viernes, 30 de marzo de 2012

Montreal, las dos ciudades

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Montreal Vivo
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Panorámica de Montreal

El Oratorio San José te mira. Si caminas por el parqueo de Walmart en La Salle, al oeste, o regresas en tu auto de una fiesta en Laval, al norte, desde casi cualquier sitio de Montreal, el domo verde eterno de la basílica te recuerda dónde estás.

La iglesia, recostada en una de las laderas del Mont Royal, se eleva como la cima de la urbe: 283 metros sobre el nivel del mar. En el lenguaje de las matemáticas otras cifras revelan su grandeza y recuerdan la pasada devoción católica de los quebequenses: ningún templo en Canadá iguala sus dimensiones; su cúpula clasifica como la segunda del mundo, solo relegada por San Pedro de Roma.

El turista distraído no imagina que detrás de la majestuosidad renacentista de la fachada, lo aguarde el asombro. Quizás visitó antes la Basílica de Nuestra Señora de Montreal, en Ville Marie, esplendorosa pero previsible, u otra de las decenas de iglesias de la “ciudad de los cien campanarios”, como la llamaban en el siglo XIX. No espera entonces la sobriedad de los Doce Apóstoles labrados en madera, a ambos lados del transepto; ni la intensa sencillez del altar que revive el último instante de Jesús crucificado; ni la confluencia de estilos, en fin, parábola entre el románico distante y el moderno Art Déco.

Palabras pronto olvidadas. El turismo huye de las abstracciones, prefiere las fotografías. Sin embargo, la historia de Alfred Bessette no lo dejará tal vez indiferente, porque le recordará otras biografías de hombres simples convertidos en héroes por humana voluntad o por designio divino. El señor Bessette, portero durante 40 años del Colegio de Nuestra Señora, en Montreal, será sucesivamente hermano Andrés, hacedor de milagros, fundador del Oratorio San José y años después de su muerte, San Andrés. Tres años de su vida trabajó en Estados Unidos en las fábricas textiles de Nueva Inglaterra, que suplían al Ejército de la Unión cuyo líder era un tal Abraham Lincoln, leñador presidente.

Oratorio San José MontrealSin saberlo el viajero ha conocido en apenas una escala de su guía una de las esencias de Montreal, la cosmopolita, la ciudad que es una, y dos, y cien; la tierra prometida para miles de emigrantes que de simples obreros sueñan con la bendición de la prosperidad.

Las caras de Montreal

Aunque en mi sangre no corra aún el fervor por los Canadiens, sino por los Industriales de La Habana, ya puedo decir, creo, bienvenidos.

Montreal muda sus hábitos con las estaciones, cambia de color y de ánimos: verde en verano, roja y anaranjada en otoño, blanca en invierno, arco iris en primavera. Pero más que matices cromáticos, salta con euforia del recato invernal –cubierta de abrigos, gorros, guantes, oscuras botas—a una pasarela de cuerpos semidesnudos, cuando marzo nos sorprende con 23 grados sobre cero. Y junto a la piel atrevida, el velo musulmán.

Somos testigos de esa transfiguración en el metro, el escenario preferido por estas dualidades citadinas. En los decrépitos vagones pasean las adolescentes glamorosas, atadas a sus smartphones, seduciendo a los cristales, en compañía distante de los trabajadores que regresan de ocho horas de labor, para dormir y emprender otras ocho horas, y así, si la buena suerte no los puso en el bando de los desempleados; en las estaciones desafinan los músicos, merodean los indigentes, te asaltan los vendedores de cualquier artilugio, desde tarjetas de crédito hasta chinerías piratas.

La ciudad se enorgullece de su sistema de transporte público, se cree verde, políticamente correcta. Mientras en la televisión local te bombardea la publicidad de automóviles: Chevrolet y orgulloso de serlo; Volkswagen, El Auto; Hyundai, Mazda, Ford…

Montreal se vive siempre en dos idiomas: el francés y otro, el de la minoría anglófona o el abanico de lenguas emigrantes. El origen define también las ambiciones. El destino preferido por la mayoría de la emigración en Quebec abre sus puertas con cierta desconfianza y pierde millones de dólares cada año por subvalorar las competencias de los recién llegados. Tierra de promesas, cumplidas e incumplidas.

Rara por su armonía, disimula bien las contradicciones. Quien ha visto 200.000 personas marchar un día en paz por el derecho a una educación accesible, no se imagina que algún montrealés, al borde de la histeria, pida la intervención violenta del ejército para deshacer las manifestaciones estudiantiles; quien presenció el 22 de marzo no entendería lo sucedido una semana antes, cuando la condena a la brutalidad policial terminó, paradójicamente, en orgía brutal.

Montreal no se revela en un solo trazo: detrás de lo predecible, acecha la sorpresa; en los recodos de caminos despejados, de la mano de la promesa, aguarda un imprevisto. Ante esa leve incertidumbre podemos buscar, por encima del fragor cotidiano, la silueta del Oratorio San José, inmutable en la figura que define los rostros de la ciudad, esencial.

Twitter: @CaroBoris – boris@noticiasmontreal.com

Fotos: Pablo A. Ortiz – Noticias Montreal