miércoles, 19 de septiembre de 2012

Michel Legrand y Les Violons du Roy: ¡mezcla inefable!

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Les Violons du Roy Montreal

Nos llena de satisfacción saber que últimamente, en Montreal, estamos teniendo cada vez más oportunidades de escuchar piezas del insospechado y muchas veces olvidado tesoro de la música culta para el cine. Construida sobre un despliegue de lirismo expresivo, de fuerza arrolladora, de originalidad y hasta de poesía, la obra del pianista, autor, compositor, arreglista, director de orquesta y productor francés Michel Legrand ocupa puesto de honor en los más altos escaños de la música de este género. El pasado lunes, pudimos degustarla en todo su esplendor, en el concierto que, en buena hora, ofreció la orquesta Les Violons du Roy, apoyada por City Lights Entertainment, en la Maison Symphonique.

Este espectáculo extraordinario se presentó en el cuadro de la gira mundial (más de setenta conciertos alrededor del mundo) que ha emprendido Legrand para celebrar sus ochenta años de edad (que cumplió el pasado 24 de febrero).

El concierto contó con la participación de la propia esposa de Legrand, la reputada solista Catherine Michel, arpista de la Ópera de París, y, como sorpresa especial, con la del cantante quebequés Mario Pelchat, quien subió al escenario a interpretar el más popular de los temas compuestos por Legrand para el premiado filme «Les uns, les autres».

Les-Violons-du-Roy MontrealLegrand entregó al público una preciosa e interesante selección de su propia obra (incluyendo algunas piezas muy conocidas en el Quebec y otras de menor recordación), dando ocasión al publicó (acostumbrado a oírla en el cine) de gozar del privilegio de escucharla en vivo, y, sobre todo, en compañía de solistas extraordinarios (merecedores de todos los aplausos, como los artistas que arriba hemos citado); más aún, cuando sabemos que, en la vida, son pocas las oportunidades de escuchar obras cimeras tocadas, en directo, por sus compositores.

El conjunto de piezas presentadas estuvo muy bien interpretado, con dejes rítmicos visceralmente marcados. Vibró el «feeling» «metajazzístico» de este autor, no solo por el impecable sonido de su piano, sino también por el síncope especial de la orquesta. El delicioso sabor del jazz adobado con rasgos de blues, de tango, de ritmos tropicales y hasta con evocaciones de grandes clásicos, como Ravel (episodio perfectamente ejecutado), resultó en el exquisito producto que hace inconfundible el sello de Legrand y que lo ha llevado a la gloria como autor. Tres veces ganador en los Óscares; dos, en los Golden Globes (a la mejor música) y cinco, en los Grammys, la calidad de su trabajo es incontestable.

«Nunca he parado, nunca me detendré. Es por eso que nunca moriré. Porque la música es mi vida», declaró hace poco este genio consumado al diario La Presse.Y, en el escenario, Legrand mostró que sus palabras no son exageradas. No se cansa, no se deja vencer, no se deja marchitar. Legrand no se deja llevar del facilismo.

Al piano, presentó una serie de sonoridades convergentes que surgen al principio en sobresaltos de las cuerdas, para sumirse en cierto momento en un río ondulante y apacible de belleza atemporal, esa que no se acobarda ante los críticos de su época adeptos a las posturas postmodernistas, pero tampoco se adormece en los dejes de un romanticismo trasnochado o acaramelado. Su exaltación anímica se hace densa por el peso de una urdimbre sólida que discurre a lo largo de un solo bloque prolongado en forma moderna, continua y rica.

Parte de su secreto, además de su exhaustiva preparación técnica, es su manejo del pedal, que realiza el milagro de la limpidez absoluta de cada sonido. Y por añadidura, es impecablemente exigente en cuanto a la afinación del piano.

Además de tocar sus piezas en el piano, Legrand también fungió como director. Y lo hizo con elegancia, precisión en el detalle, énfasis en el brillo de los pasajes de más vigor, y sonoridad en los de sereno discurrir, de manera que nunca decayera el interés melódico.

Y también cantó, aunque sufrimos al encontrar un poco alterado el balance del volumen. Su voz sonó en francés, en inglés y hasta en español (muy brevemente). Algunos podrían decir que hubiera sido mejor que el maestro no cantara, cuando su voz se ha visto afectada por el paso del tiempo; pero lo cierto es que lo que él ha aportado al desarrollo de la música para el cine pesa mucho más que cualquier compás desafinado a los ochenta años de edad.

Un detalle infortunado: la ausencia de programa de mano. El protagonista de la noche iba enunciando al micrófono los títulos de las obras que interpretaba, pero, dado a fallas de la amplificación, algunos nos quedamos sin entender los títulos que no conocíamos. Los otros, obras maestras de algunos clásicos del cine, ya son imborrables en la memoria («Verano del 42», «Yentl», «The Thomas Crown affair», «Las señoritas de Rochefort», «Los paraguas de Cherburgo», entre más de 200 películas con música de Legrand).

En términos generales, la orquesta mostró su disciplina perfecta y su creciente versatilidad. Complejísimo logro el de Les Violons du Roy, que, como es bien sabido, está en un formidable momento de madurez y depuración.

Al ser testigo del portento de esta noche, el espectador quisiera desmenuzar cada pasaje, cada tema, cada matiz, para comentar su magnífica ejecución; tener una partitura a la vista de todos, para señalar el pentagrama y decir: «¡Qué vigor, qué musicalidad, qué ritmo, qué interpretación!» ¡Los énfasis, los cambios de tempo, los acentos estilísticos, los pasajes dulces llenos de sentimiento, los narrativos, los de recia intelectualidad, los de explosiva expresividad! ¡Qué excelencia!

Fotos: Les Violons du Roy