Miércoles, 23 de noviembre de 2016

¿Cuál es la paz que le sirve al expresidente Andrés Pastrana y a sus allegados?

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El arca de Enoïn
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El diario El Espectador publicó el domingo 20 de noviembre de 2016, a las 6 y 2 minutos de la tarde, una nota en la que se da cuenta que el expresidente Andrés “Pastrana rechaza el nuevo acuerdo entre el Gobierno y las Farc”, aduciendo que el “nuevo documento ‘mantiene la esencia antidemocrática del pacto original’”.

Viniendo dicha afirmación de quien viene: un hombre que se hizo elegir en 1998 montado sobre el caballo de la paz y a quien el pueblo colombiano le confirió el mandato  más amplio -del que se tenga noticias en la historia del país- para alcanzarla, uno no puede dejar de preguntarse ¿cuál es la paz que le sirve a Pastrana y aquellos de los que dice ser su vocero? ¿Qué ideal de paz (pues nunca lo expuso con claridad en público) fue el que intentó negociar Pastrana con las FARC en el rocambolesco proceso de paz que se escenifico en San Vicente del Caguán entre 1999 y 2002?

En cuanto a la democracia, que Pastrana dice ver amenazada por los acuerdos de paz de La Habana, firmados en Cartagena en septiembre de 2016 y rechazados por el voto popular el mes siguiente,  habría que ver cuál es el ideal de democracia que Andrés Pastrana quiere para el país. Igualmente hay que  examinar la historia nacional para ver qué hicieron él y su papá durante sus gobiernos para profundizar la democracia en Colombia y para hacer que ésta pasara -allí- de ser una democracia formal, que se limita solo a la elección de la dirigencia nacional por el voto popular, a una democracia real, en la que los ciudadanos -además de deberes- tienen derechos que el Estado respeta y hace respetar.

Hablando de paz, en todo caso no podemos olvidar que en el gobierno de su padre se tumbó el proyecto de reforma agraria de Lleras Restrepo, a través del pacto de Chicoral : una concesión del gobierno conservador a los terratenientes, que nunca vieron con buenos ojos la redistribución de tierras, con la que Lleras buscaba detener el auge del descontento en las filas del campesinado desposeído. Sobre los objetivos de dicho pacto, elocuente resulta un párrafo de un editorial del diario El Tiempo: “librar una guerra contra el nuevo movimiento campesino de la Anuc, impulsado por el presidente Carlos Lleras Restrepo con la firma de la Ley 1a. de 1968”, por parte de “miembros del gabinete ministerial del presidente conservador Misael Pastrana, miembros del Partido Liberal, de los gremios ganaderos, arroceros y bananeros y del latifundio en general”. Son esos elementos los que han llevado al MOIR, uno de los sectores más representativos de la izquierda civil colombiana, a calificar ese pacto como un ‘acuerdo entre terratenientes'”.

El fracaso del proyecto de reforma agraria de Lleras, que buscaba democratizar la propiedad de la tierra en el país y pactar una paz social entre los diferentes actores que componían en aquel momento el campo colombiano, cuando Colombia era aún un país de población mayoritariamente rural y la producción agropecuaria tenía un peso significativo en el producto interno bruto de la nación, terminó siendo -quien lo creyera- uno de los incentivos más importantes para la rebeldía de la población rural.  El desmonte de la reforma agraria de Lleras Restrepo condujo a la radicalización de uno de los movimientos sociales más importantes (en lo que compete al campo de la sociedad civil), que ha conocido el pais en su historia reciente: el movimiento de usuarios campesinos. En esa época el campesinado, motivado por la consigna trabajo, techo y tierra de la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy y por el espíritu de la época, trató mediante la organización  de ponerle fin al sino trágico de Siervo Joya, el personaje de la novela Siervo Sin-Tierra, del escritor Eduardo Caballero Calderón.

Si mezclamos la cuestión de la democracia y el asunto de la paz no podemos pasar por alto que la elección –para muchos fraudulenta- del padre de Pastrana y el aborto de las reformas al sector rural fueron dos factores que condujeron a la radicalización del campesinado en el país, en un momento en el que el ideal de la revolución cubana sacudía la escena política y social a lo largo y ancho de la América Latina y la Guerra Fría alcanzaba su culmen en el mundo. La marginación de la dirigencia campesina por parte de la clase política tradicional -arranchada en los dos partidos hegemónicos: el Liberal y el Conservador–, amén del plomo venteado que se le repartió desde la cúspide terrateniente a la dirigencia del campesinado, condujeron a la fundación de seis movimientos guerrilleros en el país durante la década de 1970 y al auge  de los que ya existían.

La desmovilización de esos grupos armados le ha costado al Estado un esfuerzo de más de tres décadas y al menos ocho procesos de paz a la sociedad colombiana. Sobre la manera cómo la frustración del campesinado se tradujo en su radicalización, luego del congreso campesino de Tomala, Sucre,  el 21 de Febrero de 1977, dan testimonio Juan Felipe García Arboleda y Helena Catalina Rivera Cediel, en un texto que reconstruye la historia de la ANUC, y  Leon Zamosc. en el libro The Agrarian Question and the Peasant Movement in Colombia. Struggles of the National Peasant Association, 1967–1981.

