miércoles, 11 de enero de 2012

Un verdugo de China se confiesa: “no es tan complicado como se cree»

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Ejecuciones en China,

Si hay ejecuciones de personas, hay también ejecutores. Es un razonamiento elemental. Pero conocer a un verdugo siempre nos causará aversión. No es un empleo del cual sentirse orgulloso, al menos eso creemos.

Pero el punto de vista del verdugo es diferente. Hu Xiao es uno de ellos. Él está convencido las personas que ha ejecutado en China se merecían su pena. Además afirma que el trabajo de verdugo «no es tan complicado como se tiende a pensar»

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La única vez que a Hu Xiao le tembló el pulso fue cuando una de sus víctimas, un veterano del Ejército de Liberación Popular sentenciado a muerte por homicidio, se levantó en los últimos segundos de su vida y echó a correr. Una carrera suicida y desesperada. Un último intento de rebelarse contra el destino que los jueces le habían impuesto. Una huida hacia el verdugo y el fusil que le apuntaban.

Los prisioneros que se enfrentan a la pena capital suelen quedar paralizados por el terror, congelados por la soledad y la proximidad fría de la muerte. La mayoría se derrumban en el último momento. Caen al suelo, incapaces de mantenerse en pie. Y eso facilita el trabajo a los verdugos como Hu.

Pero aquel ex soldado convertido en despojo del sistema, estaba lo suficientemente loco o desesperado como para salirse del guión.

«Cuando llega la hora de la ejecución, los criminales se suelen arrodillar en el suelo, pero este ex soldado se levantó y corrió hacia delante», relata Hu. «Como resultado, nos enfrentamos a un blanco en movimiento que finalmente fue abatido».

Pero excepciones aparte, el trabajo de verdugo «no es tan complicado como se tiende a pensar», afirma Hu en una entrevista que publicó recientemente el rotativo vespertino de la capital china, el ‘Beijing Wanbao’.

«Utilizamos rifles, nos colocamos a unos cuatro metros del prisionero condenado con un pequeño muro de un metro de largo como barrera» continúa el verdugo. «Apuntamos, apretamos el gatillo, y eso es todo».

El testimonio, en el que el veterano policía detalla cómo se dedicó durante años a ejecutar asesinos y otros criminales condenados a muerte, abre una ventana a un mundo conocido, pero que China tiende a mantener alejado de la ciudadanía.

Las instalaciones donde se practica la pena de muerte son secretas, como también son las cifras de ejecutados, que el Estado chino no considera que deba ser información pública compartida con los ciudadanos. El debate sobre las implicaciones éticas de la pena de muerte es prácticamente inexistente en la sociedad.

4.000 ejecutados al año

Aun así, los grupos de derechos humanos que contabilizan los artículos de prensa donde se ofrecen algunos detalles y los testimonios de familiares de las víctimas, elevan la cifra de ejecutados a varios miles por año, alrededor de 4.000 en 2010 según la fundación Duihua (Diálogo), con sede en Estados Unidos. O «más que en ningún otro lugar del mundo», como zanja el asunto de las estadísticas la organización Amnistía Internacional.

Estos grupos reconocen que ha habido cierto progreso durante los últimos años: se cree que las ejecuciones se han reducido en un 35% a raíz de la decisión de que sea la Corte Suprema el órgano que revise toda sentencia de muerte en China.

Y las ejecuciones también se han «humanizado», dejando a un lado de forma progresiva los disparos que describe Hu en su testimonio, u otras prácticas como la electrocución, y estableciendo la obligación de utilizar la inyección letal.

En China, existen 55 ofensas criminales que pueden conducir a una sentencia de pena capital. Aunque algunos de estos crímenes son de sangre, la mayoría son ofensas no violentas y de índole económica. A menudo, la ejecución suele como castigo ejemplar en casos muy sonados de corrupción. «Todas estas personas se merecen lo que les ha tocado por sus crímenes», afirmaba Hu al rotativo pekinés.

Después de servir unos años en el ejército, se ganó la vida como agente de policía. Durante 19 años sirvió en la división de la policía judicial, y en su relato, Hu detalla el ritual del bautismo como verdugo.

Después de asistir a dos ejecuciones y examinar los cadáveres recién abatidos, los ejecutores más veteranos suelen ofrecer las indicaciones necesarias. Hu cuenta que no vaciló en absoluto durante su primera misión, pero que la segunda se le atragantó.

«Se puso nervioso. No porque tuviese miedo, sino porque temía no disparar con acierto y convertirse en el hazmerreír de sus compañeros«, relata el testimonio del periódico.

A los jóvenes, cuenta Hu, les toma más tiempo acostumbrarse a las ejecuciones. «Para los mayores de la policía judicial, acatar ejecuciones se convirtió en una rutina hace ya mucho tiempo».

Foto: ElMundo.es