Jueves, 24 de noviembre de 2016

Diario de un inmigrante: Mi primer trabajo cash (parte 1)

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / KMR Photography (CC)Foto: Flickr / KMR Photography (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

—–

El enorme jefe judío gruñó en inglés: “¡ahora, quién de ustedes se sube!”.

Con potencia paquidérmica había hundido la alta y pesada escalera de metal sobre los montones de nieve como quien clava dos escobas en la arena seca.

Todos miramos al más bajito, el mexicano Margarito:

– ¡Me vale madre, yo no subo!

El jefe se acomodó su barba marrón de Santa Claus adulto y exhaló bronco desde su panza colosal sin dejar de mirar a Margarito con una expresión de “te subes o te rajo”, a lo que Margarito respondió sin demora:

– Nomás no me suelten la escalera, pinches, agarren bien…

Margarito subió rumiando más insultos. Debía quitar un cartel colgado de extremo a extremo a la entrada de la sinagoga. Desde el cielo caía la última nieve de marzo y, de un momento a otro, esta escalera de bomberos, aun sujetándola con fuerza, podía tambalearse hasta la caída llevándose a Margarito al más allá sin darle chance para la ofensa final: ¡echen paja, cabrones!

– Tranquilo, cuate. Si te caes, la nieve te va a aguantar-, le aseguré desde abajo.

– ¡Y por qué no subes tú, cabrón!

Conseguí este empleo para hacer limpieza apenas dos semanas después de mi arribo a Montreal. Una amiga colombiana confiada en mis buenos oficios me recomendó con su jefe, el dueño de una agencia de empleos. Así llegué a la sinagoga, inmenso templo judío, para ayudar a Miguel, un joven odontólogo colombiano que no se daba abasto para asear el lugar donde celebraban un festín de duración incierta.

Miguel no había dormido en tres días y ya mostraba signos de muerto viviente. Quiso aprovechar la ocasión festiva haciendo horas extras de siete de la mañana hasta la medianoche, pero el empeño le duró poco por eso telefoneó a la agencia de empleos para quejarse y pedir refuerzos.

– ¿Usted sabe usar productos de limpieza? -, me preguntó la demacrada secretaria de la agencia.

– No, no sé -, le respondí pasando saliva.

– No importa, acá va a aprender. Firme aquí.

Aterricé en la sinagoga guiado por un mapa dibujado a mano (a la antigua), ya que por entonces ni celular “inteligente” tenía. No podía comprarlo aún porque uno no existe en “el sistema” si no tiene cuenta bancaria ni historial crediticio, y ¿qué garantía les daba a los de la empresa telefónica si era un recién llegado a esta tierra del norte?

Apenas me acostumbraba al clima y mis abrigos andinos hacían agua frente al frío a caudal. Debía conseguir trabajo antes de que empezaran mis clases de francés. Así que me enrumbé hacia la sinagoga bajo la nevada, con mi mapa en mano y mis zapatos de cuero auténtico que ya eran de papel mojado. La nieve se extendía a sus anchas y en alfombra haciendo de las calles: calles igualitas. ¿Y si me pierdo?, pensaba, ¿qué hago?, y en el horizonte ni un alma de Dios que me amparara. Obedecí a mi miedo y me perdí, y toqué con insistencia varias puertas y nadie abrió (y yo que en mi país nunca les abrí a los persistentes evangelistas, recibía al fin el castigo divino). Muy sabelotodo, subestimé la advertencia: en invierno todos están metidos en sus casas como ardillas, nadie te abre. Tuve que devolverme sobre lo andado hasta ubicar el sendero correcto hacia la sinagoga donde me recibió el amable colombiano Miguel o lo que quedaba de él.

Naufragando en cansancio, el bogotano Miguel me dio un curso intensivo en el arte del trapero y el uso de desinfectantes. A ver, pasa el trapero, me dijo, y yo moví el trapero encorvándome como lo hice contadas veces en la cocina de mi madre. Así no lo hagas, compadre, cógelo como quien baila con una mujer y muévelo de lado a lado, derecha, izquierda, derecha, izquierda, como un bolero, y así no te matas la espalda. Miguel llevaba cinco años en Montreal. Había intentado sin suerte ingresar a la orden profesional de odontólogos, por ello decidió estudiar un oficio afín, pero tampoco conseguía un buen empleo y las deudas lo acorralaban. Mientras hallaba algo mejor, esta chamba temporal le daba el resignado respiro del peor es nada. El templo judío era tremendo, repleto de salas de reuniones, amplios comedores, salones para ritos, una escuela para niños, laberintos… En fin, una vasta arquitectura baldeada desde hacía seis meses por Miguel, de lunes a viernes, sin desmayo y a 10 dólares la hora cash.

Comenzamos por los baños y seguimos por tres salones. Cosa fácil aunque fatigosa: debíamos dejar todo como de estreno porque luego el jefe pasaba el dedo. Íbamos a buen ritmo hasta que Miguel me dejó solito en un amplio y silencioso salón tapizado, con piano de cola, vitrinas empotradas y adornos de alta cristalería… Mala idea, Miguel. Quizá abrumado por tanta exquisitez pasó lo que tiene que pasar cuando uno es nuevo y torpe y lo meten a limpiar en un lugar fino… No, no rompí nada… Pero había un formidable espejo oval antiquísimo donde vi mi inseguro reflejo de empleado en su primer día. El espejo reclamaba su brillo y las órdenes eran simples y terminantes: “límpialo con el líquido azul, compadre, ya vuelvo”. Y en el coche de la limpieza había dos líquidos azules. ¿Y ahora, cuál será? ¿A dónde habrá ido Miguel? ¿A qué hora volverá? Con esa penosa sensación de “si no cumplo, pensarán que no sirvo”, decidí sin preguntar y de Tin Marín, de Do Pingüe, cogí el azul que no debí y al compás de mis frotadas el espejo fue cogiendo un tono azul cielo en aumento. Pensé: así será el efecto del limpiador y proseguí con la faena. Afortunadamente, aún me quedaban restos de prudencia y sólo había frotado uno de los costados y al ver que ni lo opaco ni lo azulado cedían me detuve en el preciso instante en que unas pisadas fuertes venían por detrás. Eran las del gran jefe: un muy robusto judío ortodoxo cuyo nombre he olvidado, pero no su barba acolchonada, su terno y sombrero negro, y su camisa blanca. Me observó desde su metro ochenta y tantos como quien reconoce a una imprudente hormiga, con esos ojazos azules como el líquido que usé. Estaban fijos bajo el grosor de sus cejas, hundidos en sus ojeras de mil rezos. El hombre miró el espejo y me miró, volvió a mirar el espejo y me volvió a mirar, volvió a mirar el espejo y al fin dejó de jugar con mi angustia y soltó en inglés: ¿dónde está Miguel? ¿Qué líquido le echaste al espejo?… (Continuará la próxima semana).

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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