sábado, 20 de octubre de 2012

Libia, a un año sin Gadafi y a por lo menos “diez años” de su reconstrucción

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El Mundo
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Hace hoy exactamente un año que desapareció físicamente el dictador de Libia, Mouamar Gadafi. Sobre su muerte últimamente surgió la teoría que fue un emisario de la inteligencia francesa quien lo ejecutó. Tal vez sea parte del mito que se ha empezado a crear en torno a ese hecho.

Entre tanto, Libia aún padece las secuelas de su gobierno. Numerosas milicias armadas, tratando de obtener una porción de poder en no importa qué lugar del país. La inestabilidad política todavía está presente y la economía aún no empieza por recuperarse.

Están pendientes todavía los procesos judiciales contra los hijos de Gadafi y otros altos funcionarios del régimen fenecido.

Pero aún es muy temprano para desmontar 40 años de un régimen vertical, autocrático y represivo. Para ello, dice una autoridad, se necesitan mínimo 10 años “para alcanzar un nivel de reconstrucción”. De todas maneras hay cambios positivos desde el día mismo de su muerte, que incluso llega a sorprender a los propios ciudadanos comunes y corrientes.

La información de El Mundo.es

La vida de los libios ha cambiado radicalmente desde que no está el coronel Muamar Gadafi. El dictador supervisó cada pequeño detalle de la vida cotidiana, la política y la economía desde 1969 hasta su muerte, el 20 de octubre de 2011. Hoy se cumple un año de su ejecución y muchos ciudadanos se sorprenden cada día haciendo cosas que antes eran impensables.

“Que ¿qué cosas puedo hacer ahora que con Gadafi eran imposibles? Por ejemplo, hablar con un periodista o simplemente, con un extranjero”, responde Fathi Hangari, empresario de Zawiya (a unos 30 kilómetros de Trípoli) que participó en la lucha para derrocar al coronel. “Los libios ya no hablamos con mordaza”, incide. Antes, ni en una simple tertulia familiar una persona se atrevía a expresar sus opiniones.

Como sus conciudadanos, Hangari colecciona actitudes nuevas: “Afiliarse a un partido político, que la gente te respete, organizar actos culturales, coloquios, organizar colectas de ayuda para los refugiados sirios…”, enumera. “Antes sólo por pensar en algo de esto te detenían”, agrega.

Sin tabúes

En la Libia de hoy, casi todos los días hay actos de partidos políticos. Esta semana, por ejemplo, se ha celebrado el primer festival del movimiento de los Hermanos Musulmanes en Trípoli, una organización prohibida y perseguida por Gadafi. “Ya no hay ningún tabú. Tenemos pluralidad”, afirma Hangari.

Los exiliados están volviendo a su país. La economía local se está reactivando con iniciativas propias. Abrir una tienda o un restaurante era un acto tortuoso sujeto a la voluntad del clan Gadafi y de sus acólitos. Hoy la gente no tiene miedo y, sobre todo, ya no tiene que pagar las cuantiosas mordidas que exigían los esbirros del régimen.

Poco a poco, el pensamiento único y el miedo desaparecen. Y también la uniformización que impuso aquel dictador del pelo anillado, ‘Bushafshufak’, como lo llamaba el pueblo despectivamente. Hasta en la forma de vestir. En los años 80, todos los libios tenían que vestir igual. Gadafi controlaba la importación de ropa y su reparto entre la población a través de cooperativas. Aquella imposición física era también mental.

‘Crear cerebros’

Yusef el Uheshi, el ministro de Transporte del nuevo Gobierno libio, lo resume para ELMUNDO.es en esta frase: “Nuestro reto ahora es crear un sistema, sabiendo que lo más difícil es crear cerebros“. Calcula que el país necesitará 10 años para alcanzar un nivel de reconstrucción –política, económica y de infraestructuras– “aceptable”.

“Pero entrenar a los ciudadanos para que piensen por sí mismos nos llevará otros cinco años más“, advierte. “Queremos mostrar al mundo que los libios somos un pueblo civilizado y que no estábamos representados [con Gadafi]”, subraya Uheshi.

“Necesitamos tiempo porque esto no se construye de un día para otro. Hay muchas discrepancias, pero llegaremos a la madurez política. Queda un camino muy largo, pero vamos en la buena dirección”, concluye Hangari.

Foto: Ap