confianza en la especie y, en pocas horas, ya tenía su juguete en sus manos.

Oiga, joven, detenga el coche: una cosa es perder unos guantes, un sombrero, unas llaves, y hasta un celular, y otra muy diferente una tableta Samsung Galaxy magnífica. Así que me resta parafrasear lo afirmado por otro amigo: si pudiese pedir un milagro, no rogaría encontrar mi tablet, porque entonces ya no sería milagro, sino un abuso de confianza.

Resuena en mi mente el lamento “Oh, my God!” de la trabajadora de Walmart. He pagado con creces y por adelantado los cinco minutos de estupidez diaria que, en teoría, todos padecemos.

Sin embargo, una mínima ilusión se aferra y, antes de sucumbir, me impulsa. Después de todo, aquí la gente parece honrada. Me encomiendo a la virgen, cojo el teléfono y marco el número de Walmart, a ver qué pasa.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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