sábado, 4 de marzo de 2017

Diario de un inmigrante: Si le duele, espere (o acudir a emergencias del hospital)

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Philippe Agnifili (CC)

Ocho horas después del accidente, Mañuco seguía sentado sin saber lo que tenía. Ahora aguardaba los resultados de los rayos X. Su dedo índice era un sanguinolento chichón. Al menos el agudo dolor había cedido a la breve paz de la anestesia. “¿A qué hora me van a decir lo que tengo? Llevo horas acá. Esta gente es inhumana, ni en mi tierra me tratan así”, se repetía. El accidente había ocurrido a las diez de mañana, ya eran casi las seis de la tarde y seguía con la incertidumbre.

Por necesidad, Mañuco se gana el pan como obrero en una fábrica de soldaduras. El accidente ocurrió el 23 de diciembre, a puertas de Navidad. Mañuco mete la mano derecha en una pesada zanja de metal. Saca la mano con fuerza y el dedo índice se le queda adentro, enganchado. Siente el leve crujir de una galleta. Coge su dedo con apuro y corre hacia el lavadero. “Parece que es sólo la uña rota y un corte”, le asegura su rechoncho jefe, mas el dedo de Mañuco decía lo contrario y se le hacía tremendo bulto.

Antes de acudir al hospital, Mañuco fue a un centro de salud cercano, donde una técnica le miró el dedo con indiferencia mientras escuchaba su historia. Cogido por los nervios, Mañuco no lograba hilvanar su relato en francés. No hay nada como expresar tu dolor en tu propia lengua. La técnica le detuvo la hemorragia, le vendó el dedo con maña y lo mandó a la sala de espera donde dos pacientes vegetaban: “siéntese y espere, ya lo llamaremos”; y pasaron dos horas y no lo llamaban. “Yo me voy de acá”, se dijo Mañuco, y arrancó para el hospital cerca de su casa.

Casi llegando cambió de opinión y se fue a una clínica sin cita (la clinique sans rendez-vous) creyendo que lo atenderían más rápido y se equivocó: no querían ni verle el dedo. Lo echaron a gritos como si tuviera lepra: “¡vaya a emergencias, señor, váyase, nosotros no podemos atenderlo!”.

Al llegar a emergencias del hospital, Mañuco sintió alivio: había apenas cuatro gatos en la amplia sala de espera. ¿A quién se le ocurre accidentarse en vísperas de Navidad? Con drama de ópera, Mañuco arrastró su mala suerte hasta la ventanilla de atención. No era su primera vez en un hospital de Montreal y sabía cómo funcionaban las cosas: nadie te hacía caso si aún podías respirar por ti mismo, había que exagerar. Lo malo es que su actuación no convenció al técnico que también le miró el índice con desgano: “siéntese, señor, y espere su turno”. “¿Se van a tardar?, es que me duele mucho”. “No lo sé, señor. Siéntese y espere”. El dolor ya le martillaba el dedo.

Cuatro horas después, el hambriento y neurótico Mañuco escuchó al fin su nombre. Lo situaron en una habitación limpia. Ahorita viene el doctor, se esperanzó, pero el único que se asomó treinta minutos más tarde fue un joven practicante de medicina que le miró el dedo con cara de susto. Mañuco le narró los hechos. “¿Es grave?”, le preguntó al estudiante. “No lo sé, señor. Mejor voy por el doctor, ya vengo”, y salió a paso ligero.

Al cabo de media hora apareció el médico que, tras oír la historia, observó el índice malogrado y le explicó a su estudiante cómo lidiar con esos casos. “Señor, ahora usted irá a rayos X, queremos descartar una fractura”, le indicaron a Mañuco. El dedo le punzaba con alboroto y al fin le aplicaron la dosis de anestesia.

En la sala de rayos X encontró a la única alma piadosa en todo el día: una enfermera afroamericana con espíritu navideño. “Tenga paciencia, señor, ya le pasará”, lo consoló. “Este hospital necesita más gente como usted, gente que ame su trabajo”, moralizó Mañuco y ella le sonrió. Ya más repuesto volvió a la sala a aguardar el diagnóstico. Al menos treinta pacientes eran atendidos. Una hora más tarde vio a lo lejos al médico como buscando a alguien y entonces señaló a Mañuco y cuchicheó algo con su estudiante. Mañuco pasó saliva y pensó lo peor: me van a cortar el dedo. Lo condujeron de nuevo a la habitación. “Señor, hay fractura, deme su dedo”, le ordenó el médico. Mañuco se lo entregó sin resistencia. Se sentía seguro bajo el milagro de la anestesia. Igual volteó la cara para no mirar. Le preguntó al médico si la cosa era grave y no recibió respuesta. Sólo sintió que le jalaban y doblaban el dedo como si fuera de utilería. El médico acabó y se fue. Mañuco se quedó a solas con el estudiante: “Listo, señor, se lo hemos entablillado. Cuatro semanas de descanso. Le sugiero que vaya en dos días al cirujano plástico”.

– ¡En dos días es Navidad, no habrá nadie en el hospital! -, respondió el paciente.

– Bueno, vaya cuando pueda -, replicó el joven y se fue. Le recetaron antibióticos y analgésicos.

Mañuco llegó a su casa echando candela sin advertir que todo le había salido gratis. Dio crédito a las historias sobre las mil trabas contra los médicos inmigrantes para desanimarlos a ejercer. “¡No tienen personal y encima no dejan trabajar a la gente! ¡Ni en mi país!”. 

Una semana después se presentó en el consultorio del cirujano plástico que apenas le examinó el dedo hinchado y lo dejó a cargo de otro estudiante. Antes de irse, el galeno sentenció: “seis semanas de reposo”. El estudiante le explicó a Mañuco: “sólo muévalo, señor, ya mejorará”.

– ¿Y debo seguir tomando la medicina que me recetaron?

– Bueno, en estos casos… ¿Le duele? Si le duele mucho, tómela.

 Claro que me duele. Yo trabajo con metal en una fábrica y me fracturé el dedo en una zanja sucia. Tengo miedo que me dé el tétano, ¿por favor, me puede vacunar? Sólo por prevención.

– Aquí no tenemos vacunas, señor. Las tienen en emergencias.

– Si voy a emergencias, me harán esperar todo el día, perderé el día entero…

El practicante lo despachó palmoteándole el hombro.

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Mañuco terminó otra vez sentado en emergencias y se sopló otras seis horas esperando la vacuna. Lo recibieron de nuevo con displicencia. Ahora sí había un pelotón de pacientes. Un hombre fornido con pinta de albañil llegó con el brazo vendado con un trapo. Se lo descubrió en la ventanilla de atención. La mujer que lo acompañaba dio un grito y fotografió con el celular la grave herida tal vez para animar su Facebook. Mañuco estiró su cuello para aguaitar. La enfermera cogió con pericia el brazo del hombre y sin mediar gestos le vendó ese tajo de terror. El hombre contenía sus alaridos. Mañuco notó una gran entrega en aquella enfermera que al segundo lo sorprendió curioseando y le puso mala cara.

Más tarde, el médico de turno le explicó: “señor, si usted tuviera el tétano, ya se habría muerto, igual lo vacunaremos para que esté tranquilo”. Al rato entró a la habitación un enfermero calvo e inexpresivo. Ajustó la jeringa con prisa y le pinchó el brazo. Mañuco dudó: “son capaces de meterme agua con tal de que ya no joda”.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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