miércoles, 20 de marzo de 2013

Diez años después de la invasión, Irak luce aún como una zona de guerra

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El Mundo
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Se cumplen hoy diez años de que Estados Unidos, en alianza con algunos países, invadió Irak sacando del poder al todopoderoso Sadam Hussein. Hace como 15 meses que las tropas invasoras dejaron el territorio iraquí. En ciertos aspecto ha habido avances, pero la violencia no ha cesado.

Se trata de una violencia sectaria, racial, religiosa o simplemente de grupos que quieren asirse del poder. Las escaladas incesantes de atentados cobran la vida de numerosas personas. La estabilidad luce lejos, tal vez imposible, en un escenario de hasta irreconciliables disputas.

A pesar de los ingresos del petróleo la economía no ha mejorado. El 41,9% de los iraquíes están en paro y casi el 23% se sitúa por debajo del umbral nacional de la pobreza.

Informe de RTVE.es

Irak y el resto del mundo recuerdan, este 20 de marzo, el inicio de la guerra que trajo consigo la caída del régimen de Sadam Hussein y una invasión que duró ocho años.

El conflicto, iniciado unilateralmente por Estados Unidos y Reino Unido con el apoyo de otros países (entre ellos España) pero sin el aval de la ONU, tenía supuestamente el doble objetivo de eliminar una amenaza internacional (las famosas «armas de destrucción masiva» que se demostraron inexistentes) y convertir el país en una democracia, aceptable con economía de mercado.

La realidad, 10 años después, es que Irak aún no ha podido cerrar sus heridas: la violencia continúa y la reconstrucción se eterniza.

Desde el punto de vista de la seguridad, la retirada de las tropas de EE.UU., en diciembre de 2011, puso fin oficialmente a la guerra, pero no a los atentados. Los iraquíes se han acostumbrado a las bombas, que a menudo llegan en oleadas como la que este martes costó la vida a decenas de personas.

En cuanto a la reconstrucción material y económica, un reciente informe estadounidense del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Irak (SIGIR) concluía que la vida diaria de los habitantes del país no había mejorado, pese a los millones de dólares invertidos.

Coste en vidas humanas

La principal consecuencia de esta, como de cualquier guerra, ha sido obviamente la pérdida de vidas humanas. Solo las cifras de soldados invasores muertos son precisas, mientras que las de civiles se basan en estimaciones.

Según la web iCasualties, que ha registrado las bajas militares desde el inicio del conflicto y a quien los medios internacionales suelen citar, 4.486 soldados estadounidenses y 179 británicos han muerto desde 2003. Las cifras oficiales del Pentágono a fecha del 18 de marzo son ligeramente inferiores: 4.422 muertos entre uniformados y civiles al servicio del Ejército.

En este cómputo no se incluyen las bajas militares de otras nacionalidades (11 españoles), ni los civiles extranjeros fallecidos. Entre estos últimos, cabe mencionar a dos periodistas españoles: el operador de cámara José Couso y el redactor Julio Anguita.

Respecto a los civiles iraquíes, el estudio más reciente es el de la revista médica The Lancet , que cifra en 116.903 los iraquíes muertos y en 5 millones los desplazados. Otras fuentes, como la ONG Iraq Body Count, elevan la cifra hasta los 120.000.

Violencia sectaria e influencia de Irán

Tras la invasión, el administrador civil designado por EE.UU. Paul Bremer, excluyó a todos los antiguos dirigentes del Partido Baaz de la administración y desmanteló las fuerzas armadas. Dos decisiones que precipitaron el aumento de la violencia sectaria y la aparición de diversas milicias, según han reconocido incluso antiguos miembros de la administración Bush, como Paul Wolfowitz, entonces vicejefe del Pentágono y uno de los mayores instigadores de la guerra.

«Había un pacto a la fuerza durante la época de Sadam en el que una minoría suní mandaba sobre la mayoría chií y los kurdos», explica, en declaraciones a RTVE.es, Francesc Badia, gerente e investigador del Centro de Investigación y Documentación Internacional de Barcelona (CIDOB).

«La intervención americana rompe los equilibrios internos. Se cometen varios errores: primero la guerra en sí,  y después la gestión de la posguerra», continúa. «Se impone que gobierne alguien de la mayoría, los chiíes. Esto, que parecía una mejora, tiene una serie de consecuencias y desata la guerra civil donde se mezclan excombatientes con gente afiliada a Al Qaeda, un baño de sangre que duró entre 2005 y 2007», añade.

Un aumento temporal de tropas estadounidenses y un cambio de táctica a cargo del general David Petraeus puso fin a la contienda civil. Pero los grupos armados y las milicias sectarias o tribales continúan activos, a pesar de que las fuerzas de seguridad son muy numerosas (1.2 millones para 33 millones de habitantes, según el Financial Times).

Hay, además, un agravante, según Badia. «Un gobierno chií ha reforzado al eterno enemigo, que era Irán. Se ha reequilibrado geopolíticamente el panorama y no a favor de una sociedad más abierta», explica.

