Domingo, 27 de noviembre de 2016

Mis recuerdos de Fidel Castro

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Entre Fronteras
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fidel-castro-visita-chileFoto: Revista Gente

Antes que nada debo decir que en mi modo de ver, Fidel Castro fue uno de esos líderes que tuvo en sus manos la oportunidad de darle a su pueblo -que algún día lo amó intensamente-, la felicidad y la “libertad” con la que él mismo soñó seguramente cuando joven, pero que el poder lo encegueció, lo endiosó y lo corrompió; y en lo ideológico no tuvo la bravura para dar el viraje a tiempo, tras conocerse el desastre y la impracticabilidad de su modelo, sino que se refugió como lo hacen casi todos los izquierdistas en rezar el rosario de sus slogans, absortos de lo que pasa por su lado.

Hoy, que el líder ha muerto, y a pesar que se dice que no hay muerto malo, él parece ser la excepción y hay más gente que lo detesta y celebra su muerte, que aquellos que realmente lo lamentan.

Durante años le tuve a Fidel Castro, sino la devoción fanática que muchos de mis congéneres le prodigaban, una gran admiración, que se fue extinguiendo con el paso del tiempo, hasta la ruptura final que comenzó al día siguiente de la caída del Muro de Berlín, cuando nos enteramos de las miserias y la gran mentira que fue el comunismo soviético.

Pues bien, como suele suceder cuando un personaje del calibre de Fidel se muere, los recuerdos y los testimonios personales afloran; he aquí los míos.

——-

Era el 18 de noviembre de 1971. El ambiente en la universidad de Concepción, en Chile, en donde yo estudiaba e incluso residía en su interior, era ese día extremadamente agitado desde tempranas horas,  y la razón era que se esperaba la visita del comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro.

Castro había comenzado el 10 de noviembre de ese año una gira por el Chile que presidía entonces Salvador Allende, quien tenía por objetivo implantar un régimen socialista por las vías democráticas, lo cual constituía un experimento, porque ninguna revolución se había dado sin pasar por un proceso violento de toma de poder.

Es bueno señalar que la visita de Castro a Chile puso en evidencia la polaridad que ya existía en el país desde que fue elegido Salvador Allende. Ello se expresaba en todos los estamentos sociales y desde luego en los periódicos de uno y otro bando. Por ejemplo La Prensa titulaba: “Santiago plagado de grupos armados cubanos, el tirano llega el miércoles”; y el Clarín decía por su parte: “Fidel, Chile te abre su corazón”. La prensa gobiernista y los que presentaban a Fidel en los eventos, fueron extremadamente lisonjeros, hasta el paroxismo, con el prohombre, o semidios, que creían que era el visitante cubano.

Como Castro tenía la costumbre de que si lo invitabas a tu casa se iba apoderar de ella, así lo hizo; aquella visita duró 23 días, como si no tuviera mucho que hacer en la isla. Recorrió Chile desde Antofagasta hasta Puerto Montt, y hubo Fidel hasta para aburrirse.

Aquel 18, pues, lo esperábamos los estudiantes para conversar con él. Recuerdo que en un momento determinado estaba como muchos otros estudiantes en la superficie del llamado campanil, donde ya estaba montado el estrado desde donde hablaría el invitado, pero faltaban ajustes y no había tanta gente todavía, cuando de pronto por el arco de la entrada de la universidad aparece un jeep militar y parados sobre su plataforma estaban un enorme barbudo, vestido de verde oliva y con quepí, y dos guardaespaldas con lentes oscuros, detrás suyo. El barbudo agitaba sus manos saludando a todos los que estaban por allí, y muchos empezaron a seguirlo. Todo el mundo quedó sorprendido, no se lo esperaba tan rápido. Pero al poco rato se supo que no era Fidel, que todo era una broma, como tantas otras -y algunas muy crudas- que solían hacer los estudiantes de cualquier facultad.

El tema de la seguridad nos inquietaba a los estudiantes e intentamos colaborar en ello, ilusamente, si nos comparamos con el batallón de hombres de protección que tenía el comandante. Pero a pesar de todo intentamos armar una especie de cordón de estudiantes, por donde pasaría el comandante. A la hora de la verdad el comandante llegó y subió a la tribuna por donde menos lo suponíamos, a través de un forado en una barrera que abrieron de dos patadas dos de sus hombres. Sin duda fue una entrada histriónica, como era habitual en Fidel.

Precisamente leyendo una de las notas de prensa de Gabriel García Márquez, que como sabemos fue gran amigo de Fidel y le conocía muchos de sus secretos, decía que la vida cotidiana de Fidel era imprevisible, y que sus servicios de seguridad eran muy difíciles de penetrar. También en esa nota Márquez, dedicada a comentar el libro de ficción “El pez es rojo”, escrito por los norteamericanos Warren Hinckle y William Turner, donde se hablaba de los numerosos atentados contra la vida de Fidel que la CIA había montado y que para el momento según Márquez eran unos 50, y posteriormente reconocidos por el gobierno cubano como 167, hablaba también el escritor de los fracasos sorprendentes que fueron los tres atentados que preparó la CIA contra Fidel Castro en esta visita a Chile de la cual estamos hablando.

