lunes, 8 de octubre de 2012

Reflexiones post elecciones de una venezolana que sigue creyendo en Venezuela

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Formo parte de esa generación de jóvenes venezolanos quienes desde los inicios de su adolescencia, vieron llegar a la presidencia de Venezuela al primer mandatario Hugo Chávez Frías.  Solo tenía 13 años cuando Chávez entró al poder y todavía recuerdo mi desconcierto, ese no poder comprender cómo un hombre que años atrás había organizado un golpe de Estado, años más tarde llega a la presidencia a través del voto popular.

Cuando ocurrió ese triunfo electoral fulminante me pregunté ¿quiénes son esos millones de venezolanos que prefieren volver a ser gobernados por un militar después de las dictaduras militares que ha sufrido Venezuela? ¿Qué es una cúpula? ¿Qué quiere decir 40 años de cúpulas podridas? Y también comenzar a filosofar entre qué será peor, ¿40 años de democracia podrida o arriesgarnos a volver a una dictadura?

Rebobinando ahora en los archivos de mi memoria infantil, mis primeros recuerdos de eslóganes políticos: “Oswaldo pa’lante”, “el chiripero con Caldera”. Lo confieso, a mi Oswaldo Álvarez Paz me tenía conquistada, eso de ir “pa’lante” me gustaba mucho más que estar «chiripeando». En conclusión, desde temprana edad, mi predilección de candidato presidencial se ha visto frustrada una y otra vez en los comicios. 

Ya a mis 13 años, entender cuáles fueron las consignas de los dos partidos políticos más importantes que tuvo Venezuela antes de Chávez, no era de gran importancia, pues ya una mayoría aplastante de venezolanos había decidido que no quería saber nunca más de ellos. Decir AD o COPEI era más o menos lo mismo que en el beisbol venezolano con los equipos Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes. Cuentan que uno es para personas de más estatus social que el otro. En mi caso, mi elección no se vio influenciada por ese factor. Soy caraquista sencillamente porque nací en Caracas y me gustan más sus uniformes y venezolano que no elige un equipo de beisbol no es considerado como venezolano. Tenía que elegir y lo hice según mi propio criterio, ¡punto! Que el Magallanes sea el equipo de predilección del Primer Mandatario nacional no me quita el sueño, como tampoco se lo quitaba a los venezolanos el decir que prefería a un partido político en lugar de otro.

Lo cierto es, que sin considerarme una experta en política, desde adolescente comencé a desarrollar lo que hoy día denominan conciencia social. Provengo de esa extinta clase media venezolana. Soy nieta de inmigrantes víctimas del comunismo europeo, hija de esa primera generación de padres profesionales del país. En resumen, soy producto de generaciones que han trabajado muy duro para alcanzar todo lo que hoy han alcanzado, por tanto, esos han sido los valores inculcados en casa desde que tengo uso de razón: “trabajar duro para ser alguien en la vida y poder dormir con la conciencia tranquila”. 

Tener conciencia social, o más que eso, el producto de esa conciencia, me llevó a formularme preguntas sobre la sociedad en la que vivo. Me hizo querer entender el porqué si familias como la mía con orígenes bastante humildes, habían logrado progresar, existe aún un gran porcentaje de la población de mi país que vive en situación de pobreza extrema. ¿A quién o a qué le echamos la culpa? ¿A la flojera del venezolano? ¿A la mala gestión de los gobiernos? ¿A ambas? ¿Ninguna de las anteriores? La respuesta evidentemente es multifactorial y se resume en falta de igualdad, pero no a la “socialismo del siglo XXI” donde el fin último es quitarnos todo a todos para que seamos igualmente pobres, sino a la de los países que han tenido verdadera política basada en la inclusión social ¡Igualdad de oportunidades para que todos podamos tener las herramientas que nos lleven a alcanzar niveles confortables de dignidad humana!

Hoy tuve la oportunidad de escuchar un testimonio que me hizo poner a prueba uno de mis grandes paradigmas en materia presidencial. Siempre me ha chocado esta falta de autoestima venezolana que se expresa a través de la frase “yo quiero un presidente que se parezca a mí”. Para mí, lo que esta frase quería decir, era que el pueblo venezolano iba a querer siempre o a Chávez o a alguien que se le pareciera, es decir, alguien que grite duro, que le guste el beisbol, que eructe en público, que diga groserías, que insulte al contrario… y ahí me cuestionaba ¿de verdad la mayoría de venezolanos siente que esas características lo representan? Decidí preguntárselo hoy a una persona que en algún momento de su vida fue chavista. Ella me contesto, “no Sofia, lo que pasa es que no solo los políticos venezolanos anteriores a Chávez no se dirigían a la clase baja del país, ¡pero es que esos tipos no se dirigían a nadie! Al menos, Chávez entendió cuando hizo campaña que tenía audiencia con oídos, se tomó la tarea de dirigirse a aquellos que quisieran escucharlo y por eso, votaron por él, tanto ricos como pobres.

