domingo, 23 de septiembre de 2012

¿Se acuerdan de Jean Charest?

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Entre Fronteras
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La memoria colectiva suele ser muy frágil. Jean Charest hasta hace menos de una semana era el primer ministro de Quebec. Hoy pareciera ya un recuerdo. Sin embargo, con las recientes medidas adoptadas por su sucesora, Pauline Marois, ya muchos deben estar empezando  a extrañarlo.

En mi caso, he querido traerlo a colación porque quería remarcar una de las características de Charest y un par de cosas que pasaron durante las 48 horas después de la elecciones del 4 de septiembre.

II

Como sabemos, bastó un solo día para que la suerte de Jean Charest cambiara en 180 grados. El 4 de septiembre pasado, fue para él una especie de 11 de septiembre. Su propia fortaleza se vino abajo.

Ese día -día de elecciones parlamentarias en Quebec– Jean Charest fue derrotado en su propia casa, Sherbrooke. Dejó de ser diputado, tras 14 años consecutivos de representar a esa circunscripción ante la Assemblée nationale du Québec.

También ese día, el Partido Liberal de Quebec perdió las elecciones parlamentarias de la provincia, por una ínfima diferencia de 0,73 %. Pero diferencia al fin. En consecuencia Jean Charest, tuvo que dejar el cargo de primer ministro de Quebec que venía desempeñando desde el 2003.

Ante tal panorama, al día siguiente Charest renunció a la jefatura del Partido Liberal. Y más aún, renunció a la vida política pública. La era de Jean Charest llegó así a su final, tras 28 años de intensa vida política.

III

Ahora bien, lo primero que se me ocurrió pensar, con la  razón que me da la experiencia, es el hecho que si estuviéramos en otra realidad -que el lector se imaginará dónde- esa pequeña diferencia, de 0,73%, la habría literalmente “eliminado” cualquier gobierno de turno, a fin de continuar en el poder. Y si esa diferencia hubiera sido en contra del adversario, este no habría dudado un instante en declarar: ¡Fraude…!

Ergo, quedé gratamente impresionado por la actitud de Jean Charest al aceptar la derrota y reconocer el triunfo de su adversaria. Es verdad, que por estos lados norteamericanos, tal vez esto no tenga gran cosa de especial. Pero para mí, viniendo del sur, sí tiene una significación enorme. El discurso de Charest la  noche del 4 de septiembre -tal vez ya la madrugada del 5 y antes de los luctuosos acontecimientos que empañaron la presentación triunfal de Pauline Marois en el Metropolis- fue la  expresión de una suprema nobleza. O para emplear las palabras de Vincent Marissal, comentarista político de La Presse, de una “gran generosidad”. Ese discurso, fue una bella pieza oratoria, que lo enaltece.

Pero como sabemos, lo más sorprendente ocurrió al día siguiente, en el atrio de la Assemblée nationale.  Allí descubrimos que Jean Charest es un ser de carne y hueso, que tiene sentimientos, muy distinto a lo que sus opositores nos daban entender de él. A no ser que a los androides de hoy en día los hagan tan perfectos que sean capaces de derramar lagrimas de emoción.

IV

Preguntada por un canal de televisión, Monique Jérôme-Forget, la Dama de Hierro, quien fuera ministra de Finanzas en el período 2007-2009- dijo que en su opinión Jean Charest era un hombre básicamente de derecho…  (y seguramente para muchos de derecha).

Esto pareciera una contradicción, ya que su gobierno, por lo menos en los últimos años, estuvo señalado como responsable por actos de corrupción que se presumen existen en la industria de la construcción y uno de sus ministros fue acusado de tráfico de influencia en el asunto de las guarderías.

Pero también es cierto que constituyó, aunque tarde, una Comisión investigadora que está vigente -la Comisión Charbonneau- encargada de dilucidar estos ilícitos y dar caza a los responsables. En cuanto a Tony Tomassi, hacía tiempo que había dejado el gobierno y estaba apartado del Partido Liberal y acusado ante los tribunales por tres delitos.

Muy a pesar de esto, pareciera que, en efecto, Jean Charest es un convencido (como abogado que es) que el imperio de la ley es el mejor medio para regular las actividades en la sociedad, y así mantener el equilibrio y la paz social. Por eso nunca entendió por qué los estudiantes en huelga no hicieron  caso a las leyes que emitió para retornar a clases y poner punto final a las manifestaciones diarias, que usualmente terminaban en violencia.

Lo que no sabía Charest es que alguien, en algún lugar, -que seguramente no es Canadá- inventó el “derecho a la desobediencia”, que es el mejor de los antídotos contra toda ley, aunque también diremos, el mejor camino para llegar al caos y la inseguridad jurídica.

Alguien me decía, muy razonablemente, que una de las diferencias que existen entre un país desarrollado y uno que no es desarrollado, es el respeto a la ley. Porque el ser humano -en esencia trasgresor-  es igual en todas partes, en países ricos y en países pobres. Si en Canadá respetamos un semáforo, es porque si no lo hacemos, nos aplican severas multas en dinero, y descuentos de puntos en nuestra licencia de conducir. ¿Será que la culpa de trasgredir una ley la sentimos más en el bolsillo que en el espíritu?

Bueno, con esto pongo final a esta remembranza y me despido de quien fuera por nueve años la máxima autoridad de la región, con el hollywoodense estilo:

¡Hasta la vista, Monsieur Charest!

Fotos: video Lapresse.ca / radio-canada.ca  

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