Miércoles, 7 de Junio de 2017

Un saludo a la bandera

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Entre Fronteras
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Foto: Captura de pantalla / YouTube

Hace varios días se hizo público el informe de la comisión Florent Gagné, encargada de esclarecer (lo que para muchos parecía claro) los sucesos ocurridos en la autopista 13 de Montreal.

Como se recordará la tarde del 14 de marzo pasado, muchos conductores y sus acompañantes vivieron su peor pesadilla invernal al quedar atrapados por largas e interminables horas en numerosas carreteras de Montreal, incluida la autopista 13, donde se produjo el mayor embotellamiento que duró hasta el día siguiente; es decir que esa gente pasó la noche del 14 hasta el alba del día 15, atrapada, sin que nadie los socorriera, librados a su propio destino, bajo una fuerte tormenta de nieve que los iba cubriendo, y que para fortuna la temperatura si bien a ratos que bajaba fuerte, se conservaba sólo algunos grados bajo cero.

El informe Gagné establece que la información no “circuló” hacia las instancias superiores del MTC, ni de la Surêté du Québec (SQ). En otros términos, las seis personas que trabajaban ese día en el Centro integrado de gestión de la circulación (CIGC) del Ministerio de Transportes de Quebec, si bien estuvieron conscientes de la grave situación que se vivía (ya sea porque lo vieron en algunas de las 450 pantallas que en esa oficina existen; o ya sea por las llamadas que empezaron a acumularse en sus teléfonos), no pudieron sin embargo ubicar a ninguno de sus superiores o a alguna otra persona que tomara decisiones para resolver la caótica y peligrosa situación que se había producido.

¿Cómo es posible que en estos días, en que casi todo el mundo está pegado a un teléfono, no se pueda ubicar a una persona determinada, y sobre todo si esa persona es una autoridad? ¿Cómo es posible que esa autoridad no se haya dado cuenta, por sí misma, de lo que ocurría en sus propias narices, cuando hoy en día sabemos, en tiempo real, hasta lo que pasa en Corea del Norte, que es la sociedad más cerrada del mundo?

¿Cómo es posible que en una ciudad como Montreal, o en una provincia como Quebec, o en un país como Canadá, donde los oficios invernales de sus alcaldías, y de otras instancias, son por excelencia los de recoger nieve y lanzar sal en las rutas, para permitir la circulación vehicular, sobre todo en un día como aquel del 14 de marzo, de anunciada tormenta (NM lo dijo), no hubiese ningún carro recogedor de nieve en la calle, ni ninguna autoridad que dé la cara a la emergencia que se había presentado?.

La aludida comisión investigadora, como está sucediendo con la mayoría de las comisiones de su tipo, si bien confirman lo que ya se sabe y señala los graves errores cometidos, no señala a ninguna autoridad responsable y sólo se limita a dar recomendaciones para el futuro. Es decir, con el respeto debido, estamos en presencia de lo que en ciertos países se llama “un saludo a la bandera”.

…….

Es cierto que pueda que yo esté hablando con más vehemencia sobre este asunto, porque estuve allí, atrapado como otros cientos de personas, no en la autopista 13, sino en otra. He aquí mi historia:

La tarde invernal del 14 de marzo 2017, cuando la estaba viviendo, me recordaba al film Titanic: mientras la gente se divertía, el barco se hundía. Había salido del Aeropuerto Trudeau a las 7:15 pm. de regreso a Montreal. Apenas habíamos avanzado unos cuantos metros hacia el pequeño pulpo que se forma allí en la autopista de vuelta, cuando empezamos a detenernos. Al comienzo avanzábamos metro a metro, hasta llegar debajo del puente donde confluye otro ramal que viene por la izquierda, y allí quedamos parados.

Teníamos a nuestros costados autos, camionetas y taxis, y delante un enorme camión de carga, y más allá otro de transporte de gasolina. La nieve arreciaba y cubría el parabrisas a cada rato, a pesar que las plumillas funcionaban a todo tren, de tal manera que con la escobilla que se usa paras sacar la nieve del carro y que tiene un mango largo, tratábamos a través de la ventana ayudar a despojar la nieve del parabrisas, aunque ganábamos otro tanto que entraba por la misma ventana abierta.

En ese oficio estuvimos entretenidos varias horas, hasta que la temperatura empezó a descender más y más, y la nieve ya no era un polvillo, sino que se volvía pelotitas y empezaba a endurecerse sobre el parabrisas de manera alarmante porque ya no podíamos ver, obligando a subir la temperatura interna para bajar la condensación. Afortunadamente teníamos carro nuevo y buena reserva de gasolina. En el interior estábamos, mi esposa al volante, mi madre de 93 años, mi hermana y yo. Mi madre, al contrario de los demás, permanecía estoica. Las radios tocaban música, y nadie hablaba de nosotros, los atrapados y olvidados en alguna ruta.

