martes, 16 de abril de 2013

De relatos de paz y tolerancia: Charles Chaplin y su Gran Dictador

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Justo hoy, que la agenda pública titula nuevas tensiones oriente-occidente, enfrentamientos con visos de guerra civil en Venezuela, y funerales de gente inocente en Boston -entre ellas un niño de 8 años que veía a su padre correr-, justo hoy, quiero hablar de paz.

En el año 1889 nacieron dos personas que nunca se conocieron personalmente, un artista y un militar: El primero, un 16 de abril, el segundo, cuatro días más tarde. Ambos nacieron pobres y murieron ricos. Uno fue perseguido, calificado de apátrida y traidor ahí donde fue. El otro persiguió, con fiereza tal, que exterminó, según cifras de su propio partido político, a 6 millones de judíos (dos tercios de los judíos que había en Europa).

En 1940 Charles Chaplin estrenó El Gran Dictador, sátira sobre la megalomanía de Adolf Hitler. En un mundo menos global, Chaplin desnudó al canciller alemán. En Europa, el proceso germano contaba con el servicio de la mayoría de la prensa. El propio Winston Churchill, por ejemplo, no había logrado convencer a su país de la peligrosidad de la ambición del Reich.

Precisamente, un húngaro perseguido por el régimen Nazi, el talentoso director y productor Alexander Korda, notó un gran parecido entre Charlotte, icónico personaje de su gran amigo, y el líder del partido nacionalsocialista alemán. Así se lo hizo saber. Charlie (cuyo medio-hermano, Sidney, era judío) entendió la oportunidad que le daba la historia.

Humanista de profesión, Chaplin dijo una vez: “lo más triste que puedo imaginar es la costumbre al lujo”. Charlotte tocaba el corazón, se enamoraba, se movía con gracia (según W.C. Fields, Chaplin fue “el mejor bailarín de ballet que hubo jamás”). Cada película estaba llena de emoción, de tristeza y de esperanza. Pero también de denuncia. Siempre tuvo presente su rol social.

Entendió antes que nadie que el artista, para ser trascendente, tiene que tener además una intrínseca naturaleza democrática. Cuando su mejor amigo, Douglas Fairbanks, le advirtió sobre su actitud ante la dirigencia, indicándole que a los Estados Unidos no les gusta que un extranjero los critique, Charlie le respondió que era “precisamente su amor por los Estados Unidos” lo que lo impulsaba a la crítica.

Por eso fue perseguido tan severamente por el fisco estadounidense, J. Edgar Hoover a la cabeza. Los Estados Unidos macartistas empezaron a arrinconar a la “izquierda”, entendida más como una actitud ante el establishment que una filosofía política. Los artistas sufrieron. Charlie, el primero.

En todos lados repudiaban al artista. En Europa, El Gran Dictador fue prohibida por el político alemán. Cuentan que pidió una cinta, que llegó vía Portugal, y la vio dos veces. No se sabe nada de la reacción de Hitler. Charlie, al enterarse, dijo “daría lo que fuera por saber qué le pareció”.

Toda esta historia es el prólogo del video que, exhorto, vean a continuación. Se trata del clímax de El Gran Dictador, cuando el barbero judío, de gran parecido al dictador, llega al estrado para pronunciar un discurso. El discurso es una oda a la paz, a la hermandad y al amor. Entiendo por qué fue perseguido por todos. 

Foto: Facebook de Charles Chaplin

Twitter: @rodrim3105 – rodrigo@noticiasmontreal.com