domingo, 18 de noviembre de 2012

El reconocimiento del otro: un acto que comienza con el reconocimiento de sí mismo

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Guantes boxeo

I

La existencia del contrario es necesaria en todos los ámbitos de la vida, pues ella nos obliga a buscar argumentos que sustenten ante otros que piensan distinto, aquello que consideramos como cierto, y es en esa búsqueda, donde encontramos junto con nuestra verdad, aquellos valores que nos son propios sin darnos cuenta, llegando a la construcción de nuestra propia identidad. Reconociendo que nunca he sido precisamente una aficionada al mundo deportivo,  admito que asistir a mi primer campeonato de boxeo me ha dejado varias lecciones éticas que  hoy, considero valiosas compartir.

Para aquellos que no conocemos nada sobre boxeo, este deporte consiste básicamente en darle golpes contundentes al adversario, resultando ganador aquel que haya tenido la mayor resistencia. Esto es lo esencial para comprender como se gana un torneo de boxeo, pero no es lo único que ocurre entre las cuatro esquinas de un ring.

Los adversarios buscan la victoria y hacen todo lo legalmente permitido para obtenerla dando lo mejor de sí. Lo particularmente loable sobre esta contienda, es ver cómo cada cual acepta la victoria y la derrota. En uno de los torneos de este campeonato al que asistí, quien resultó ganador -dejando a su adversario casi inconsciente tumbado en el suelo del ring-, no fue capaz de aceptar su victoria y pavonearse victorioso ante su público, hasta que su contrincante recuperó la conciencia y le dio la mano. Ante este hecho rebatí una de mis convicciones y llegue a la siguiente conclusión: aunque el boxeo continúe pareciéndome un deporte muy agresivo a nivel físico, no sigo considerando que quienes lo practican sean unos salvajes primitivos.

Otra gran lección que aprendí gracias a esta nueva experiencia, “las luchas asimétricas”. En el mundo del boxeo, se denomina de esta manera a las contiendas entre un adversario con mucha experiencia y victorias, contra un novato que no tiene ninguna de las dos anteriores en su trayectoria.

Pude entender por qué es legal y legítimo en boxeo una lucha asimétrica, gracias a una entrenadora de este deporte que se encontraba sentada a mi lado durante el torneo. Resulta que, este tipo de luchas son necesarias para ambos adversarios. En el caso del experimentado, él necesita seguir acumulando victorias y luchar contra un novato, representa para él una victoria casi segura que le permite además entrenarse para futuros torneos con otros contrincantes que estén en su mismo calibre. Para el novato, estas contiendas son importantes porque necesita darse a conocer, además, aprende de sus errores, va observando a sus adversarios y desarrolla su propia técnica.

Sin embargo, esta entrenadora destacó que el boxeo tiene sus sorpresas y en una contienda asimétrica, no termina siempre victorioso el contrincante con mayor experiencia. En sus palabras, es esto lo que hace tan emocionante este deporte “Todo es posible cuando dos personas compiten entregando lo mejor de sí”.

De esta lucha asimétrica de la cual fui testigo, vi otro ejemplo de civismo que me impacto enormemente. Uno de los torneos estipulaba una duración de doce rounds de tres minutos cada uno. Ya en el quinto round, era más que evidente que el contrincante novato no tenia oportunidad de resultar vencedor ¿lo detuvo ello a seguir pegando y recibiendo puños hasta el round número doce? No señores, con hidalguía llegó hasta el final y cuando el vencedor tuvo el micrófono para dirigirse a su público, pidió un aplauso para su contrincante ¡reconociéndolo como un digno adversario que de seguro en el futuro llegará muy lejos!

¿Por qué si esto es posible en el mundo deportivo y más en un deporte tan “agresivo” como lo es el boxeo, en la vida real, ver este tipo de demostraciones de reconocimiento y respeto al contrario es tan poco común? 

II

Queda menos de un mes para las próximas elecciones de gobernadores en Venezuela. Los últimos resultados electorales que le otorgan seis años más de gobierno al primer mandatario Hugo Chávez Frías, me convencen más que nunca de la necesidad de encontrar espacios de diálogo entre aquellos que siguen apoyando su proyecto político y aquellos que no lo hacemos para la construcción de un mejor país.

Para poder dialogar con otros que tienen puntos de vista distintos, diría que lo primordial es partir de los puntos que ambas partes tengan en común. En el caso concreto de chavistas y opositores, diría que el primer punto en común es el miedo.

Hoy en día, vivo en carne propia el mayor reproche que hacen los que pertenecen al polo que apoya al oficialismo a los 40 años de democracia anteriores a Chávez. En estos 14 años de proyecto oficialista, los que pertenecemos a la clase media –por poner solo un ejemplo- no somos tomados en cuenta ni se reconoce de nuestra existencia, como tampoco se hizo con esa inmensa mayoría de venezolanos que viven bajo las peores condiciones de pobreza extrema desde la cuarta república –y digo desde, porque hoy en día, la mayor parte de ellos sigue viviendo en pobreza-.

Un gobierno que toma en cuenta solo a un sector de la población no es un buen gobierno. Para que un gobierno pueda ser catalogado como bueno, debe gobernar para todos los sectores del país.