La nieve continuaba endureciéndose y sentíamos que parados como estábamos nos fijaba al piso, y se volvía resbalosa cuando apenas nos movíamos. ¿Por qué estamos en esta situación?, me preguntaba. ¿Por qué no anularon el vuelo donde venía mi madre y mi hermana? En realidad cuando llegamos al aeropuerto, alrededor de las 5:45 pm, en las pantallas se veía casi todos los vuelos cancelados, menos tres: dos de Miami, y uno de Islamabad. Los que venían de Miami, estaban repletos de temporadistas quebequenses, vestidos con ropas ligeras y gran cantidad de niños y abuelos. ¿Cómo lo habrán pasado ellos?

Seguíamos parados, y en la radio solo se escuchaba música. En un momento empezamos a ver a algunas personas salir de los taxis donde venían, porque me imagino el taxímetro comenzó a subir hasta las nubes a medida que pasaba el tiempo. ¿Adónde podrían ir esas personas bajo esas condiciones? Se enterraban en los más o menos 40 centímetros de nieve, y luchando con sus maletas que parecían pesar más que nunca, a fin de que no desaparezcan en ese pantano blanco. Toda una ¿tragicomedia?

Volvía a pensar en el Titanic. Allí varados, enclaustrados, éramos los ciudadanos de segunda clase que estábamos en los sótanos del barco. De pronto un caminito se abrió a nuestra derecha, y avanzamos por allí, seguidos de otros carros. Después de muchos resbalones fuimos a dar frente a la gasolinera que estaba próxima. Pensamos entonces salirnos de la vía e irnos por el borde del río que estaba al fondo de la nueva vía que habíamos tomado, pero antes tenía que moverse un bus de pasajeros que nos tapaba el paso.

El bus aceleraba, pero no avanzaba, y sus ruedas traseras lo meneaban de un lado a otro como si fuera un gusano malherido. Algunos carros intentaban pasar por su costado, montándose en las aceras, pero eso era una acrobacia peligrosa. Si no te azotaba el bus, podrías tú mismo azotar a los que venían en la dirección contraria. En eso se produjo un trecho en dirección a la gasolinera, y por allí enfilamos.

Entramos al parqueadero del abasto contiguo a la gasolinera, y nos quedamos allí, enterrados, pero aprovechamos de aprovisionarnos de papitas fritas y agua. Al intentar salir para retomar el tráfico, fue imposible; el carro se encabritaba y se negaba a avanzar. Afortunadamente la solidaridad se hizo presente, unos jóvenes que ya venían de ayudar a otro carro, se ofrecieron a empujarnos, y así fuimos a posicionarnos en la misma gasolinera, donde aprovechamos de llenar el tanque. Bajo las circunstancias en que estaban las cosas, decidimos no entrar a la cola y esperar allí en lugar seguro, con el motor siempre encendido para no nos congeláramos.

Pasaron varias horas, y alrededor de la medianoche se empezó a mover la circulación, es cuando entramos en la vía. Teníamos que llegar a Plateau primero, para dejar a mi madre y mi hermana en su casa. Imagínense, Plateau; si la alcaldía de allí ni en tiempo normales limpia a tiempo, cómo será esta vez. En efecto, la calle por donde debíamos entrar al estacionamiento del edificio, estaba intacta de nieve, imposible de avanzar; pero afortunadamente por Saint-André sí había pasado la máquina, aunque era un solo trecho. Llegamos frente al edificio y una montaña de nieve nos esperaba. Nadie había salido ni entrado, al parecer. Decidimos crear un camino con nuestro propio andar, y en algunos tramos usamos la pala. Yo partí adelante con la primera maleta, y me parecía que estaba haciendo un safari, solo que en lugar de caminar por pantanos, lo estaba haciendo sobre una ciénaga blanca. De pronto la abuela se cae, enterrada en la nieve, bajo la gritería de mi hermana. Pero como les decía mi madre es un roble, y es más fuerte que nosotros. En efecto, si bien la ayudamos a salir, llegó al lobby del edificio entera y sin ninguna agitación, en cambio yo llegué con la lengua afuera, sin aire; y aún me quedaban dos maletas por transportar.

Finalmente, mi madre y mi hermana quedaron instaladas. Ahora nos faltaba a nosotros llegar a nuestra casa. No fue fácil, pero ya a esas horas había varios carros haciendo su trabajo, y nosotros tuvimos que ir escogiendo las vías que ya estaban más despejadas. Arribamos a casa cuando el reloj marcaba las 2:45 de la mañana.

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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