martes, 30 de octubre de 2012

Vengerov, Rimski-Korsakov y la OSM: todo espíritu y pasión

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Maxim Vengerov OSM

En la noche del sábado, en la Maison Symphonique, bajo la dirección alternada de los maestros Natham Brock y Maxim Vengerov, la Orquesta Sinfónica de Montreal presentó un concierto monumental.

La noche comenzó con el “Concierto para violín en re menor”, de Johannes Brahms, bajo la dirección de Natham Brock, director en residencia de la Orquesta Sinfónica de Montreal, y con la inefable interpretación de Maxim Vengerov, catalogado por muchos como el nuevo mejor violinista del Orbe.

Para hablar de la perfección interpretativa del maestro Vengerov, a uno se le acaban las palabras con antelación. Porque tampoco existen adjetivos que no se le hayan adjudicado y que no estén ya desgatados por el uso. Vengerov es nuevo en cada ejecución. Lo escuchamos pulsando las cuerdas como un dios inconmovible, que evita evidenciar la vulnerabilidad humana con sensiblerías interpretativas, mientras prefiere recurrir a su capacidad de lograr una ejecución perfecta; pero también lo vimos encallado en énfasis, todo espíritu y pasión.

El público, a lo largo de los años, ha sido testigo de su prodigioso virtuosismo en obras complejas, difíciles, vertiginosas, y también de su serenidad introspectiva en los pasajes meditativos de muchas obras, como lo percibimos en esta oportunidad. Su lucimiento en la ejecución, como hemos dicho, y su sabiduría a la hora de la interpretación, además de todas las cualidades y talentos posibles, lo hacen el gran Maestro que es.

La noche se creció aún más con la ejecución de “Scheherezade”, de Rimski-Kórsakov.  Maxim Vengerov fungió ahora, simultáneamente, como director y violinista.  El resonante, expresivo, extático solo inicial del violín de Vengerov, y el crescendo delirante de la orquesta en pleno, nos dejan la imaginación alucinada.

Cuando una música como esta se atiende con el oído, el placer es sensorial; e, inevitablemente, el cerebro produce sus traducciones imaginarias, que evocan paisajes sonoros, sabores, colores, orígenes étnicos, significados anímicos, antecedentes temáticos, citas narrativas, escenas de la conocida trama.  Más si podemos, además, sumarle a la vivencia los datos visuales informativos sobre la ejecución de los complejos sonidos por cada instrumentista.  Entonces el ejercicio deviene, por añadidura, en una vivencia intelectual.

¡Qué placer imponderable! No nos cabe en la mente la medida del genio de Kórsakov. El pensamiento idílico se pasma, mientras el analítico se sobregoge. Se perciben por separado las simultáneas complejidades de melodías, contrastes, frases, telones de fondo por conjuntos instrumentales, sus diálogos enmascarados, sus irrupciones alternantes, el mutuo soporte, sus fuerzas colectivas.

Y uno siente la soledad y las olas de ese mar orquestal que revienta una y otra vez contra los riscos de la fantasía. El director es Simbad, descollante en su tarima de proa en medio de su barco atribulado. La tormenta amaina bajo sus manos para que la calma nos adormezca y brote la ensoñación entre los dedos de la música.

Y cada solista aparece con su magia: de nuevo, el violín sublime de Vengerov; y el fagot, Stéphane Lévesque, canta para ser respondido por el oboe, Theodore Baskin; la flauta, Timothy Hutchins; el clarinete, Alain Desgagné, y el arpa, Jennifer Swartz.  Diálogos preciosos.

Y debutan las danzas de las obeliscas. También el chelo solista, Brian Manker, en notas muy altas se añade al fragor, y luego los cobres, John Zirbel, corno, y Paul Merkelo, trompeta, levantan  una fanfarria…

Pero uno ya no podría seguir el paso a las numerosas escenas cada vez que se añaden más protagonistas.  Kórsakov no pretendía describir cada cuadro, pero su talento y poder gráfico fueron tales, que aún sin habérselo propuesto, los populares cuentos están descritos, deletreados por su música.

Vengerov está en cada entrada, en cada adorno, en cada trémolo de fondo, en el tono del paisaje, en el timbre que el compositor escogía para cada toque narrativo.  Estamos seguros de que el maestro Vengerov, que ahora, como director, descuella casi tanto como violinista, se encargó de afinar cada nota, o alistar cada instrumento.

Y, finalmente, cerramos los párpados, y vemos al navío dar tumbos sobre nuestro rostro en medio del coro prolongado de toda la poderosa orquesta, hasta dar paso a la aliviada voz del amor en el dulce calderón del final del violín.

Cuando en estas historias de las “Mil y una noches” llegan los cantos del amor en los solos del violín y el chelo, uno puede llegar a creer que uno mismo es el protagonista o el mismísimo compositor, y que nuestros solistas, nuestros músicos, nuestra orquesta, nuestro director, son la encarnación de los seres que doblan la realidad de los múltiples universos, cuando repiten estas escenas en una nueva burbuja de tiempo y de espacio: sucesos que la ficción situó en fastuosas alcobas de Persia en el siglo IX, o en El Cairo en el siglo X; imponentes tormentas descritas en idiomas del Oriente Medio y traducidas en Europa apenas en los siglos XVIII y XIX.

Millones de lectores mudos transportados a los escenarios de esta exótica obra literaria; cientos de cientos de conciertos con esta creación y sus cuentos en el mundo entero, y coreografías desplegadas por Michel Fokine (el primer coreógrafo que montó está exquisita obra en ballet), y en otras producciones. Todo ello se conjugó en este concierto, para repetirse como en un mismo momento de espacio-tiempo, como en un revivido evento de comunión que trasciende los siglos y todo lo reúne en esta noche del 27 de octubre de 2012, en la Maison Symphonique de Montreal.

Foto: Captura de pantalla – YouTube