Uno de ellos se refería a un automóvil que se encontraba en el camino de la caravana de Fidel en Antofagasta, al norte de Chile, aparentemente descompuesto, pero que contenía 400 kilos de dinamita, que por razones inexplicables no estalló.

También un tal Antonio Veciana declararía años más tarde haber reclutado en Miami a dos personas y tras llevarlos a Caracas, para un entrenamiento como camarógrafo y entrevistador en el canal de televisión Venevisión, los llevó a Santiago donde deberían dispararle a Fidel con una pistola escondida en la cámara durante una conferencia.  Pero resulta que el plan falló, según Veciana por cobardía de los autores, que viendo la seguridad cubana de más de 100 agentes, se echaron para atrás.

Pero volvamos a Fidel, que ya estaba en el estrado. Observándolo encontré que el legendario comandante en vivo era más grande y fornido de lo que me imaginaba o veía en las fotos.  Tenía la nuca de un toro de lidia, y se movía en la tarima como un león enjaulado. Tenía muchas manías, o era parte de su show de disertador, como aquello de tocar y mover incesantemente los micrófonos. Los atraía hacía sí, o los retiraba; de repente se zambullía hacía ellos, como queriéndolos tragar, y con su índice derecho tieso, apuntando, y tras murmurar en ese estado algunas frases, erguirse y echarse hacia atrás y con voz altisonante continuar el discurso y aquí su índice moviéndose agitadamente, como si tuviera vida propia.

La manía del índice también lo ha usado de otro modo y más acentuadamente con los años. A menudo a sus interlocutores los picaneaba en el pecho, en el brazo o en la espalda con ese índice; y no debe haber sido muy agradable para el que recibía la estocada, porque Fidel tenía el índice bien aguzado.

Otra manía de Fidel era la de repetir su última frase, o su última palabra, como para remarcar lo que decía, o simplemente para rumiarla como condición preparatoria de lo que habría de decir en seguida.

Me llamó también la atención de Fidel, su voz; la encontré delgada, femenina, poco proporcional con su tamaño; y tenía algo del dejo caribeño, que se notaba cuando no podía pronunciar la p de Concepción, y decía Concección.

En la universidad, como en todo el país, había dos fuerzas en la izquierda que a menudo chocaban. Por un lado, el partido Comunista (sobretodo) junto con el partido Socialista y otras fuerzas menores, integrantes de la coalición de gobierno la Unidad Popular; y por otro, el movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Los primeros los llamaban a éstos “ultraizquierdistas” y éstos los llamaban a aquellos de “reformistas” que era mucho que decir en la ideología marxista.

El dilema le fue planteado al “comandante supremo” por la juventud Socialista en estos términos: “Considera que el gobierno de la UP es reformista o revolucionario”. El MIR que tenía la hegemonía de la universidad, y porque allí había nacido, allí habían estudiado sus principales líderes, y porque además era un movimiento que surgió al calor de la Revolución Cubana, esperaban una respuesta a su favor. Pero el zorro de Castro, tras unas muecas y con humor dijo: “Y si digo que no, no me puedo quedar aquí”… para luego remachar que sí en Chile estaba ocurriendo “un proceso revolucionario”.

Posterior al acto en el campanil, se realizó más tarde otro, en el Estadio Regional, con la participación también de las otras representaciones estudiantiles opositoras al gobierno de la Unidad Popular. Allí Castro se explayó en disquisiciones ideológicas y políticas hablando del comunismo y la etapa que lo precede, el socialismo, etc., etc. Pero cuando uno de los estudiantes, de la Juventud Nacional Universitaria, recalcitrante opositor de la UP y de la Revolución Cubana, le preguntó: ¿Qué razones ha tenido usted, señor Fidel Castro, para que en Cuba no haya elecciones como en Chile?; y el muy astuto respondió: “¿Saben quién no quería las elecciones? ¡No lo van a creer! ¡No lo van a creer! El pueblo”.

Calificando este fenómeno de “avance que había dado el pueblo”, relató:

“En una concentración multitudinaria -y sin que nadie lanzara ninguna consigna, ninguna cosa- se habla de elecciones. Y empieza a decir todo el mundo: ‘¿Elecciones para qué? ¿Elecciones para qué?'”.

(APLAUSOS).

No contento con esta respuesta, Fidel, posiblemente convencido de sus propias palabras, invitó a su indagador a organizar un viaje a Cuba y que se meta en las fábricas, sindicatos, con los campesinos y estudiantes y les haga la pregunta. Nunca supimos si el joven “Tun tun”, como lo llamaban, fue a Cuba. Simplemente no supimos más de él.

– Aquí un video de la visita de Fidel a la universidad de Concepción.

– Otras imágenes de Fidel en otros lugares de la provincia de Concepción.

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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