La persona que me hizo poner a prueba este paradigma, hoy en día no es chavista, entre otros motivos, porque cuando avanzó en su vida, cuando progresó, fue señalada por algunos de su tendencia política. Eso la hizo tomar conciencia, llevándola a concluir que no quería seguir formando parte de la población que apoya un proyecto político que recrimina el esfuerzo y desarrollo de capital humano.

Tengo conciencia social y actúo en base a ella, sin embargo, también soy un ser humano, y lamentablemente, la polarización política que comenzó a gestarse en el 99 no me fue ajena. He sido víctima del odio al que piensa distinto que ha arropado a todos los venezolanos. Hoy más que nunca me avergüenzo de todos los comentarios que he emitido y todos los pensamientos de rechazo que he albergado por ciudadanos venezolanos que no comparten mi ideología política.

Afortunadamente, así como fui la primera generación que no ha tenido otra cara en el gobierno que no sea la de Chávez, también pertenezco a la generación en la que renació un movimiento estudiantil que no se veía en el país desde la generación del 28.

Muy orgullosa puedo afirmar que el odio del que ha sido víctima mi generación, nos obligó a los jóvenes a propulsar un cambio y a generar conciencia en el país. Este logro es tan grande, que conseguimos hacernos escuchar no solo ante los mal llamados “escuálidos” por el gobierno oficial. Nuestro mensaje tuvo y tiene tanta fuerza, que incluso  penetró en los oídos de ese porcentaje de la población que vive en pobreza extrema. Finalmente, el lenguaje común en el que podemos entendernos todos los venezolanos, esa racionalidad comunicativa que tiene que llevarnos a la acción para resolver todos los conflictos que hoy enfrenta el país, debe estar circunscrita en valores que lleven al reconocimiento del otro y a la paz. Cada vez son más los venezolanos que entienden y actúan en pro de esta gran verdad. ¡Aplaudo al movimiento estudiantil al cual pertenecí y que ahora sigue creciendo y formando líderes que se preparan para asumir las riendas del país!

Ese movimiento estudiantil con las manitos blancas que tanto menospreció el oficialismo, le dio también una gran lección a los políticos de la oposición. Esta contribución de mi generación fue decisiva en la conformación de la mesa de la unidad y sus ideales a defender. Por fin los líderes políticos entendieron que este no era el momento de hacer viveza criolla a ver quien se llevaba el pedazo más grande de la torta y actuaron en consecuencia: Venezuela eligió a Capriles como candidato de la oposición y el resto de candidatos aceptó la derrota apoyándolo en la difusión de este proyecto político basado en el respeto a los derechos del otro para conseguir la anhelada paz venezolana.

Al principio tuve comprensibles dudas sobre Capriles, no en vano, he mojado mi dedo en tinta azul tantas veces solo albergando la esperanza de eventualmente sacar a Chávez del poder. Ya después de 14 años en este juego electoral, yo, al igual que todos los venezolanos, espero y estoy consciente de merecer un verdadero proyecto de país.

Ciertamente Capriles tiene una ardua carrera política que lo respalda. Para el que prefiera hablar en término de triunfos electorales en lugar de otro tipo de logros igualmente importantes, ¡nuestro flaco llevaba 10 victorias electorales invictas!, además, una vocación de servicio al país tangible en hechos. Cierto, “el flaco” no se había caracterizado en toda su carrera política por ser un gran orador, pero su deseo de llegar al alma de todos los venezolanos fue más fuerte y lo logró. En estos tres meses de campaña nos trasmitió recorriendo Venezuela, tanto montado en tarimas como codo a codo en casa por casa, una nueva y mejor opción de país, eso si, donde el protagonista no es el presidente sino el pueblo venezolano, y entiéndase bien: ¡todo el pueblo venezolano sin hacer diferencias ni distinciones! 

Finalmente, después de 14 años de limbo de verdadera representación opositora, llegó un flaco dispuesto a algo infinitamente más importante que devolvernos la fe en un líder. Capriles nos hizo recuperar la fe en nosotros mismos, y es esto lo que hace un verdadero líder electoral: demostrarle a sus seguidores que él es sencillamente un portavoz, una personita montada en una tarima, pero que la verdadera Venezuela no la decide un presidente, la construimos todos los días cada uno de los venezolanos con nuestros pensamientos, palabras y acciones. 