Puedo entender por qué en el año 1998 muchos venezolanos decidieron apoyar la propuesta del actual gobierno. No reconocer en planes de gobierno a un sector de nuestra sociedad tan numeroso es un verdadero crimen. Comprendo que a partir de la victoria oficialista, muchos venezolanos sintieron que por fin, además de ganar visibilidad ante el resto de la población, fueron reconocidos y aparentemente tomados en cuenta, sin embargo, después de 14 años bajo la tutela de un mismo gobernante y un mismo sistema, ¿considerará verdaderamente este sector que sigue apoyando a Chávez que sus mejoras en este tiempo son tan importantes como para entregarle seis años más de poder?

Para reconocer al otro primero debemos reconocernos a nosotros mismos. En ese acto de reconocimiento, parto reconociendo que soy minoría. No solo soy minoría por haber apostado a un proyecto de país que no resultó vencedor en los últimos comicios, soy minoría, porque lamentablemente, a pesar de que este gobierno lleva más de una década en ejercicio, aún somos pocos los que tenemos acceso a la educación superior y al término que ahora está tan de moda: “una vida digna”.

Soy literalmente una hija de la cuarta república, pues es gracias a las oportunidades que en esos 40 años se brindaron a muchas familias de clase trabajadora como la mía, que hoy tengo una profesión. No pretendo defender a la cuarta republica en estas reflexiones, sin embargo, me encantaría saber, dónde están esos profesionales y esos empresarios que lograron llegar hasta esas metas gracias a las políticas del actual gobierno. 

Si bien unos cuantos aprovechados “enchufados” han logrado insertarse en la corruptela del actual sistema de gobierno, esa no es la mayoría de la población venezolana que apoya al primer mandatario nacional, de ser así, las evidencias de la pobreza extrema que sigue existiendo en el país, habrían desaparecido y las viviendas no planificadas, mejor conocidas como “ranchos” no seguirían adornando tantos rincones de nuestras geografías regionales. Para decir lo que digo, no es necesario traer cifras a colación o hablar de las múltiples misiones que ha sacado de su manga el chavismo como supuestos proyectos políticos. Solo con mirar a nuestro alrededor, es evidente que esas misiones han sido solo paños calientes, que además, solo llegan, en el mejor de los casos, a aquellos que acceden a formar parte del proselitismo político colocándose una franelita roja y gritando “viva Chávez”. 

Si tuviese la oportunidad de dialogar con personas que siguen la ideología política revolucionaria, me encantaría poder decirles que no todos los que formamos parte de la oposición al chavismo somos unos “oligarcas” y que las verdaderas oportunidades de progreso no son producto de un paternalismo que regala dinero para calmar el hambre de hoy. Tenemos derechos señores, y todos los sectores de la población podemos y debemos aspirar a más.

Los orígenes de mi familia son bastante humildes. De mi lado paterno, en el interior del país, mis abuelos, quienes ni siquiera finalizaron la escuela primaria, lograron sacar adelante a sus seis hijos gracias a un muy pequeñito negocio de jugos. Del lado materno, mis abuelos inmigrantes, que vinieron como se dice “con una mano adelante y otra atrás”, comenzaron a trabajar en el mundo del comercio y producto de ese esfuerzo, lograron llevar a sus hijos adelante con la única herencia que podían dejarles: la educación, que valga decir, fue pública durante todo el sistema educativo primario, secundario y superior, entonces, ¿de verdad puede decirse con propiedad que la cuarta república solo gobernó para los ricos?

Si bien en “la cuarta”, los venezolanos que vivían en pobreza extrema no tuvieron acceso a estudios medios y superiores, no existen hoy estadísticas que demuestren que en esta quinta república la situación haya cambiado. Después de 14 años de revolución bolivariana, un inmenso sector de la población venezolana sigue sin tener verdaderas oportunidades de inserción en el sistema educativo, por el contrario, la educación pública ha empeorado notablemente en calidad y tener acceso a ella, casi misión imposible si no se milita con el partido político oficial.

No voté por Chávez ni pienso tampoco hacerlo en el futuro sencillamente porque no creo en su proyecto político. Sin embargo, defiendo plenamente la idea de comenzar a construir una sociedad donde personas que tienen ideas distintas sobre política pueden hablarse civilizadamente e incluso, desde sus propias creencias, en conjunto, llegar a soluciones más ricas y verdaderamente incluyentes.

Sin entrar en la polémica de los ganadores que representan los 8,5 millones de venezolanos que apoyan al oficialismo o los muy cercanos 6.5 millones que no lo hacemos, todos somos venezolanos, todos queremos un mejor país y todos merecemos respeto y reconocimiento tanto de quienes se encuentran en el poder político como del resto de ciudadanos que no comparten nuestra ideología. Qué fácil sería esperar solo a que un gobernante e instituciones dieran el ejemplo y que más efectivo sería en cambio, que cada venezolano pusiera de su parte y tratara de modo más civilizado a otro de tendencia política adversa.

Así como en un artículo anterior describí las cualidades que quería en un presidente, hoy digo que quiero un país con verdaderas oportunidades para todos los estratos económicos de la población venezolana. Como bien nos recordó Capriles en las recientes elecciones, Venezuela es un país joven con un gran futuro por delante. Aunque sigo pensando que es al presidente y a las instituciones a quienes les corresponde dar ejemplo de acciones cívicas y morales al resto de la población, el camino hacia una mejor Venezuela no solo lo construyen quienes están en el poder, lo construimos también día a día todos los venezolanos con nuestras acciones.

Foto: Flickr – JPott