viernes, 28 de diciembre de 2012

Cómo una inmigrante vivió un día histórico en Montreal

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Invierno Montreal tormenta record 2012

Todo inmigrante cuando decide irse de su país es consciente del precio que conlleva dejar la tierra natal: La adaptación a la realidad del nuevo país escogido para comenzar una nueva vida.

Cuando emigré de Venezuela para comenzar mi nueva vida en Montreal, creo que lo hice como han hecho también muchos otros inmigrantes. Di mis primeros pasos con gran entusiasmo, una pisca imprescindible de ingenuidad, pero sobre todo, con el mayor deseo de adaptarme lo más rápido posible a mi nueva realidad: la montrealesa.

Llegué un mes de agosto. El clima era caluroso y eso me ayudó a no sentir un choque tan fuerte ante mi nueva realidad. Vamos, Montreal en verano es un parque de diversiones. Terrazas preciosas para tomarse una buena sangría, cantidad de actividades culturales al aire libre, picnics en el parque, etc. Además, tuve la inmensa suerte de enamorarme de la lengua de Molière en mi adolescencia y en consecuencia, seguí cursos privados de francés. Entonces, aunque el francés con acento y vocabulario québécois tenga particularidades que no se enseñan en una academia de idiomas, mis primeros meses en la provincia, salvando alguno que otro momento de confusión cultural, fueron muy placenteros. 

Pero el verano comenzó a desaparecer para darle paso al otoño y posteriormente al invierno y, a medida que esto fue ocurriendo, sin darme cuenta, fue descendiendo mi alegría. Por fin me percaté de cuál sería mi reto de adaptación más grande en mi nueva realidad: ¡el clima!

No voy a mentir, no es que el clima fuese mi único problema de adaptación, pues todo aquel que sabe lo que es emigrar es consciente de esas pequeñas cosas que se viven y de cuánto uno puede llegar a extrañar ese mundo anterior que le era tan propio y conocido, pero en mi caso, aunque no deje de extrañar tanto a mi familia, mis amigos, mis lugares comunes y todo aquello que forma parte de mi idiosincrasia, lo que más me ha costado y me cuesta aceptar es que vivo en un país de cuatro estaciones.

La primera nevada del año siempre la vivo “a lo novela mexicana”. Tan pronto caen los primeros copitos de nieve y todos a mi alrededor se comienzan a emocionar, no puedo dejar de pensar en lo duros y fríos que serán los próximos meses y en cómo voy a sobrevivir en febrero y marzo. De solo pensarlo, caigo inconsolablemente en llanto.

En mi primer invierno canadiense tuve la suerte de contar con amantes de la mencionada estación y fue gracias a ellos que mitigué el drama de mi nueva realidad. Hicimos un paseo muy divertido a Mont Tremblant donde esquié y me monté en tablita para deslizarme por la nieve, luego monté en moto de nieve, no lo niego, ¡lo disfruté muchísimo!

Entonces, entendiéndose a estas alturas que no soy precisamente una persona amante del frío y de la nieve, podrán imaginar cómo recibí el pronóstico de tormenta exacerbada advertido por MéteoMédia. Ya después de tres inviernos y el cuarto andando, al menos, he comprendido que en las tragedias también se puede gozar, así que, decidí procurarme un día de tormenta bien aislado en casita con ventanas cerradas, comida rica y diversiones varias en la comodidad de mi hogar.

Desde la noche anterior los sonidos de estruendo en las ventanas de mi casa hacían todo un concierto, pero como guerra avisada no mata soldado y si lo mata es por descuidado, yo contrarresté ese concierto de vientos a velocidad de 100km por hora con un playlist de mis canciones favoritas que sonaron toda la noche hasta quedarme dormida.

Desperté en la tormenta de nieve con metas de evasión claras: arreglar mi casa, cocinar, seguir leyendo un libro que me regalaron sobre fotografía y de postre, ver la película “Breakfast at Tiffany’s” con la icónica Audrey Hepburn para deleitarme con todo su glamour y lo histriónico de su personaje como Holly Golightly y evidentemente, caer ante la inmensidad de los ojos oceánicos de George Peppard.

