miércoles, 1 de febrero de 2012

Los crímenes de honor

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Entre Fronteras
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Víctimas de los Shafia,

Con la maestría que le caracteriza, Gabriel García Márquez nos relata el caso de Santiago Nazar, quien un día cualquiera se vio involucrado en un suceso del cual él nunca supo de qué se trataba, ni tuvo tiempo para saberlo. Solo supo, muy tarde, que lo buscaban para matarlo.

Bayardo San Román, atravesó la plaza del pueblo, llevando de un brazo, casi en vilo, a Ángela Vicario, a quien unas horas antes había desposado. Fue derecho a casa de los padres de Ángela y la lanzó dentro.

Ángela Vicario fue encontrada por sus hermanos gemelos Pedro y Pablo, que tenían 24 años, hundida bocabajo en el sofá llorando a mares y golpeada. ¿Quién fue?, preguntaban desencajados los gemelos. Ella no quiso decir que Bayardo San Román la había devuelto porque no era virgen. Presionada por los furiosos hermanos, a la joven Ángela no se le ocurrió otra cosa que pronunciar el nombre de Santiago Nazar.

A partir de allí, Santiago Nazar, ya era un hombre muerto. Los gemelos lo corretearon por el pueblo y lo acorralaron a la entrada de su casa. Numerosas cuchilladas le propinaron, pero siete de ellas acabaron con la vida de Santiago Nazar. Tenía 21 años.

Así fue cómo los hermanos Vicario lavaron el honor de la familia deshonrada.

II

Sí, los crímenes de honor no son un sujeto extraño a nuestra realidad latinoamericana. Lo contado por García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, está basada en hechos reales. Solo que eso ocurría en el pueblo de Manaure, probablemente en las remotas tierras de Aracataca, a comienzos del siglo pasado.

Los crímenes de honor que más conocemos en América Latina, son los destinados a lavar el honor mancillado por una esposa infiel. El hombre engañado es quien  procedía a realizar la profilaxis. Usualmente la venganza recaía solo sobre el hombre autor del delito. La mujer -pobre ella- solo era una víctima de las insinuaciones maliciosas de aquel.

Con el tiempo, la liberación femenina demostró que no hay jarana sin cajón, que para bailar son necesarios dos y que la infidelidad no sería tal si la mujer no lo quiere. Entonces se empezaron a matar a la mujeres y a veces a los dos, dependiendo si el marido los encontraba infraganti.

El desarrollo de la sociedad y el fortalecimiento de nuestros códigos penales que van introduciendo castigos mayores a nuestras conductas animales, propusieron otras modalidades «más civilizadas» para resarcir el honor, como por ejemplo el divorcio, tal vez el perdón o por último el liberador recurso de quemar el colchón -o el sofá- escenarios del crimen.

Hasta donde sepamos, son menos frecuentes los casos en los que las mujeres toman la iniciativa de castigar al esposo engañador. Pero más vale que así sea. Todos recordarán con dolor lo que hizo Lorena Bobitt, aplicó al esposo un castigo peor que la muerte.

Hoy en día estos crímenes de honor son considerados por las leyes en la categoría de crímenes pasionales, con lo cual se le quitó esa especie de aire justiciero con el que antiguamente se justificaba estos crímenes, comunes y corrientes.

III

Efectivamente, ya no estamos en los tiempos del cólera sino en pleno siglo XXI. Un crimen, de los llamados de honor luce hoy rancio, obsoleto o simplemente ridículo, sino fuera por el carácter dramático y de tragedia que lo envuelve.

Más ridículo aún lo es en un Canadá de primer mundo. En donde el respeto a la vida, cualquiera que sea, la del pecador más odioso, tiene la dimensión de derecho universal.

De tal manera que nada justifica la conducta de los Shafia. Su crimen es simplemente detestable. Confabularse todos contra sus propias hijas. ¿Qué esperaban al venir acá? ¿Que sus hijas no se relacionaran con nadie? ¿que no se vieran involucradas con la realidad del país? ¿que vivieran en una burbuja remedo del Afganistán que ellos mismos dejaron atrás?

¡Eran sus hijas! Unas hijas, que además de muy bellas, seguramente habrían tenido un gran porvenir. Sin olvidar también a la primera esposa del padre, que cayó en el mismo infortunio. Es difícil asimilar el desapego absoluto de sus sentimientos filiales y que una palabra -repito- hoy en día tan ridícula, como el «honor», pueda ser un sentimiento más fuerte que el amor.

Foto: diarioelpopular.com

Montreal, 31 enero 2011