jueves, 27 de septiembre de 2012

Orquesta de Cámara McGill: un concierto excelso

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Orquesta de Cámara de McGill

La Orquesta de Cámara McGill comenzó de manera extraordinaria su temporada anual de conciertos. El pasado lunes,  en la Maison Symphonique,  gozamos de un memorable programa que tuvo como gran protagonista al Ballet Eddy Toussaint de Montréal.  El evento sirvió además para celebrar el cumpleaños número 73 de esa orquesta, que ha gozado siempre del elogio de la crítica.

La noche comenzó con el estreno mundial de la suite “Légendes anciennes – Le mystère des danses païennes”, de la compositora Vania Angelova (de origen búlgaro).   En esta première,  a la orquesta la escuchamos recia, sólida y con gran exactitud, bajo la excelente dirección del maestro Boris Brott. Y ninguna orquesta podría tocar con indiferencia bajo la batuta de un director como Brott. Su impronta energética y aglutinante convierte esta orquesta de cámara en una agrupación gigante, en el sentido del resultado artístico del sonido organizado.

La compositora Angelova, condecorada por hacer brillar la cultura búlgara en el mundo, describe de este modo su nueva obra:  “Mi suite constituye un retrato musical del pasado de mi país natal, Bulgaria,  y de nuestro ritual único, el Nestinarstvo.  Esta obra presenta la riqueza, la espiritualidad y la autenticidad rítmica de las danzas rituales búlgaras, practicadas por bailarines descalzos sobre carbón ardiente (nestinari).  Es, entonces, una ilustración del misterio de la energía del fuego, bailarines en éxtasis y danzas únicas que ocurren en la noche. He querido darle una atmósfera de armonía, de misterio, en contraste con las danzas de los nestinari, explorando siempre las interacciones entre las relaciones musicales nacionales, los ritmos y las métricas irregulares de la música folclórica búlgara y el lenguaje orquestal contemporáneo”.

A continuación,  la Sinfonía 45 en Fa Menor (“Sinfonía de los adioses”), de Haydn.  Se vio claramente por qué esta orquesta de cámara se le mide a una obra mayor como esta: sus integrantes son todos virtuosos consumados, interpretando la música con perfecta ejecución, unidos en estrecha conjunción, y con un equilibrio bien logrado. Pueden expresar la dulzura, la intensidad o la alegría con más sabor que el que le ponen regularmente los otros grupos de su talla. Notamos mesura controlada en la fuerza, la presión sobre los arcos en los crescendos, la manera de no pasar del piano al forte con demasiada rapidez, sino paulatinamente.

Esta sinfonía también fue dirigida e interpretada con experta técnica y, (como la pieza requiere) con gran sentido del humor y de teatralidad en el último movimiento, que culmina con una desbandada progresiva de los miembros de la orquesta, quienes, uno a uno, se levantan de sus sillas y hacen mutis, a la manera que ideó Haydn para aquel concierto de protesta  por las economías de su patrocinador para con sus músicos o, como dicen otros, por el largo tiempo que llevaban los músicos sin vacaciones, alejados de sus familias.  La ovación del público, impresionante.

Y, tras el intermedio, el homenaje al compositor quebequés André Gagnon, con una selección de las mejores obras de ese músico extraordinario que ha dado tanta gloria al Quebec.  Las cinco piezas de Gagnon nos parecieron bellísimas. Ellas fueron:  “Petit concerto pour Carignan et orchestre”, “Voiles”, “Le piano de Claude”, “Neiges” y “Comme au premier jour”.  Los ejecutantes adoptaron, para estas composiciones, distintos estilos interpretativos, el más adecuado para cada una de ellas. Y el piano con la fuerza espiritual esperada.  La pianista, Louise-Andrée Baril, digna discípula de Menahem Pressler, mostró una personalidad musical capaz de levedad espiritual que alcanza lo inefable.  Fue evidente cómo se identificaba con ciertos pasajes anímicos de estas piezas. Algunos parecen suspender al tiempo en otra dimensión, sin la pesantez de lo terrenal. Pero nuestra pianista, ganadora de importantes premios, también imprime a las páginas que piden mayor reciedumbre e intensidad todo el peso del regreso al mundo real. Es André Gagnon, en manos de Louise-Andrée Baril, y moldeado por la exacta batuta de Boris Brott.

Y, para rematar, ¡la belleza del ballet! El placer que producen al dueño de un ojo educado las gráciles líneas que asumen los cuerpos bien entrenados, las precisas siluetas de una pose perfecta, la exactitud de los trazos del movimiento… Es la magnífica tropa del Ballet  Ballet Eddy Toussaint, que regresa a Montreal, después de tantos años de glorias en los Estados Unidos y alrededor del mundo.  Bailarines de todas las razas, unidos por una coreografía perfectamente adaptada a la música, pensando siempre en el compositor, como predicaba Balanchine.  ¡Y estas piezas de Gagnon sí que son perfectas para  el ballet!

En el finale, una retoma del “Petit concerto pour Carignan et orchestre” (pleno de refinadas evocaciones del folclor quebequés), los bailarines se apartaron por un instante del espíritu de ingravidez y romanticismo que los había embargado durante la noche, ¡y terminaron alzando en hombros al maestro Brott!  El público estalló en un aplauso infinito.

En suma, un concierto excelso, con un programa del mayor interés, con dos obras de estreno en nuestro medio, complejas y hermosas.    El maestro Brott siempre sabe escoger obras formidables y dirigirlas con altura internacional para sus devotos montrealeses.  Y su público sabe apreciarlo, y agradecer a organizadores y patrocinadores por cuanto nos ofrecen.

 Foto: Orchestre de chambre McGill