Pero hubo algo que no contemplé en mi plan de evasión: Las redes sociales y las noticias. La tormenta de nieve era la protagonista de todas las redes sociales y todos los medios de comunicación. Ya no lo puedo evitar, ¡tengo curiosidad! Abro la persiana de mi sala: en efecto, un desierto de nieve en el Plateau de Mont-Royal. 

La sensación que comienzo a experimentar bien lejos estaba de la rabia, tristeza, depresión y todos esos sentimientos negativos que por lo general me despierta la nieve. ¡tengo una inmensa curiosidad!. Inicialmente de modo tímido voy tomando fotos con mi teléfono de lo que veo por mi ventana cerrada, pero esto no es suficiente, abro la ventana, se me mete la nieve en la casa y no puedo tomar buenas fotos con mi cámara. No se que espíritu me poseyó, pero me vi obligada al menos a postergar mis planes de evasión para vestirme con indumentarias invernales, salir con mi cámara y observar con mis propios ojos cómo a lo largo del día se iba batiendo el récord de tormentas en Montreal, para llegar finalmente a los 45 cm de nieve.

VER MÁS: En fotos: La histórica tormenta de nieve de este jueves en Montreal

Estando ya en la puerta del edificio para comenzar mi aventura, coincido con mi conserje quien me aconseja la ruta del parque La Fontaine que queda a dos minutos de distancia. Me promete que me voy a sorprender, asegurándome, que lo que muchos podemos ver como tragedia otros lo asumen como oportunidad de disfrute en la ciudad.

Mis primeros testimonios no fueron todavía de disfrute. Automóviles completamente cubiertos de nieve, personas con palas tratando de desenterrarlos. En esta cruda faceta, tres chicos que vinieron a Montreal de visita por las festividades, no tenían ni idea de cómo iban a sacar su auto enterrado en polvo blanco pero reían en el intento. Otro señor montrealés, Phillipe, con rostro sonriente y resignado, también excavando para salvar su vehículo me dice: “Esta tormenta me hace recordar la de 1971, la nieve llegaba hasta el segundo piso de mi casa. Parece aterrador, pero este tipo de tormentas reconcilian a muchos con el invierno, pues en la ciudad es más difícil ver nieve limpia y blanca. Aprovecha este momento histórico y si todavía odias la nieve atrévete a disfrutarla, al menos hoy”. 

Sigo su consejo, continúo caminando hacia el Parque La Fontaine. ¡Que difícil fue llegar a esa meta!, la nieve me llegaba hasta las rodillas y cada paso era desenterrar mi pierna para volverla a enterrar en el siguiente paso. Pero lo logré y comprobé que mi conserje no me mintió. Mientras de un lado de la calle veía a los camiones despeja-nieve convertirse en “transformers” para descongestionar las calles, en el parque se observaban padres con sus niños esquiando y deslizándose por la nieve, parecía un universo paralelo. Tomé fotografías, me caí en un hueco de nieve inmenso, me reí a carcajadas, no lo podía creer: ¡Estaba disfrutando de la nieve en un día histórico! 

Histórico en mi autobiografía fue el momento de regreso a casa. Ya de tanto caerme en la nieve y de tanto enterrar y desenterrar mis piernas para desplazarme, tenía los músculos dormidos y perdido agilidad, asunto que no habría sido tan grave si al menos mi camino de regreso a casa hubiese estado despejado, ¡pero no! Tres camiones “transformers” -los que quitan la nieve- luchaban arduamente, retrocedían, avanzaban… Por un momento, cuando comencé a cruzar la calle, pensé que no me verían y me enterrarían bajo la arena blanca.

Pero los milagros existen. Aunque el regreso a casa fue un tanto aterrador, logré llegar sana y salva para tomar una ducha bien caliente, comer rico y regalarme de postre, acostadita y bien abrigada el clásico “Breakfast at Tiffany’s”. 

Todavía me queda un largo camino por recorrer en materia de aceptación del invierno, pero como reflexión final: “si el cielo me da nieve, aprenderé a hacer muñecos de nieve”. 

Foto: Sofía Carrero