En cuanto al periodo “Pastranita” o de Pastrana hijo -digámoslo de manera formal-, cómo olvidar que durante su época se llevó a cabo a sangre y fuego el mayor proceso de desplazamiento del campesinado -ya diezmado y sin dirigentes- y se produjo la apertura del mayor proceso de expropiación de propietarios rurales medianos y pequeños a lo largo y ancho de la geografía nacional. Mejor no lo pudo decir Alejandro Reyes Posada en uno de sus libros, cuyo resumen publicó la revista Semana. “Durante el mandato de Andrés Pastrana se expandió extraordinariamente rápido el dominio de los grupos paramilitares, mediante un proceso de contratación de dirigentes regionales con la cúpula de las AUC […] Para ese momento, los que comenzaron como ejércitos privados para luchar contra las guerrillas habían evolucionado hasta convertirse en mafias armadas con alianzas con empresarios, políticos, alcaldes, gobernadores, congresistas y contratistas, de manera que articularon en una sola organización regional los negocios de narcotráfico, venta de protección, extorsión, asalto al tesoro público y robo de tierras de desplazados”.

Según Colombia Plural “el gran despojo de tierras” en Colombia “se dio en los gobiernos de pastrana y Uribe”. Era la época en la que, según el decir del paramilitar Jairo Castillo Peralta (Pitirri), “unos iban adelante matando, otros iban atrás comprando y otros legalizando”. Ese proceso de contrarreforma agraria -a la brava y sin fórmula de conciliación- constituye uno de los mayores movimientos de destrucción de la propiedad privada en el mundo, en la historia contemporánea. De él podría decirse que es el único que se registró durante el Siglo XX, en un país que se autodenomina capitalista, con la anuencia de un amplio sector de la clase política , de funcionarios del Estado y de notarios. Todo eso sucedió en un momento en que se encontraban al frente del Estado dos gobiernos de corte conservador que tenían como lemahagamos de Colombia un pais de propietarios. El lema, acuñado por Carlos Holguín Sardi, que se convirtió en una de las divisas que llevó al conservatismo al poder en 1998, bajo el comando de Pastrana, fue retomado por Álvaro Uribe en las elecciones de 2002. Uribe gobernó en sus dos mandatos con el apoyo del Partido Conservador y hoy, al igual que Pastrana, pilotea con todo tipo de argucias la oposición a los acuerdos de La Habana.

En el “gobierno” de Andrés Pastrana, mientras se parodiaba en el Caguán una negociación de paz, los grupos paramilitares -financiados por los terratenientes que hoy se oponen a este proceso de paz con ardor, los parapolíticos –que se tomaron el Congreso  en el periodo siguiente, a través de la vieja clase política- y los narcotraficantes– se expandieron por todo el país -a sus anchas panchas- desestructurando el tejido social  de la nación, matando de manera impune dirigentes sociales aquí allá y acullá.

La revisión de los informes estadísticos y las hemerotecas sirven para constatar que el gobierno de Andrés Pastrana fue uno de los peores periodos de cacería de brujas en la historia nacional. De la persecución no se salvaron ni los religiosos progresistas, ni los presidentes de juntas de acción comunal, ni los últimos dirigentes campesinos, ni los grandes jefes pluma blanca del movimiento indígena, ni los dirigentes del magisterio, ni los 20 pelagatos que impulsaban el movimiento estudiantil en cada universidad pública, ni los dirigentes sindicales, ni las dirigentes del movimiento de mujeres, ni los periodistas, particularmente los críticos e independientes, ni los activistas de derechos humanos… en fin personne.

De la arremetida contra los actores de la sociedad civil, que mostraban posiciones críticas frente al statu quo y al Estado, no se salvó nadie. En un informe de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, en el que se comparan las acciones contra los derechos humanos sucedidas en los gobiernos Barco, Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe se puede ver que el gobierno Pastrana es el que registra las cifras más cruentas en esta materia (Ver la tabla).

Tabla: Captura de pantalla hecha en justiciaypazcolombia.com

Tabla: Captura de pantalla / justiciaypazcolombia.com

Nunca he podido olvidar el tono del discurso que se escuchaba en las oficinas de los organismos judiciales y de seguridad del Estado, cuando la gente se acercaba a poner la queja, por asuntos relacionados con violaciones a los derechos humanos durante esos años. La cosa era algo así como: 2hombre vamos a ver qué se puede hacer, pero de seguro no se puede hacer mucho, porque los facinerosos y los bandidos se camuflan dentro de la población civil y esa es gente que no respeta ni pinta ni putas”.

Tampoco se puede olvidar que el hombre que Andrés Pastrana  impulsó como su alfil para la Fiscalía General de la Nación, Luis Camilo Osorio, ha sido señalado en diferentes medios de ser un hombre cercano a los grupos paramilitares. Por eso cuesta creer que un expresidente, que en el momento de su elección mereciera que el editor de El Tiempo titulara su nota: “Pastrana o la audacia por la paz”, se haya convertido en uno de los voceros contra los acuerdos de La Habana, que la comunidad internacional no ha dudado en calificar como una salida audaz para ponerle punto final al conflicto colombiano.

Sergio Ocampo Madrid, quien escribiera el 27 de diciembre de 1998 dicha nota, resalta en un párrafo que Pastrana había corrido el riesgo de ir a buscar el poder con “el aval de las Farc”. Ese hecho le había reportado “grandes réditos electorales, mucho más si se recuerda que ese grupo insurgente se negó sistemáticamente a hablar con Ernesto Samper durante sus cuatro años de mando”.

Enoïn Humanez Blanquicett
enoinqb@hotmail.com

Nací en el caserío de Loma Verde, en el Caribe colombiano. Licenciado en enseñanza de las ciencias sociales, magíster en Historia de América y especialista en migraciones, He ejercido el periodis...

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