lunes, 16 de julio de 2012

Por primera vez en la historia reciente el canadiense promedio es más rico que el americano

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El Mundo
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Dolar canadiense

El pasado 1° de julio, el Día de Canadá, los canadienses se despertaron con quizá una noticia placentera: por primera vez en la historia reciente, el habitante promedio de este país es más rico que el promedio americano.

Según información del Environics Analytics WealthScapes, publicada en the Globe and Mail, la riqueza neta del hogar promedio canadiense en 2011 fue de 363.202 dólares, mientras que la de su vecino más cercano fue de $319.970.

Días más tarde, Canadá y Estados Unidos publicaron la información de sus mercados laborales. El desempleo en Canadá cayó, de nuevo, a 7,2% mientras que en EE UU se mantuvo en 8,2%. Canadá sigue avanzando mientras su vecino sigue luchando para lograr un camino y así salir de la crisis económica.

La diferencia: el sistema canadiense está funcionado, mientras el americano, no. No solo los canadienses se están dando cuenta, pues hasta Islandia habría considerando en algún momento cambiar su krona por el loonie.

Un estudio recientemente publicado por The New York University Law Review destaca que las constituciones nacionales basadas en el modelo americano están desapareciendo rápidamente. Ruth Bader Ginsburg indicó en una entrevista a la televisón egipcia: “No miraría hacia la constitución de Estados Unidos si cambiamos la nuestra en 2012 ¿El remplazo natural? El Acta Canadiense de Derechos y Libertades, que alcanza el nivel de superestrella legal cuando arriba a su 30 aniversario.

Suerte canadiense

Las buenas políticas no cuentan del todo en los triunfos económicos recientes. La suerte ha jugado también su rol. Los campos arenosos de Alberta son la tercera reserva de petróleo más grande del mundo y si América es muy pudorosa para comprar nuestra energía “sucia”, siempre estará China. Tenemos también otros recursos naturales en abundancia.

Sin embargo, la política siempre juega un papel fundamental. Tanto liberales como conservadores en Estados Unidos han tratado de usar el ejemplo canadiense para promover sus argumentos: la izquierda dice que Canadá muestra las ganancias de una regulación financiera y de un socialismo, mientras que la derecha, ventila los recortes brutales que se realizaron a los programas sociales en los noventa, que fueron establecidos para lograr la anhelada -y alcanzada- recuperación económica.

La verdad es que ambas partes están en lo correcto. Desde 1990, Canadá ha perseguido una forma pragmática (hasta sin compasión) de socialismo, fiscalmente conservador. Su creador fue Paul Martin, quien fue ministro de Finanzas en la década de los noventa y llegó a ser Primer Ministro de 2003 a 2006.

Sin apoyo entre los ministros de finanzas del G8, resistió ante “los cantos de sirenas de las desregulaciones” (en sus palabras) e insistió en que los bancos “apretaran” los requerimientos para otorgar créditos. También tomó una decisión de mucho coraje al no permitir a las entidades canadienses  fusionarse, incluso cuando sus ejecutivos argumentaban que nunca serían competitivos globalmente a menos que lo hicieran. La estabilidad de los bancos canadienses y la consecuente estabilidad en el mercado inmobiliario son las explicaciones más claras del porqué los canadienses son más ricos que los americanos hoy día.

Martin también recortó los programas sociales. Previó los sigilosos incrementos de los déficits en los sistemas de educación y salud, los cuales su predecesor conservador, Brian Mulroney, llamó como “confianza sagrada”. Redujo también los impuestos corporativos. El crecimiento era requerido para pagar los programas sociales, mientras éstos aumentan la oportunidad y la integración social y son la mejor forma de asegurar el crecimiento en el largo plazo. Los programas sociales y el capitalismo robusto no lo son, como muchos habrían creído, pero aunque son propuestas inherentemente opuestas, ambas son requeridos para una verdadera prosperidad.

Justicia lógica

Las políticas balanceadas de Martin emergieron orgánicamente de la cultura canadiense, que es de mente justa y de condena ante la falta. La obsesión canadiense por el orden puede generar incluso políticas extrañas, al menos para el contexto americano. Por ejemplo, de todas las sociedades del mundo, la canadiense es una de las más abiertas a los inmigrantes como cualquiera que haya ido a Toronto o a Vancouver puede comprobarlo. Aún así, Canadá impone sanciones de un año de prisión para los inmigrantes ilegales y la mayoría de los residentes están de acuerdo con la deportación. Los canadienses insisten en que su compasión debe ser lógica, también.

Esta política migratoria no es ni liberal ni conservadora en el sentido político americano. Solo funciona. Podría decir exactamente lo mismo de las políticas económicas de Canadá.

Este país ha estado -y siempre estará- opacado por su vecino, debido a la grandiosidad de América y su versatilidad y capacidad de reinvención. Pero ocasionalmente, en momentos claves, el norte del norte puede sorprender.

Artículo escrito por Stephen Marche para Bloomberg

Foto: Pablo A. Ortiz – Noticias Montreal