jueves, 28 de febrero de 2013

Miguel Bosé, quiebres de voz

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Entre Fronteras
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La única vez que he visto en vivo cantando a Miguel Bosé fue en 1986 en el Poliedro de Caracas, en Venezuela. Desde entonces a la fecha, el cantante español ha hecho una carrera brillante y no podría negársele sus cualidades.

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Miguel Bose nació y se crió en medio del arte, las letras y el espectáculo. Su madre, la actriz italiana Lucía Bosé, y su padre el torero español Luis Miguel Dominguín, se codeaban con las celebridades de la época. Bosé tuvo acceso a una vasta cultura. Estudio teatro y la danza y amplió sus horizontes culturales por París, Roma, Londres y Nueva York.

Bosé debutó en el cine a los 15 años. Pero como cantante, en cierto modo, empezó tarde: a los 21. En sus inicios tuvo un gran padrino, Camilo Sesto.

Para la época en que lo vi no es que no tenía experiencia, ya tenía a sus 30 años, unos nueve cantando, sobre todo, la canción de moda: «Amante Bandido».

Pero su intervención aquella noche caraqueña me dejó una opinión indeleble: me pareció que el cantante no tenía un registro de voz digamos potente, se quebraba ante algunas inflexiones.

Aquella noche del 86 era en realidad el show de Melissa -la bella cantante peruana nacionalizada venezolana- que cerraba su gira de ese año promoviendo su tercer disco, entre los que se encontraban «Confesiones», con Jermaine Jackson y «Cuestión de Feeling» con Riccardo Cocciante. En el repertorio de ese concierto se encontraba también el venezolano Pablo Manavello y como estrella internacional invitada, Miguel Bosé.

Melissa Griffiths Parra del Riego, nació en Lima y llegó a Venezuela cuando su padre desempeñaba un puesto en este país. Le gustó Caracas y se quedó, hasta el 2008, cuando regresó definitivamente a Perú. Melissa es hija de la alta sociedad peruana. Entre sus familiares se encuentra Doris Gibson Parra del Riego, quien fue hija del poeta Percy Gibson y fundadora de la prestigiosa revista Caretas, que luego pasó ser administrada por su único hijo, Enrique Zileri Gibson.

Pues bien, había empezado aquella noche el espectáculo, con un Poliedro lleno, cuando le tocó el turno a Miguel Bosé. Aparece entre una gran ovación, entonando «Amante Bandido». De repente un desperfecto del sonido lo deja sin el acompañamiento respectivo y Bosé se vio sorpresivamente en el compromiso de proseguir a capela. Es allí cuando el cantante empezó a decepcionar a la concurrencia. Primero hubo un murmullo, luego surgieron los gritos de todo calibre y no faltaron los potes de bebidas volando por los aires. El ambiente habría terminado por hundir a Bosé, pero una habilidosa Melissa, conocedora de su público, se aparece en el escenario. Desde el fondo del mismo, se acercaba contorneándose y entonando las letras de Bandido, que no era de su repertorio, pero por lo visto sabía muy bien. Poco a poco se fue plegando a un sorprendido Bosé y juntos continuaron cantando a coro. La masa se apaciguó y de allí en adelante todo fue perfecto.

Me acordé de este episodio, debido a que Miguel Bosé acaba de participar el martes pasado en la tercera noche del Festival Internacional de Viña del Mar, en Chile. Su actuación fue un éxito, el público lo aplaudió, lo amó y lo premió. Bosé agradeció emocionado. Es sabido que la muchedumbre de la Quinta Vergara es muy exigente y a veces suele ser muy dura cuando un artista no le gusta. No fue así con Bosé, todo lo contrario.

Sin embargo, a pesar de su éxito, el diario La Tercera de Chile, en su resumen de la jornada, bajo el epígrafe «lo malo» de la noche, dice lo siguiente:

«La voz de Miguel Bosé, siempre tan profunda y precisa, tuvo varios quiebres durante la actuación del artista español. Desafinaciones y algunos «gallitos» se percibieron dentro de la Quinta Vergara, partiendo con los tonos más altos en el tema «Don diablo» y de ahí en adelante».

Entonces me pregunto: ¿será que mi impresión tiene algo de verdad?

De ser así, esto no debe ser tomado como una crítica. Tal vez la constatación que podemos muy bien  vivir, a pesar de nuestros defectos a cuestas. Y que para triunfar, no necesitamos ser perfectos, quizá solo intentarlo.

Foto: Facebook.com /Melissa Griffiths