lunes, 8 de octubre de 2012

Alberto Manguel en la IV Jornada Quebequesa de los Diccionarios: “Siempre estarán los diccionarios para ayudarnos”

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Alberto Manguel

En el marco de la 4e Journée québécoise des dictionnaires y bajo la acuciosa guía de la reconocida lingüista Monique C. Cormier, se realizó el pasado jueves, en la Grande Bibliotèque, el coloquio internacional “De lo impreso a lo digital: la mutación de los diccionarios”. 

Quince expositores de primera categoría disertaron y debatieron sobre el desarrollo histórico de la enciclopedia y los diccionarios y se enfocaron especialmente en el momento actual, indagando sobre las nuevas perspectivas que ofrece el diccionario digital, en las diversas áreas de interés del ser humano.

La cuota hispana de la jornada fue el escritor latinoamericano Alberto Manguel, quien presentó su ensayo “La tarea de Adán”, que era, para buena parte del auditorio, la más esperada de las ponencias del evento.

Este autor y traductor argentino, naturalizado canadiense, ha publicado una cincuentena de libros, entre antologías por él preparadas, volúmenes de ensayos, novelas y biografías.  La mayoría de su obra ha sido escrita en inglés, aunque también ha redactado libros en español y en francés.

Entre los galardones con los que ha sido laureado, descuellan los premios “McKitterick” (Inglaterra, 1992), “Medicis” (Francia, 1998),  “Germán Sánchez Ruipérez” (España, 2002), “Roger Caillois” (Francia, 2004), “Poitou-Charentes” (Francia, 2004), “Grinzane Cavour” (Italia, 2007) y “Milovan Vidacovic” (Serbia, 2008).  El gobierno de Francia lo exaltó como caballero de la Orden de las Artes y las Letras.  Ha recibido, además, doctorados Honoris Causa de universidades de Inglaterra y de Bélgica.

Desde el año 2000, reside en Francia, en una casona medieval campestre,  que él ha convertido en biblioteca.

Tuvimos el placer de conversar con él sobre diccionarios, enciclopedias, palabras y lenguas. 

– ¿De dónde le viene el soplo del espíritu enciclopédico?

– Tuve la gran suerte al tener, de niño, una nodriza que no se interesaba por lo que yo leía, así que no había ninguna guía ni ningún juicio a ese respecto.  Ella era una persona muy cariñosa, pero que, al mismo tiempo, no tenía mucho sentido de cómo tratar a los niños.  Entonces, me trataba como a un pequeño adulto. Si íbamos a una librería, yo, que tenía cinco o seis años, podía elegir los libros que yo quería, fuesen para niños o para adultos.  La noción de libros para niños no era una categoría que yo reconociera en aquel momento.  Fue después cuando me di cuenta de que algunos de los libros que leía eran literatura infantil y de que otros no lo eran.  Me interesaba un poco por todo, dependiendo un poco del capricho o de las circunstancias.

– ¿Y qué papel jugó Borges en la construcción de ese perfil suyo?

– Cuando conocí a Borges, lo que él hizo fue confirmar en mí esa afección por los libros y por la lectura y, sobre todo, la intuición de que las categorías oficiales, las etiquetas con las que nos manejamos no eran válidas para cada individuo.

Borges era capaz de citar en una misma conversación a Agatha Christie y Platón.  Esa distinción jerárquica no le importaba, si lo que ellos decían le servía para su argumento.  Y eso para mí es algo muy importante.  Nunca he sentido la obligación de leer, por ejemplo, la literatura española, como categoría, llenando todos los blancos.  Me he dejado guiar por mi intuición, por el azar, por la casualidad y, entonces, si yo tuviese que construir una biblioteca ideal, sería una biblioteca absolutamente ecléctica.

– Ya que estamos hablando hoy de diccionarios y de palabras, es importante resaltar la riqueza de su léxico, no solo en español, sino también en inglés, en francés, en italiano, en alemán y en todos los idiomas que conoce.  ¿Cree que el hecho de haber estado en contacto permanente con varias lenguas desde su primera infancia ha sido decisivo a la hora de desarrollar la variedad y abundancia de su vocabulario? 

