miércoles, 10 de agosto de 2011

Tres italianos bordean la costa del Mediterráneo español en monociclo

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El Mundo
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Cuenta con dos pedales, una rueda y un sillín. Punto. No será el máximo de la comodidad, pero el monociclo representa el vehículo elemental por excelencia. “Y así fue también nuestro viaje”, cuenta por teléfono Tiziano Gallo desde Barcelona. Allí ha vuelto, con Aldo (21) y Alessio (23), los dos compañeros de su ruta, tras miles de pedaleadas que les han llevado de Barcelona a Valencia y luego a Granada, todo en monociclo.

Fuente El País

“Siempre hemos tenido la pasión por los malabarismos y nos hemos especializado en el monociclo”, cuenta Tiziano Gallo, italiano de 22 años. Él y sus dos amigos estuvieron entrenándose cada día, desde el invierno pasado, para estar a la altura del viaje que tenían pensado: más de 350 kilómetros, mochila en los hombros y una sola rueda bajo los pies. En julio finalmente el sueño se hizo realidad y, tras un trayecto en barco de Roma a Barcelona, estuvieron 13 días recorriendo las carreteras de la España mediterránea.

Las jornadas pasaban pedaleando bajo el sol, las noches en una tienda en alguna playa abandonada. El presupuesto no daba para lujos y diversiones. “Partimos de Roma con unos 300 euros cada uno”, cuenta Gallo. Aunque algo menos de 200 se los llevó el billete del barco. Lo que quedaba tuvo que bastar, porque los espectáculos de malabarismos que los jóvenes montaron a lo largo de su recorrido no arrasaron precisamente. “En total ganamos 3,20 euros. Pero, bueno, pudimos desayunar al día siguiente”, se ríe Gallo.

Una pedalada tras otra, los tres avanzaron por una galería de paisajes y personajes entre lo curioso y lo estupendo. Y lo contaron en un diario en la página “Tres Hombres y una Rueda” (así se han bautizado) de la red social Facebook. Subidas y descensos marcaban unas montañas rusas que se reflejaban también en su moral. “Hubo una noche, en la autopista, con los camiones que te rozaban a toda leche, que pensamos en dejarlo todo. Pero nos tumbamos en un campo, nos pusimos a mirar las estrellas y nos animamos de nuevo”, asegura el joven italiano.

El momento mejor del viaje en cambio coincidió paradójicamente con la renuncia al amigo fiel de su ruta. “Por unos kilómetros, cerca de Sant Jordi, no había una carretera que bordeara el mar. Tiramos recto entre escollos y bosques, pero a veces hubo que cargar con el monociclo porque era imposible avanzar”, explica Gallo. La recompensa, añade el joven, fueron unos descansos en rocas desiertas colgadas sobre el mar.

Por mucho que les gustaran los paisajes solitarios, la gente que se encontraban por el camino también marcó el itinerario de Tiziano, Aldo y Alessio. “Te sonreían, te animaban, te sacaban fotos”, recuerda el primero, con una mezcla de alegría y tristeza. Usa el pasado, el viaje ha terminado. Estos tres italianos ya han regresado a su país. Eso sí, en barco. No se le puede pedir tanto a un vehículo elemental.