sábado, 30 de junio de 2012

Las playas de las islas colombianas cada año pierden terreno por la erosión y cambios climáticos

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El Mundo
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Antes de entrar al presente siglo, algunos agoreros anunciaban que en menos de 50 años muchas islas y grandes extensiones de playas de varios países del mundo iban a desaparecer, víctimas de la erosión y los cambios climáticos. Las previsiones hacían alusión a los efectos sobre todo en África, antes que en Latinoamérica.

A juzgar por el diagnóstico presentado por el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras, Ivemar, las previsiones no son un cuentos, es una realidad que se constata día a día. Varias islas tanto del Atlántico como del Pacífico que pertenecen a Colombia, pierden cada año un metro de playa, que sumados dan 57 kilómetros lineales, que representan el 25% de 225 Km en total. A ese paso en pocos años se habrán consumido la totalidad de las playas…

La información de El Tiempo

Los territorios insulares nacionales en los océanos Atlántico y Pacífico pierden terrenos todos los días por la erosión. El diagnóstico lo acaba de presentar el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), entidad que explica que el empuje del mar que baña los archipiélagos de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, y el de Nuestra Señora del Rosario, San Bernardo, Isla Fuerte y Tortuguilla, así como la isla Gorgona, está causando que estas zonas insulares pierdan, en promedio, un metro de playa al año, en al menos 57 kilómetros lineales del litoral -el 25 por ciento, de un total de 225 km-. La mayoría de las playas de estas islas no tienen más de 30 metros.

Malpelo, una formación rocosa que sobresale como un iceberg, también se desmorona en algunos de sus sectores. La erosión es el resultado de un mar fuera de control, en relación con el cambio climático, un fenómeno que ha derretido enormes témpanos en la Antártica y el Polo Norte y que ha llevado a que su nivel aumente irremediablemente. A esto se suma que con una temperatura global más alta, el agua del océano se ha calentado, y por eso ocupa más espacio y golpea con más fuerza y volumen sitios que antes estaban lejos del agua, entre ellos muros e incluso viviendas. Como un tsunami que arrastra lo que encuentra.

La erosión ya está afectando el 16 por ciento de las costas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. En islas del Rosario y San Bernardo se detectaron daños en 39 por ciento de su litoral y 63 por ciento de las playas. Para Isla Fuerte, la erosión alcanza el 50 por ciento del territorio. Un caso dramático se vive en Tierrabomba, cerca de Cartagena, donde el 100 por ciento de sus playas está afectado.

En Gorgona, las dificultades se han hecho evidentes en playa Palmeras. Este no es un lugar poblado o que resguarde viviendas. Allí la principal víctima es la tortuga golfina, en vías de extinción, que ya no tiene espacio suficiente donde poner sus huevos. Y los que logra sepultar en la arena quedan expuestos al fuerte oleaje, como lo han explicado la Universidad Nacional y el biólogo Diego Amorocho, exdirector del Centro para el Manejo Ambiental y el Desarrollo (Cimad). Malpelo, declarada patrimonio mundial, también está deteriorada, a pesar de que no tiene playas. Su estructura, que es la cúspide de una cordillera volcánica submarina, se está degradando por escorrentía. Y el poder de las olas da lugar a cavernas en el acantilado, que luego se derrumban sobre el Pacífico.

La alerta para estas zonas insulares, donde hay al menos 84.000 personas involucradas, coincide con un concepto emitido hace cuatro días por el Consejo de Investigaciones de EE. UU. que explica que el aumento del nivel del mar por calentamiento global podría ser 2 o 3 veces mayor de lo esperado durante el siglo XXI. Es una amenaza que también se ha trasladado al continente y que, según el Ideam, podría generar afectaciones de aquí a 20 años en el 51 por ciento de las áreas urbanas del Caribe y en el 63 por ciento de las del Pacífico. Es decir, 3’100.000 habitantes resultarían afectados por un océano más agresivo, cuyo nivel sube hasta 4 milímetros por año.

El hombre también es responsable de los daños en los islotes, al talar manglares, bosques que se forman en pantanos costeros y en los estuarios. Cuando una porción de mangle es deforestada para utilizarla como madera en la construcción de casas, el mar no encuentra resistencia y revienta sin control contra las playas, que siempre han sido protegidas por estas plantas que actúan como diques naturales. En algunas ciudades, los manglares son rellenados con escombros para transformarlos en terrenos habitables, que han sido vendidos para hacer hoteles. Esto ocurre en las narices de las autoridades en el golfo de Morrosquillo, en la zona oriental de la bahía de Cartagena y desde hace décadas en la ciénaga de la Virgen. Blanca Posada, geóloga del Invemar, y quien lideró el estudio de erosión insular, dice que esta amenaza se produce, además, por la construcción de edificios en zonas cercanas a la costa, que frena los procesos de transporte arenoso que se dan naturalmente. «Obras, como edificios o puentes, se hacen cerca del mar, pero son perjudiciales porque alteran el transporte de sedimentos que forman playas», dijo. Este crecimiento urbano no contempla, en muchos casos, análisis para conocer la carga que pueden soportar las costas.

Javier Silva Herrera – El Tiempo

Foto: eltiempo.com