sábado, 9 de febrero de 2013

Una noche en la que los demonios andaban sueltos

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Entre Fronteras
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(Historia, a propósito de ciudades violentas. Los nombres utilizados son ficticios para proteger la privacidad de las personas)

Habíamos quedado en asistir a la fiesta que ofrecía nuestro amigo Petr, con motivo de un aniversario más de un club europeo de Caracas.

Petr, valga la pena un pequeño paréntesis, es lo que llamaría una suerte de justicia divina. Para la época de nuestra historia, presidía un club social de una comunidad que años atrás lo vio como su enemigo. Fue la época bárbara de la europa nazi, cuando también los demonios andaban sueltos.

Petr era un niño judío checo alemán. Fue enviado con toda su familia a los campos de exterminio de Auschwitz, para cumplir con la «solución final» de Hitler. Vio morir a toda su familia, pero él sobrevivió. ¿Cómo?, por un milagro o -como él lo prefiere decir- por su astucia.  Siempre trató de ser útil, diligente, presto para cumplir una labor. Se dio cuenta que esto agradaba a la oficialidad nazi y se aferró a esa tabla de salvación, hasta que un día la pesadilla terminó.

La historia de Petr, un hombre con justicia premiado con una larga vida, un espíritu jubiloso y una vitalidad envidiable, merece un libro aparte. Pero hoy no será dada la brevedad de este artículo.

Como decía al comienzo, habíamos quedado con mi esposa asistir a la indicada fiesta. Pero antes íbamos a pasar por casa de nuestros amigos Henk y Johanna, quienes también irían con nosotros. Henk era entonces el cónsul de un país europeo en Venezuela.

Decidimos ir en un solo carro, el nuestro, y yo al volante. Estábamos por abordar el vehículo cuando Henk recibe una llamada de urgencia de la embajada. Dos viejitos europeos que acababan de desembarcar en el país, fueron asaltados y golpeados por el taxista que los transportaba de La Guaira a Caracas.

Nuestro amigo no dejó de mostrarnos su honda inquietud por lo sucedido. En fin, había que tomar algunas decisiones. Nos regresamos al interior de la casa, para que nuestro amigo comience a monitorear una solución a lo acontecido. Llamadas van, llamadas vienen. Por último, los viejitos fueron atendidos en una clínica y estaban en general bien. Ya un representante de la embajada se estaba haciendo cargo de ellos.

Partimos, no sin un dejo de ansiedad, comentando lo sucedido.

El club en cuestión se encuentra en la urbanización El Paraíso, al oeste de Caracas. Nosotros veníamos del este, teníamos que atravesar toda la ciudad. No habíamos recorrido tanto tiempo cuando a la altura del distribuidor Los Ruices, un tremendo embotellamiento nos esperaba. Patrullas de policías con sus luces intermitentes nos anunciaban que algo grave ocurría. Poco a poco fuimos avanzado, siguiendo el camino trazado por la policía, cuando vemos a nuestro costado un cadáver tirado a la orilla del camino, tapado con sábanas blancas ensangrentadas.

Por fin llegamos a nuestro destino. Nerviosos. Teníamos que estacionar en la calle, el club es pequeño y no tiene suficiente área de estacionamiento. En general, estacionar el carro es una tarea sumamente  estresante, hasta en tu propia casa. No es porque la maniobra sea difícil, sino porque a menudo es allí donde te esperan los amantes de los ajeno para atracarte o quitarte el carro.

Pero, en fin. Llegamos a la fiesta. Ésta estaba en su mejor momento. Fuimos recibidos afectuosamente por nuestro amigo anfitrión, quien se multiplicaba yendo de una lado para otro, atendiendo a los múltiples invitados. Pasó un buen rato y no veíamos a nuestra amiga Jana, la primera dama de la fiesta, la esposa del anfitrión.

– ¿Dónde está Jana, le preguntamos a Petr.

Este toma un aire grave, que nos inquietó.

-¿Qué pasa?

– Pasa que intentaron robarnos en nuestro apartamento.

– Pero ¿cómo? ¿cuándo?. Los agredieron…

– No… Jana está bien, nos responde Petr y empieza a explicarnos.

– No nos pasó nada. Lo que pasa es que Jana tuvo que quedarse para cuidar el apartamento, porque los ladrones sacaron de cuajo la puerta. Y estamos sin puerta de entrada en estos momentos.

– ¿Cómo es eso posible…?

– Si… Lo peor es que todo eso pasó cuando estábamos en el interior del apartamento, arreglándonos para venir aquí. No sabemos cómo los ladrones se las ingeniaron para sacar la puerta, sin que nosotros lo sintiéramos. Probablemente ellos pensaban que ya no estábamos, porque cuando se enteraron que había gente en el interior, huyeron…

Nótese que eso pasó en un edificio con mucha «seguridad», en Las Mercedes.

Ni modo. Qué podíamos hacer más que pasar las horas de la fiesta hasta donde nos alcance el ánimo, convencidos que hay que disfrutar la vida mientras podamos,  porque no sabemos que nos espera a la vuelta de la esquina.

En efecto, horas más tarde, llegó precisamente el momento de dar vuelta a la esquina, para emprender el camino de regreso. A esas altura teníamos el ánimo más curtido y en apariencia ya nos daba igual encontrarnos con más sorpresas en el camino de regreso.

– ¿Sorpresas, dije?

Sí, nos esperaban más. Habíamos pasado plaza Madariaga -si mal no recuerdo- cuando nos encontramos otra vez con un fuerte embotellamiento, a las 2 o 3 de la mañana. Full de carros, como de día. Las mismas escenas, solo que a esas horas oscuras de la madrugada, te estremecían. Muchas patrullas y muchos policías a pie, muy agitados y malhumorados, desviaban enérgicos el tráfico. Por lo comentarios de la gente de los carros vecinos, al parecer se trataba de una persecución con balacera, que había terminado allí. ¿Los habrían atrapado o matado a los perseguidos?, nunca lo supimos.

Obligados por la policía, que nos mandó al desvío, nos vimos  metidos de pronto en un lugar que a esas altura de la noche -o del día inclusive- no se nos ocurriría penetrar, debido a la fama de altamente peligrosos de la que gozaban. Una fama bien o mal ganada… no era el momento para disquisiciones. Avanzamos, siguiendo el sendero, a hurtadillas, como evitando despertar al monstruo, mudos y con el alma en vilo. Así atravesamos los dos San Agustines, el del Sur y el del Norte, hasta caer a Santa Rosalía. ¿Será por algo que llevan nombres de santos estos lugares?.

En fin. No sé cómo, llegamos a la avenida Lecuna, y sin más demora, enfilamos raudos hacia nuestros respectivos hogares.

Dejamos a nuestros amigos Henk y Johanna, en su casa, sanos y salvos. Y enseguida emprendimos el retorno a la nuestra.

No recuerdo si pegamos los ojos el resto de esa madrugada. Pero sí recuerdo el profundo respiro que dimos al llegar a casa y saber que habíamos sobrevivido un día más a la violencia de las calles de Caracas.

Era la Caracas del 2003 y lo narrado ocurrió más o menos entre las 8 pm y las 3 am.

No me quiero imaginar cómo será ahora Caracas, que ostenta el ranking de la tercera ciudad más peligrosa del mundo.

Foto: tejiendoelmundo.wordpress.com