La influencia iraní no solo genera el recelo de la población suní, sino el de los países árabes vecinos y el de Estados Unidos, que ve como el fracaso de su proyecto para Oriente Medio ha abierto la puerta a su principal antagonista en la región.

Un gobierno enrocado

Sobre el papel, el Irak post-Sadam es una democracia parlamentaria, lo que supone una gran diferencia positiva. La constitución establece la separación de poderes y un Estado supuestamente fundamentado en instituciones democráticas y en la ley. Pero los hechos son más complejos.

Amnistía Internacional denuncia que la tortura y la impunidad de las fuerzas de seguridad son moneda corriente. La corrupción es asimismo un mal endémico, según Transparencia Internacional, que sitúa a Irak en el puesto 169 de una clasificación en la que el más corrupto está en el 176.

El primer ministro, el chií Nuri Al Maliki, elegido en 2006, cuenta aún con el respaldo de EE.UU. (y de Irán), mientras suníes y kurdos le dan la espalda. La injerencia externa y las divisiones sectarias han llevado a que Al Maliki «se enroque», en palabras de Badia, y acabe defendiendo su propia supervivencia y sus intereses privados, prescindiendo cada vez más del Parlamento.

La crisis política con los suníes se inició en diciembre de 2011, poco después de la retirada estadounidense, cuando las autoridades acusaron al vicepresidente, Tariq Al Hashemi, de organizar atentados terroristas.

Hashemi huyó primero al Kurdistán, después a Turquía y finalmente a Catar, pero Al Maliki fue incapaz de cerrar la brecha abierta en el Ejecutivo. Desde diciembre de 2012, las manifestaciones son constantes en las provincias de Ninive y Anbar, de mayoría suní, para reclamar mayor representación política. La revista Foreign Policy habla de una «primavera suní» que ya se ha cobrado víctimas mortales.

La coalición opositora Al Iraqiya, integrada por chiíes y suníes, apoya esas protestas y en febrero decidió boicotear las reuniones del Gobierno de unidad nacional, donde ocupaba ocho carteras, en señal de solidaridad.

Con los kurdos, en cambio, el desencuentro tiene una motivación económica, ya que el Gobierno Autónomo del Kurdistán ha comenzado a gestionar por su cuenta los ingentes recursos petrolíferos de la región que controla.

La última vuelta de tuerca de la empantanada situación política iraquí se produjo este mismo martes: alegando falta de seguridad, el gobierno de Bagdad anunció que postergaba «al menos seis meses» las elecciones provinciales en Nínive y Anbar, previstas para el 20 de abril.

Estancamiento económico

Otro de los objetivos del «virrey» Bremer era abrir la economía iraquí a las inversiones internacionales, privatizar los bienes del Estado y desregular el mercado interno, a imagen y semejanza de la doctrina económica entonces imperante en Washington.

El gasto total en la reconstrucción se calcula en 146.000 millones de dólares (112.000 millones de euros) de fondos iraquíes y 60.000 millones de dólares (46.000 millones de euros) de fondos estadounidenses.

Pero ni las ayudas ni el crecimiento económico propulsado por el petróleo (14,7% previsto para 2013, según el FMI) se traducen en una mejora de la vida de la población.

El 41,9% de los iraquíes están en paro y casi el 23% se sitúa por debajo del umbral nacional de la pobreza. El 56% de la población rural carece de un acceso adecuado al agua. En la capital, Bagdad, los apagones son frecuentes, aún no se ha reparado el sistema de alcantarillado dañado durante los bombardeos y los edificios oficiales continúan protegidos por bloques de hormigón.

La única región que florece es el Kurdistán iraquí, a costa de una total desregulación y de impuestos cero para las inversiones extranjeras, cuyos beneficios pueden ser repatriados íntegramente.

«Los grandes negocios son el petróleo y la seguridad, esto es también herencia de la invasión. Las infraestructuras están pensadas no para el bienestar de la población sino para la exportación», asegura Badia.

El oro negro es la única baza de Irak para salir adelante. El sector petrolífero, antaño propiedad estatal e infraexplotado, se privatizó tras la invasión y supone dos tercios del PIB. Grandes empresas extranjeras (estadounidenses, pero también chinas y rusas) se han establecido en un país que cuenta con las cuartas mayores reservas del mundo. Si se cumplen las previsiones oficiales, para 2017 Irak producirá 12 millones de barriles al día, igualando a Arabia Saudí.

El experto del CIDOB advierte no obstante que la excesiva dependencia del crudo «genera una economía extractiva» en la que «unos cuantos se enriquecen rápidamente y el resto de la población vive al margen y de los sobrantes».

En 2007, el entonces senador y hoy secretario de Estado de EE.UU., Chuck Hagel, dejó clara su percepción sobre una guerra a la que oponía: «La gente dice que no estamos luchando por el petróleo. Por supuesto que sí».

Foto: Pantalla video Youtube