martes, 9 de abril de 2013

I Musici de Montreal y «L’ivresse de l’amour»: Acople exacto, seguridad y espiritualidad poética

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I Musici Montreal

El pasado domingo, en la Maison Symphonique, la Orquesta de Cámara I Musici de Montreal ofreció al público el concierto «L’ivresse de l’amour» (La embriaguez del amor), con un programa exquisitamente seleccionado por el director Jean-Marie Zeitouni. La velada fue complementada con una subasta en el Salon Urbain de la Place des Arts para recoger fondos, en aras de potenciar el desarrollo de este meritorio conjunto musical, que está cumpliendo treinta años de fundado.

Primera en la noche, la «Suite Carmen», del célebre compositor ruso Rodion Chtchedrine (1932), con los pasajes más sublimes y recordados de la obra maestra de Bizet. Como bien señala el programa de mano, estas melodías son fácilmente reconocibles, incluso por aquellos que poco o nada saben de ópera. La musa de Chtchedrine a la hora de dar vida a esta suite: su esposa, la «prima ballerina assoluta» Maya Plisetskaya (nacionalizada española, en 1993). Chtchedrine lo compuso para que ella lo interpretara en ballet, y, como los latinos siempre estamos ahí, el coreógrafo de la pieza fue Alberto Alonso (cuñado -no hermano, como dice el programa de mano- de Alicia, la primera dama de la danza latinoamericana, quien, finalmente, haría de esta versión balletística de Carmen uno de los hitos de su carrera).

Algunos pasajes son más que extraordinarios.  Vale mencionar el aria de las cartas (“la carte impitoyable répétera la mort”…), que, para mí, es una de las más impactantes arias de todas las óperas, tanto por su música, como por su texto. Hemos de resaltar también el Finale, que nos lleva a recrear en la mente la danza paroxística y alucinante del presentimiento y la lucha contra la muerte, donde Carmen traduce en expresión gestual y corporal su trágico fatum, rodeada de los demás personajes, en desenfrenados giros. Una obra maestra de tensión y dolor. Es increíble ver cómo Bizet fue capaz de componer una ópera tan larga en la cual no hay ni un solo instante que no sea de belleza superior, y cómo, a su vez, en plena época de los compositores ultramodernos, Chtchedrine fue capaz de darle vida a otra pieza maestra que no traicionara, en absoluto, el espíritu desgarrador y liberador de la obra inmortal de Bizet.

Con ese sabor de frutas y maderas de las arias de Carmen, pasamos al intermedio, y, luego, la segunda parte comenzó, con una de las piezas más sagradas del repertorio universal, el «Adagietto», de la quinta sinfonía de Mahler. En cuanto a este compositor y a esta obra en particular, no puedo dejar de referirme a la espiritualidad poética de los pasajes meditativos, tan característicos suyos, con su estilo, súmmum del romántico, con un deje de tristeza muy personal. Muy poética, insistimos, la esencia, serenísima, del «Adagietto», así entendida por Zeitouni, quien preparó y condujo la orquesta dentro de una interpretación llena de sentimiento.

Tanto la dirección como la ejecución fueron óptimas. Desde los primeros compases ya se sentía la seguridad, la debida potencia, y sobre todo la buena preparación que la orquesta recibió. Contrabajos, violines y percusión iban entrando…y al cerrar los ojos para que el lugar desapareciera, el sonido y el ajuste de cada sección de la orquesta era idéntico al calco mental de interpretaciones escuchadas a grandes orquestas. Todo perfecto: el tempo, el timbre, el fraseo, los matices del volumen, las entradas de cada instrumento. El resultado de esta noche fue idéntico al de una Filarmónica de New York o Sinfónica de París, o al de la Philarmonia, de Londres, o a cualquier grabación de la Deutsche Grammophon, de Berlín.

Y, para completar la noche, la tensión se afina: una de las mejores composiciones de Leonard Bernstein, en este 2013, en que se cumplen 95 años de su nacimiento. La obra de Bernstein, “Serenade”(basada en «El Banquete», de Platón) se oyó con exquisita ejecución. Creación difícil y demandante, cuya ejecución en esta noche nos tiene inmersos en uno de esos momentos que el arte nos entrega como un arcano para vivirlo en elevación.

Vibrante y afilada en los pizzicati, con acople exacto del conjunto y muy cantábile en los pasajes de largo vuelo. Y, en verdad, con fuego crepitante, en el movimiento finale, Molto tenuto; allegro molto vivace. Todo ello gracias al gran acierto que fue haber escogido como solista a Vadim Gluzman, el glorioso violinista ucraniano, aplaudido por su interpretación perfecta junto a las mejores orquesta del mundo. Gluzman es uno de los solistas más extraordinarios que han tocado con I Musici en los últimos años.

En cuanto al director Zeitouni, se percibe muy exacto y plástico en la mímica de conducción, atento a cada pequeño detalle, a cada matiz. La orquesta en su totalidad mostró, una vez más, excelencia en la ejecución. Jean-Marie Zeitouni y su orquesta se convirtieron con toda legitimidad en sí y por sí mismos no solo en Bernstein, sino en música real, física y cerebral.

¿Y qué más puede uno decir, luego de constatar tales prodigios? Afortunadamente, gracias a los líderes que la impulsan, esta orquesta continuará demostrando la excelencia musical que es posible producir en esta nórdica ciudad, cada vez más rica en pasión por las artes que nutren el espíritu.

Foto: Captura de pantalla / YouTube