sábado, 1 de septiembre de 2012

La Pastora pueblo fantasma después de la explosión de Amuay espera ayuda para volver habitarla

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El Mundo
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A una semana de la explosión en una sección de la refinería de Amuay en Venezuela, la calma pareciera retornar poco a poco. Pero es cuando se empieza a tomar conciencia de la magnitud del daño. En primer lugar por las pérdidas de vidas humanas, pero también por los cuantiosos daños materiales sufridos y la enorme tarea de la reconstrucción. El periodista Javier Brasesco relata para El Universal las tribulaciones del pueblo la Pastora, hoy un pueblo fantasma, que espera ayuda para intentar volver a lo que era antes del desastre.

El Universal

La espuma está en todos lados: en sus calles inundadas, en el viento que nunca deja de soplar, pegada a las paredes de las casas abandonadas, metida entre los escombros, terca como el calor. La explosión de Amuay convirtió a la urbanización La Pastora en un pueblo fantasma, solo que aquí la espuma sustituyó a las bolas de paja de aquel Lejano Oeste.

Al ambiente posapocalíptico no solo contribuyen la desolación, las casas vacías, el silencio y un montón de nada, sino también pequeños grupos de personas con batas rojas (tipo científicos que contemplan un experimento que salió mal) que de cuando en cuando rompen la monotonía: son trabajadores de Pdvsa que hacen censos y levantan informes de los destrozos. En el límite entre La Pastora y la refinería unos cuantos guardias aguantan el fuerte sol ¿Cuidan escombros o tanques deformados por el fuego? No, están pendientes de que nadie se meta por ahí ni haga demasiadas preguntas. Se nota cierta vergüenza en sus objeciones: «Cumplimos órdenes», dicen, como pidiendo perdón antes de correr a un fotógrafo entrometido.

Aquí el saldo oficial es leve si se toma en cuenta que La Pastora está a 500 metros de esa nube de gas que se convirtió en fuego: ningún muerto, cuatro viviendas y cinco negocios convertidos en un montón de piedras, no más de veinte heridos. Esos negocios, esas viviendas, fueron el escudo que salvó al resto. Solo que en esa cuenta hay también una trampa: quien repite esos números olvida que unas cien familias están a la deriva, pues todas las casas de la avenida principal fueron desalojadas y a sus dueños no se les permite volver. Hasta el miércoles ni siquiera se les dejaba ir a recoger las cosas que quedaron después de los saqueos que tuvieron lugar la misma madrugada del sábado en la confusión del momento.

Aunque al parecer las estructuras no sufrieron, la onda explosiva arrancó marcos y puertas y agrietó muchas paredes. Dormir allí sigue estando estrictamente prohibido, aunque algunos lo hacen a escondidas: no tienen a dónde ir, y se niegan a tomar la única opción provisional que se les ofreció (Ciudad Federación, en el municipio Carirubana).

Nada es tan malo que no pueda empeorar, parecen pensar muchos que aquí se empeñan en buscarle el lado positivo a tanta ruina: «El olor a gas empezó, muy fuerte, a las cuatro de la tarde del viernes, cuando dejó de llover. Si la explosión ocurre entre esa hora y las nueve de la noche, aquí los muertos se contarían en cientos», dice Beatriz de Gouveia, quien todavía tiene hospitalizado a uno de sus hijos, con severos daños en la vista (una ventana le explotó en la cara). Al fin y al cabo estamos hablando de la única vía a las playas El Pico y Villa Marina, en el municipio Los Taques, o a El Supí y Adícora, en el municipio Falcón. Y esos restaurantes que hoy son un montón de piedras, concentraban a todos los empleados de la refinería. Sí, un simple cambio de horario hubiera multiplicado los muertos quién sabe por cuánto. Sí, podía haber sido mucho peor.

Pero también hay quienes creen que la relativa levedad de los daños en La Pastora ha hecho que las autoridades miren para otro lado. «Vienen, toman medidas, pero ni siquiera nos dan una información concreta. Eso pedimos: información», dice Luis Pulgar desde el complejo habitacional La Pastora Sur. Entre puertas reventadas, marcos de ventanas atravesados en un piso lleno de vidrio, explica que al principio ni siquiera les dejaban entrar a buscar la ropa. Y todavía no pueden dormir en sus casas; cada quien ha debido ver dónde pasa sus noches.

Horacio Velasco dice que nunca olvidará ese apocalipsis en donde la única luz venía de las llamas que todo lo consumían, pues al servicio eléctrico se lo llevó la explosión. Así siguen: sin luz, sin agua, sin permiso de habitar sus casas. Y sin respuesta. Los únicos habitantes ocasionales que todavía siguen merodeando en el pueblo fantasma.

Foto: eluniversal.com / meridadigital.blogspot.ca