Aplaudo al igual que muchos venezolanos, la campaña impecable que entregó Capriles en estas elecciones presidenciales, pero celebro todavía más, la manera en la que asumió su derrota en el discurso que ofreció a la nación después de confirmarse los resultados electorales. Este flaquito nos dijo millones de veces que el voto no era para él sino para los venezolanos, sin embargo, admite que la derrota en estas elecciones ha sido suya y no del pueblo venezolano. ¿Habíamos alguna vez tenido ese precedente en la historia política venezolana? Si ocurrió, no sería en los últimos 14 años. En ellos, nos han enseñado a sentirnos culpables por nuestras derrotas y eso por decir lo menos del lado opositor, porque si pienso en cómo el oficialismo asumió la derrota que obtuvo en las elecciones parlamentarias del 2010, más allá de culpabilidad, el propósito del gobierno fue hacernos sentir pánico y reafirmarnos a los venezolanos de ambos polos políticos con esa nueva ley de sistema de voto paralelo –que de nueva u original no tenía nada porque esa ley se la sacaron de la manga los “pitiyanquis” hace varias décadas- que los deseos del pueblo expresados a través del voto no tiene ningún valor para este gobierno.

Demasiadas frases del discurso post electoral de Capriles quedarán por siempre guardadas en los archivos de mi memoria. ¡Qué manera de dar tantos ejemplos de civismo, humildad y esperanza en 22 minutos! Aquí, algunas de sus reflexiones con las que pienso empezar a asumir el último triunfo electoral del oficialismo a partir de hoy.

La huella que hoy nos deja Capriles no es fruto solo de sus tres meses de campaña electoral. La oposición venezolana finalmente llegó a merecerse un candidato como Capriles, porque en estos años de “socialismo bolivariano” también ha aprendido invaluables lecciones. El reconocimiento del otro es fundamental en todos los gobiernos y esa lección, al menos más de seis millones de venezolanos la hemos entendido.

Como bien nos recordó nuestro candidato opositor, Venezuela es un país joven. Seguir enfrascados en el pasado no tiene sentido. Venezuela es un país que tiene presente y tiene futuro. ¡Actuemos en consecuencia! Sigamos trabajando por la Venezuela que queremos donde quiera que estemos. Los que estén en el país, no caigan en provocaciones que lleven a la violencia ni verbal ni física, y los que estemos en el extranjero, no olvidemos nunca que Venezuela es nuestra. Ningún país desarrollado debe sustituir jamás nuestra identidad ni hacernos olvidar nuestros orígenes. Venezuela nos pertenece a todos los venezolanos.

Capriles se comprometió a seguir trabajando por Venezuela, pero el principal compromiso con Venezuela lo tenemos los venezolanos. No podemos perder la esperanza, menospreciar el camino recorrido y mucho menos olvidar las lecciones que hemos aprendido a lo largo de estos años.

Me gustaría compartir ahora, las palabras de un venezolano ejemplar al que tuve el inmenso honor de conocer, un defensor incansable de los derechos humanos y de la paz. Un ejemplo de ser humano llamado Pedro J. Ramirez: 

“Al fin y al cabo todo regresa a su fuente, o lo que se siembra se cosecha. ¿Será que los venezolanos estamos cosechando lo que hemos sembrado? Si es así, entonces debemos sembrar algo mejor. Los pensamientos son las semillas y las emociones son parte de la cosecha que en definitiva se ven reflejados en la realidad, en el mundo tangible. No es difícil de entender, pero si de poner en práctica. La Venezuela que queremos todos debe comenzar en nosotros mismos. Muchos buscamos la felicidad en el placer inmediato, pero infinitamente mejor es el placer conseguido por el trabajo individual, ese que debemos hacer internamente en nosotros mismos. Que cada quien tenga su alta calidad, dará como resultado una patria de muy alta calidad”.

Para concluir mis reflexiones, quiero en la presidencia de mi país a alguien que me sirva de ejemplo, alguien con capacidades gerenciales y humanas dignas de divulgar e imitar. Quiero un presidente y una sociedad con los valores que a través de toda su trayectoria nos ha transmitido nuestro flaco Henrique Capriles Radonski. ¡Venezuela puede estar mejor y va a estar mejor! ¡Arriba esos ánimos que Venezuela sigue hoy más viva que nunca!

Foto: Pablo A. Ortiz – Noticias Montreal