jueves, 14 de febrero de 2013

De una sociedad global y la caída de sus ídolos

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Twitter y el infierno global

El filósofo, literato y comunicólogo canadiense Marshall McLuhan se refirió a las consecuencias socioculturales de la comunicación inmediata, estimulada por medios de comunicación electrónicos (se refería especialmente a radio, cine y televisión, pero también a la fotografía, el teléfono y la prensa gráfica) con un término popularizado por el título de un libro suyo publicado en 1968: Guerra y Paz en la Aldea Global.

Para McLuhan la Aldea Global es un cambio, ocasionado por la inmediatez y accesibilidad en los medios, en la manera en la que la sociedad forma parte del día a día. Los medios nos acercan, nos hacen parte del mundo. Marshall McLuhan murió, a los 69 años, en 1980. 45 años después de Guerra y Paz en la Aldea Global, creo que es seguro decir que el mundo, con el auge de las redes sociales, es hoy más que nunca una aldea. En Venezuela hay un dicho popular que dice “Pueblo chiquito, infierno grande”.

La Metrópolis de Georg Simmel

Para el intelectual prusiano Georg Simmel (1858-1918), sociólogo y filósofo, había una pregunta recurrente en su cabeza: ¿Cuál es el rol del individuo en la sociedad? Simmel escribió un ensayo en 1903 llamado La Metrópolis y La Vida Mental, un trabajo hoy día harto conocido y estudiado, pero en el momento de su publicación no particularmente bien recibido.

El papel subraya la dualidad que experimenta el hombre ante las presiones sociales y sus propios impulsos individuales:

“Los problemas más profundos de la vida moderna derivan del intento del individuo de mantener la independencia e individualidad de su existencia ante los soberanos poderes de la sociedad, ante el peso de la herencia histórica y la cultura exterior y técnica de vida».

¿Quién tiene más retuits?

A las 5:00 am de todos los días se abren los ojos de Joseph Ratzinger. Su cotidianidad es el trabajo, un trabajo que implica decisiones que afectan a millones de fieles. Como es tradición para un hombre de su posición, vive en un palacio. Desde esa magnífica belleza arquitectónica toma decisiones, escribe, lee, piensa. Nada es suyo, renunció hasta a la descendencia. Es el inquilino de una investidura más grande que él que aceptó con humildad.

Se ordenó como sacerdote en 1951, 24 años después de su nacimiento, y hasta el día de hoy ha vivido por y para los demás. Ha ganado premios literarios, ha escrito más de 60 libros en sus casi 86 años. Ha tomado decisiones, unas más acertadas que otras (siempre dependiendo de quién las juzgue, claro), pero nunca se ha escondido. Es un hombre de temple, de trabajo, de intelecto, de carácter y de valentía. Es un hombre de otra época. Es de otra época porque no puede ser de otra forma, ha tenido que adaptarse a un mundo que ya no existe sólo en los libros y en los demás. Benedicto XVI se acuesta todos los días, después de una jornada de trabajo, no más temprano de las 10 de la noche.

Estas líneas empezaron, en mi cabeza, hace un par de días, por un artículo del Huffington Post que publicaba los tuits más graciosos relativos a la renuncia del Papa (http://www.huffingtonpost.co.uk/2013/02/11/pope-resigns-twitter-jokes_n_2661237.html).

Estemos o no de acuerdo con las posturas papales ante los temas que nos atañen, el hecho de que la Aldea Global se mofe públicamente del retiro de un hombre de 85 años dice mucho más de nosotros que de él.

…Cómo caen los ídolos

Nada más hermoso que el deporte: saca lo mejor de nosotros mismos, nos ayuda a convivir con el dolor, a perseverar, a ser mejores cada día. El deporte, como comprendieron los griegos hace más de dos mil años, es una de las manifestaciones más hermosas del espíritu humano.

Los atletas son, además de seres humanos con errores, ejemplo para las nuevas generaciones. Tienen una obligación moral intrínseca. Es un rol que no pidieron, que les fue concedido. Forma parte del “Job Description”.

Uno de mis recuerdos recurrentes de emoción deportiva era ver a un sonriente Lance Armstrong, como una figura de hierro sobre su bicicleta, imponente. El escenario era los Campos Elíseos, y en siete ocasiones sus dedos formaban una figura que recordaba cuántos títulos llevaba. Lance Armstrong sigue siendo, para mí, el mejor en una disciplina de atletas dudosos. Pero nunca va a dejar de ser un mentiroso.

Hoy amanecí con la triste noticia del arresto de Oscar Pistorius. Su novia fue encontrada muerta, con agujeros de balas. Para mí Pistorius es como un Jackie Robinson moderno; un pionero, un valiente. Espero que todo sea una equivocación.

Tanto Armstrong como Pistorius estremecieron las bases de la Aldea. Creo que más que Ratzinger. La conclusión la dejo abierta.

Rodrigo Mendoza: @rodrim3105rodrigo@noticiasmontreal

Foto: Facebook de Oscar Pistorius