martes, 12 de marzo de 2013

La OSM, Tovey y Brueggergosman: solidez interpretativa con visos contemporáneos

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Maesha OSM Montreal

En la tarde del pasado domingo, la Orchestre Symphonique de Montreal presentó al público otro poético abanico de música con visos contemporáneos. La estrella del evento: el director, ganador de un Grammy, Bramwell Tovey. Reconocido, además, como compositor y pianista, Tovey ha dirigido algunas de las principales orquestas del mundo, como la Filarmónica de Londres y las sinfónicas de Boston, Baltimore, Filadelfia y Toronto. Desde hace trece años, está a la cabeza de la Orquesta Sinfónica de Vancouver.

Para abrir el espectáculo, una primicia para nuestro público: los «Winter poems», del canadiense, originario de Winnipeg, Glenn Buhr. La obra, encargada y creada, en 1994, por la Orquesta Sinfónica de Winnipeg, está inspirada en los paisajes invernales que han marcado la vida del compositor. En palabras de Buhr, el siguiente puede ser el ambiente que trata de describir: «Recuerdo la luz del sol sobre la nieve, los colores invernales, el vapor suspendido sobre las chimeneas de los grandes edificios… Tantas sensaciones placenteras de un invierno en el Oeste Canadiense percibidas con nostalgia desde un apartamento climatizado». No queriendo perderse esta ocasión de singular importancia, Buhr se desplazó hasta Montreal para asistir al concierto.

La obra exhibe una partitura hermosa y plástica, interesantísima. Pieza muy intelectual, con un plan semiserial, con pocas notas en la mayor parte de las frases. Sonidos nuevos, pero coherentes y sin cacofonías; sugerentes, con leves giros de torsión, que le dan un sabor nuevo. Es una pieza que no se siente como experimental, sino al contrario, como experimentada, madura. La percusión se luce. Hacen coro las maderas, y el arpa.

La orquestación, siempre en un continuo de fondo; todas las secciones, especialmente las cuerdas, son un cojín de murmullos con un eco leve. El director, sin embargo, como es siempre la manera de Tovey, está atento a cada minucia de la obra y de toda la orquesta.

Tovey, dejó ver, una vez más, su absoluta y profunda comprensión de la literatura musical contemporánea, con un dominio idéntico al que siempre ha mostrado para su repertorio clásico.

Dado que se trata de la «première» de esta obra en Montreal, habría valido la pena incluir en el programa una nota acerca del compositor. Buhr, por su parte, una vez terminada la ejecución de sus «Winter Poems», ascendió al proscenio para recibir la ovación de un público emocionado.

Como si fuera poco, para concluir la primera parte del concierto, se presentó una obra vocal para ser declamada en perfecta comunión con la música: «Les nuits d’été», de Hector Berlioz, basada en seis poemas del escritor francés Théophile Gautier. Se trata de unos de los mejores poemas de Gautier, textos por excelencia para recitar. Es una composición rítmica compuesta de melodías despojadas de evocaciones religiosas o de virtuosismo operático. Con una duración de 30 minutos, tiene seis partes en forma de cantata, con títulos como «Villanelle», «Le spectre de la rose», «Sur les lagunes», «Absence», «Au cimetière» y «L’île inconnue». En el programa de mano, fue incluida la transcripción de esta obra literaria, en francés y con traducción al inglés, en forma de verso.

Como solista, la canadiense Measha Brueggergosman, tan apreciada por su labor como Embajadora de Buena Voluntad del Canadá. Un privilegio gozar de la voz de aquella cantante afrodescendiente que, en el 2010, fue escuchada por más de tres mil millones de personas en la apertura de los Juegos Olímpicos de Vancouver. En esta ocasión, aunque la voz no adopta pirotecnias virtuosísticas de alta dificultad, sí se emiten en algunos momentos tonos, semitonos y notas graves muy difíciles de lograr. Brueggergosman sorprendió, con su voz sólida y vibrante, bello timbre (un registro de cristal), buen ritmo, y tras desplegar gran potencia, capaz también de gran dulzura. Mostró su escuela, tan reconocida internacionalmente. Quisiéramos destacar su interpretación de «Le spectre de la rose», extraordinaria, y del finale,»L’île inconnue», estupendamente lograda.

Una pieza de grandes dificultades de memorización y de interpretación escénica. En suma, una obra interpretativa que traduce con fuerte sabor melódico el espíritu literario del gran maestro Théophile Gautier y del maravilloso Hector Berlioz.

Interesante y atractiva, la segunda parte. Tras el intermedio, la Sinfonía #4 de Ralph Vaughan Williams (sobrino nieto de Charles Darwin), la única sinfonía a la cual el compositor no dio título alguno. Obra que, a pesar de tener ochenta años de creada, es absolutamente moderna, de gran energía y sonoridad, con un ritmo “ostinato”. Una pieza sumamente compleja, pero muy interesante. A pesar de su estilo y de su carácter violento y discordante, varios críticos le han adjudicado el epíteto de «brahmsiana», especialmente por pasajes como la dulce cadencia de flauta, de gran compasión y calma.

Hermosos compases donde las cuerdas exponen las melodías, los vientos responden y luego contestan, otra vez, las maderas. El «Finale con epilogo fugato» es una inusitada combinación de frases e instrumentos, con sugerencias fantasmales que surgen de temas y tonalidades insinuantes; evocaciones de sentimientos introspectivos. El director Tovey, muestra una sólida y detallada comprensión de la partitura. Vale la pena comentar que, al parecer, esta sinfonía de Vaughan Williams está de moda en Canadá. Prueba de ello es que la Orquesta Sinfónica de Toronto acaba de lanzar un nuevo disco compacto con esta sinfonía.

En cuanto al programa, resulta magnífico que podamos escuchar este tipo de obras en nuestro medio. Una vez más, agradecemos a la OSM y a su director, el maestro Kent Nagano, por la presentación de eventos como este, y en especial, por la elección de grandes solistas canadienses, como Measha Brueggergosman, para deleitarnos, ojalá tan frecuentemente como sea posible.

Foto:  Cortesía OSM