– Sin duda alguna.  Hay un hecho científico comprobado que es que los niños que aprenden un segundo idioma antes de la edad de seis años desarrollan en su cerebro pasos neurológicos que les permiten aprender con mucha mayor facilidad otros idiomas.  Después de esa edad, el aprendizaje se hace en una zona separada del cerebro, por otros medios.  De manera que yo tuve la ventaja de aprender inglés y alemán antes de la edad de seis años, lo cual me permitió luego aprender el castellano, el francés y otros idiomas, con cierta facilidad.  Ahora, desgraciadamente, me es imposible, porque me falla la memoria, pero me hubiese gustado, en aquel momento, en que era fácil, aprender árabe, japonés y chino, que son idiomas que me interesan.

– Los diccionarios y las enciclopedias, por supuesto, están formadas por palabras.  Pero las lenguas  cambian velozmente.  ¿Cree que la evolución y mutación de nuestras lenguas se esté dando a un paso tan vertiginoso, que es posible que dentro de dos siglos su obra no resulte legible ni en español ni en inglés?

– No creo que las lenguas estén cambiando a un paso más acelerado que el que han tenido siempre.  Si usted quiere leer, por ejemplo, a Gonzalo de Berceo, tendrá una cierta dificultad porque el de él no es el castellano que utilizamos hoy, pero eso está en la naturaleza de la lengua, que evoluciona, envejece, se renueva…  hay palabras que se olvidan, hay palabras que se crean y hay una suerte de corriente de palabras que va llevando ciertas formas de hablar a lo largo del tiempo.  En todo caso, no sé si alguien me leerá dentro de dos siglos, pero, en ese caso, estarán siempre los diccionarios para ayudarnos.

– Hablemos del encanto de ese diccionario suyo, tan singular, la “Guía de lugares imaginarios”, que, puede conseguirse en el Quebec, con el nombre de “Dictionnaire des lieux imaginaires”…

– Fue, en realidad, mi primer libro.  Yo tenía en aquel entonces unos veinticinco años y trabajaba para una editorial italiana.  Y un compañero de trabajo, Gianni Guadalupi (fallecido), tuvo la idea de hacer una suerte de guía de turismo de una ciudad vampira (la del libro de Paul Féval: La ville vampire), y, hablando de eso, pensamos que por qué no hacer una guía de muchas ciudades, países y continentes imaginarios.  La cosa se extendió, a lo largo de varios años,  y el resultado fue ese diccionario, que fue también la razón por la cual finalmente vive al Canadá, porque, por circunstancias de casualidad, porque un agente canadiense que vendió el libro en Canadá primero, y, en 1982, cuando decidí elegir un país para instalarme con mi familia, como me habían publicado en Canadá, vine al Canadá.

– ¿Qué piensa de Wikipedia?

– Creo que es un proyecto importante y útil, enormemente ambicioso, y que, al mismo tiempo, es un instrumento muy peligroso, por dos razones.  La primera: porque la información que comunica no es fiable.  Si bien algunas cosas son ciertas, muchas son equivocadas, y lo son por negligencia, por apuro o por ignorancia de persona que escribe.  Entonces, Wikipedia reproduce ciertos errores.  Por ejemplo, un día mi hijo me imprimió lo que la Wikipedia dice sobre mí, y tuve que corregir esa información, porque había demasiadas cosas que estaban mal.

La segunda razón, que me parece más grave, es que Wikipedia les da a todos la impresión de una autoridad que no tienen. Yo no creo saber mucho.  Sé algunas cosas sobre algunos libros que he leído, pero me cuidaría mucho de presentarme como la autoridad en casi cualquier tema.  Wikipedia nos hace pensar, a usted, a mí y a la señora que está caminando por la calle, que uno puede poner lo que queramos sobre cualquier tema. Evidentemente, eso está abierto a la crítica, y hay lectores que pueden decir que uno se ha equivocado,  pero ese paso inicial de dar una autoridad y un poder intelectual a cualquiera no me parece justificable y me parece sobre todo peligroso, porque, mientras uno sabía que había autoridades más o menos fiables que escribían diccionarios y hacían enciclopedias, uno podía decir “voy a buscar esa información y, si me interesa, voy a estudiar, para ponerme a la altura de estos conocimientos, y, a lo mejor, ser mejor que la autoridad que los está presentando”.  Mientras que ahora no es así.  Basta con que yo tenga una idea un poco vaga sobre algo, y yo puedo decirme autoridad en tal materia y escribir, entonces, un texto para la Wikipedia.

Para mí, eso también refleja una arrogancia progresiva que veo en nuestra sociedad, y que me preocupa.

Foto: YouTube – Yale