Jueves, 8 de Diciembre de 2016

Diario de un inmigrante: Mi primer trabajo cash (parte 2)

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / KMR Photography (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

—–

Afuera de la sinagoga anochecía y nevaba. Era mi primer día de empleo en la ciudad. Había llegado a las nueve de la mañana y me iría a las once de la noche. El trabajo era excesivo pero debía aprovecharlo. Saqué la cuenta en la mente: 10 dólares la hora por 14 horas me dan 140. No está mal. (Lea la primera parte de la historia)

La sinagoga se vaciaba de gente y debíamos limpiar y acomodar todo de prisa porque al día siguiente continuaría la celebración en esta maratónica fiesta. En el salón de los adornos finos, el enorme jefe judío me preguntaba otra vez con qué había querido sacarle brillo al antiguo espejo oval, ¿qué diablos le echaste al vidrio para empañarlo de esa manera? Yo le señalé la botella sin nombre que yacía sobre el carrito amarillo de limpieza. El jefe la olió. “Esto está muy puro. Es muy fuerte para limpiar el espejo. No han diluido bien el líquido con agua. Hazlo en el baño y vuelve para mostrarte cómo limpiarlo. ¿Eres el nuevo, no?”.

Moví la cabeza en son afirmativo y salí como un cohete. Volví de inmediato y le entregué el limpiador ya mezclado con agua. El hombre se quitó el saco, se remangó la camisa blanca y me explicó cómo debía pasar el paño, minuciosamente, con frotadas de cariño. “¿Ya ves cómo se hace? Continuarás mañana, ahora baja al salón y ayuda a Miguel a voltear las sillas”. Luego me miró como queriendo lanzar una media sonrisa pero sin animarse, y se fue.

Abajo, en el primer piso, el esclavo Miguel acomodaba las sillas sobre las mesas. Arrastraba los pies como si tuviera grilletes. Me observó desde los cuencos oscuros de sus ojeras y me afirmó agonizando: “mañana yo no vuelvo, compadre, hoy me muero en mi casa. Le diré a la agencia que mande más gente. ¡Mira cómo han dejado el salón y ni hemos comido!”. Sobre el piso se esparcían las sobras de una gula tremenda e instintiva que culminaba en la puerta de la cocina, desde donde una filipina sonriente nos hacía señas a escondidas para que nos acercáramos. Y fuimos rapidito.

Coman, coman, que no han comido nada, nos dijo. Y presurosos cogimos los platos antes de que viniera el jefe y entregamos nuestra alma a la sazón asiática. La comida estaba fría, casi helada, pero eso no importaba para silenciar el ronquido del hambre. Y las maternales cocineras filipinas, sin dejar de sonreír, mirándonos como a dos náufragos atragantándose, nos decían siempre que en tal bandeja había más y más comida, que probemos y nosotros, saciados hasta el hartazgo, que no, que ya no, y sólo suplicamos por un té caliente y cargado que nos desatorara el buche porque teníamos harto trabajo. 

A la mañana siguiente volví repuesto. Y Miguel también, aunque ya se le escapaba una tos de perro flaco. Me presentó a Margarito, el gran refuerzo: un mexicano bajito y conversador, antiyanqui hasta la médula y defensor de los derechos laborales de los inmigrantes en Montreal: “ya le dije al jefe de la agencia de empleo que nos debe pagar más y no quiere, ¿10 dólares la hora?, no hay derecho”, me contó mientras aspirábamos las alfombras del templo donde pronto empezaría el ritual judío.

Margarito vivía en Canadá desde hacía ocho años. Llegó como refugiado, pero no me dijo si seguía siéndolo. Trabajaba parejo por un gran motivo: en su tierra tenía una hija que mantener. He olvidado de qué parte de México procedía pero era de un lugar donde aprendió de niño el náhuatl, una de las lenguas nativas más habladas de su país. Cada cierto rato yo le preguntaba: oye, Margarito, cómo se dice tal cosa en náhuatl, y él respondía con solemnidad en esa lengua prehispánica y ondulante. Íbamos juntos barriendo los pisos, aspirando el polvo, criticando a los yanquis, acomodando los ejemplares de la Torá en el templo, resolviendo los problemas del mundo, hasta que nos tocó sacar la basura para depositarla en el gran contenedor de la parte trasera.

Los desperdicios dormían dentro de bolsas negras al interior de una pequeña caseta. Desde ese punto debían ser trasladados al depósito de afuera donde el camión de la basura los recogería. Pero la puerta de la caseta estaba a medio abrir, atracada por los montones de nieve, haciendo imposible sacar las bolsas de basura ya congeladas. Notificamos al jefe que salió sereno con aires de “apártense, yo puedo solo”, y se quitó el saco negro, la camisa blanca y a pelo en pecho a diez grados bajo cero dio gruñidos de oso polar: dos intentos poderosos le bastaron para abrir la puerta de la caseta y sacar, una por una, las bolsas de basura como bolsas de papel con pan del día. Margarito y yo las cogíamos, caminábamos un breve trecho y las impulsábamos hacia arriba, a cuatro manos y a la voz de tres, para encajarlas dentro del profundo contenedor. Nuestra corta estatura y agotamiento nos limitaban, mas redoblamos esfuerzos, y todo marchaba sobre rieles hasta que una de esas bolsas inmensas y gordas se despanzurró en el aire y bañó de porquerías la nieve y nuestra ropa. Al instante miramos al jefe con pasmo que, sin inmutarse, nos devolvió una cara de “Yahvé, recógetelos de una vez”.

Dos semanas más tarde recibí una llamada telefónica. Era el encantador dueño de la agencia de empleos. Me preguntaba si quería ocupar el lugar del colombiano Miguel en la sinagoga. Según él, se habían quejado de su trabajo y Miguel tampoco quería volver. Ya sabes, es de lunes a viernes, ocho horas diarias, a 10 dólares la hora. Le respondí que no, gracias, que mis clases de francés empezarían pronto.

Trabajé siete días en la sinagoga. Tras mucha insistencia, la agencia de empleos me pagó tres meses después.

(Lea la primera parte de la historia)

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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