lunes, 24 de septiembre de 2012

La Orquesta Metropolitana y Yannick Nézet-Séguin con Los Exiliados del Nuevo Mundo: placer imponderable

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Orquesta Metropolitana de Montreal
Con el patrocinio de Desjardins y bajo la dirección del quebequés Yannick Nézet-Séguin, el público melómano de Montreal tuvo, ayer domingo, en la Maison Symphonique, el imponderable placer de escuchar un programa de excelencia cuyo punto cumbre fue la más exquisita ejecución y dirección de la Sinfonía 9 en Mi Menor, “del Nuevo Mundo”, de Dvorak.

El concierto fue el primero de la temporada 2012-2013 de la Orquesta Metropolitana, la cual comienza con el pie derecho, no solo por la calidad interpretiva excepcional que demostraron esta noche, sino también porque el apoyo del público y de la empresa privada continúa creciendo. Cada vez cuenta con más abonados, lo cual se hace evidente a la hora de los conciertos, con una Maison Symphonique maravillosamente llena.

Por lo demás, este también ha sido un año de buenas nuevas para el prodigioso director Yannick Nézet-Séguin: hace pocos días, asumió la dirección titular de la Orquesta de Filadelfia, una de las “cinco grandes” de Norteamérica, y hace unas cuantas semanas, firmó un contrato con la mundialmente prestigiosa casa Deutsche Grammophon, que incluye la grabación de varias obras maestras, entre ellas la Sinfonía Patética de Tchaikovski. Y, para completar, en el pasado junio, fue condecorado como “compagnon” de la Orden del Canadá, poco después de su deslumbrante debut en la Royal Opera House, del Covent Garden.

El feliz clímax de la tarde fue la Sinfonía “Del Nuevo Mundo” de Antonín Dvorak, digno sucesor de los mayores sinfonistas. Tras haberla escuchado en incontables ocasiones, esta interpretación, absolutamente única, me dejó impactado. Fue como descubrirla por primera vez. Contribuyó a ello, la acústica extraordinaria de la Maison Symphonique y haber estado ubicado en un lugar privilegiado de la sala, por lo cual pude gozar del máximo efecto estéreo.

Esta obra “programática” y altamente poética, compuesta por Dvorak en los Estados Unidos, rebosa remembranzas de los aires de su tierra (sobre todo en el tercer movimiento), combinados a aquellos del nuevo continente que lo acogía con aplauso. Valga la pena recordar que, durante la misión del Apolo 11, la primera de aterrizaje en la Luna (o alunizaje), entre los tesoros que el astronauta Neil Armstrong (fallecido hace pocos días) llevó a ese “nuevo mundo” estaba, precisamente, esta sinfonía de Dvorak.

Muy limpia la bellísima entrada, y limpias las exposiciones de cada tema. El solo de corno inglés estuvo exacto y brillante; Mélanie Harel se lució, con eficacia. Como es costumbre en toda orquesta, ella alternó este instrumento y el oboe. También Vincent Bernard, el primer chelo, nos entregó un dulce y resonante solo. Los “tutti” grandiosos, como si se tratara de una orquesta de aún mayores dimensiones. El sonido fue imponente, pero sin perder ni articulación ni detalle.

Podremos escuchar cientos de veces esta famosísima sinfonía, y reentrar cada vez en admiración devota por cada director, y hallaremos obvias diferencias interpretativas, pero nunca encontraremos la mezcla (controladamente equilibrada) de fuerza interior, vibrante emotividad, y mesura (adecuada para no ofender el buen gusto) que nos regaló Nézet-Séguin en esta ocasión. Su ejecución es profunda y palpitante, polifacética, variada, llena de reflejos anímicos y de visos diferentes. Se percibe cuando va pasando de un pasaje al otro con diferente estado mental interpretativo. ¡Colosal!

Luego del intermedio, tuvimos el honor de presenciar el estreno del poema sinfónico “Exilio interior o las traiciones del sueño americano”, de Éric Champagne, el joven nuevo “compositor en residencia” de la Orquesta Metropolitana. Perfecta para un programa que incluye también la “Sinfonía del Nuevo Mundo”, ya que esta pieza está íntimamente ligada a esa sinfonía mayor. A pesar de la juventud del autor, pudimos apreciar en su obra la concomitancia de todo cuanto integra una creación maestra en el panorama actual de la música clásica: una partitura magistral con gran riqueza de material y belleza melódica; intensa fuerza interior y mucha energía; una orquesta vigorosa y precisa. Los clarinetistas solistas, Simon Aldrich y François Martel, cumplieron su parte con hondura y virtuosismo instrumental e interpretativo; y en cuanto al director Nézet-Séguin, demostró profundo conocimiento y análisis de esta nueva obra, perfeccionismo preciosista y gran dominio natural.

Y, para concluir, Rachmaninov, con su Tercera Sinfonía. Fue, como nos cuenta Claude Gingras en su columna de hoy, en La Presse, casi un estreno para los montrealeses, pues la obra sólo ha sido interpretada cuatro veces en toda la historia de la ciudad. Invaluable privilegio poder escucharla esta noche, dada la belleza poética y expresiva de esta obra.

Afortunadamente, en los últimos años, han circulado con más fácil acceso las sinfonías de Rachmaninov, debido a la gran expansión discográfica ofrecida por las nuevas tecnologías. Ya se consiguen variadas ediciones de las tres, las cuales el compositor escribió en medio de tremendas luchas psicológicas, a las que lo llevaron la incomprensión artística y crítica de sus contemporáneos.

Esta sinfonía, aunque romántica, es bastante moderna y avanzada. Uno, en este caso, podría hacer un paralelo entre Rachmaninov y Sibelius. El segundo movimiento, plagado de belleza, es toda una gloria. Incluye algunos pasajes cumbres, de esos que uno recuerda para siempre. Con melodías enérgicas, de orquestación abigarrada y compleja, sabe, al mismo tiempo, proporcionar la altitud espiritual del adagio mejor elaborado.

El desempeño de la orquesta y de su director, en los expresivos pasajes de tutti y en los cantábiles, nuevamente fue apoteósico.

Al terminar el programa, uno solo quería que volvieran a empezar, para intentar captar un poco más en la segunda vez. Y quisiera escuchar mirando todo el conjunto desde el techo para poder ver cada instrumento. ¡Qué extraordinarias composiciones, qué fabulosas interpretaciones!

Foto: Sofía Carrero