domingo, 9 de junio de 2013

Crónica de un viaje barato

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Cronica de un viaje Barato

¿Quién en Montreal no ha tomado alguno de los tours baratos que ofrecen las populares compañías de turismo del Chinatown montrealés? En 2010 utilicé los primera vez los servicios de una de estas compañías para viajar a Nueva York y como el balance fue positivo decidí repetir la experiencia. Pero esta vez, sin que todavía pueda explicar por qué, opté por cambiar de agencia y contratar a Wonder Travel. De esta forma, lo que comenzó como un inocente viaje de placer acabó en una auténtica pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo.

La mañana del sábado 11 de mayo la salida del metro Place d’Armes estaba repleta de autobuses modernos en los que grupos de turistas se agolpaban para dirigirse a diversos destinos: Ottawa, Quebec, Toronto, Nueva York. Al cabo de un rato, apareció nuestro guía y pidió que lo siguiéramos. Cruzando la calle estaba nuestro transporte: un cacharro viejo, sucio y maloliente.

A las 10:00 am llegamos a Kingston. Luego de 10 estupendos días de verano con temperaturas de hasta 25 grados, la primavera regresaba con fuerza. Así, con 5 grados y bastante viento, hicimos el paseo en barco por las Mil Islas, hermoso lugar en el que habitan o veranean “las familias más ricas de América”, tal como lo anuncia el altoparlante del barco.

Luego de hacer una pausa para almorzar en un restaurante de la cadena North China (en el que Wonder Travel y el guía pretendían que almorzáramos durante tres días), partimos hacia Toronto. El plan era detenernos en downtown a visitar la CN Tower, el City Hall y pasear un poco. Pero a las 2:20 pm, faltando hora y media para llegar a nuestro destino, el autobús se accidentó. Allí comenzó el viacrucis.

El guía hizo un par de llamadas y nos informó que otro autobús partiría desde Toronto para recogernos en el transcurso de dos horas. Me sorprendió la serenidad con que todo el grupo de pasajeros se tomó la noticia. Tres horas después no había llegado ningún autobús y cuando se le pedía información al guía sobre el estatus de la situación este solo repetía que esperaba respuesta. A las 5:00 pm perdí la paciencia y le dije que era inaceptable que al cabo de tanto tiempo no solo no hubiera respuesta, sino que ningún gerente se hubiera dignado siquiera a hablar con nosotros para disculparse. Le dije que se sincerara pues estaba claro que el supuesto autobús que esperábamos de Toronto en realidad no existía. Entonces admitió lo que siempre intuí: que el autobús había partido desde Montreal, no desde Toronto, y que llegaría a eso de las 9:30 pm.

Estábamos en medio de la carretera, adonde los camiones nos pasaban de cerca de toda velocidad, y nuestro autobús no contaba siquiera con un triángulo de seguridad. Pedimos al chofer y al guía que llamaran al 911 para pedir asistencia, pero estos se negaron. Entonces los pasajeros decidimos llamar por nuestra cuenta. Pronto llegó un policía, quien al evaluar la situación pidió a su vez apoyo al departamento de asistencia en carreteras de Ontario. El policía recriminó al guía y al chofer por el mal servicio que nos estaba prestando Wonder Travel, y alto y claro dijo que si no había una respuesta pronto por parte de la compañía él mismo daría la orden de remolcar el accidentado bus. De inmediato procedió a desalojarnos del lugar, y haciendo varios viajes nos trasladaron hasta New Castle, el pueblo más cercano, adonde esperamos nuestro autobús sentados en un Tim Hortons. Nuestro primer día de tour se había ido al traste. Ocho horas después, casi a las 10:00 pm, llegó el nuevo autobús, esta vez uno grande y limpio, que nos llevó a un hotel de la cadena Four Points cerca de las cataratas del Niágara. Era la 1:00 madrugada.

El domingo fue el único día medianamente normal del tour. Salimos temprano hacia las cataratas del Niágara. Subimos a la Skylon Tower, algunos se montaron en el barco Maid of the Mist y otros simplemente nos quedamos caminando y tomando fotos por ahí. Ya para ese momento el guía del tour expresaba su disconformidad con que varios de nosotros nos negáramos a comer en el buffet de North China y participar en todas las actividades que él quería vendernos.

Terminamos el domingo visitando el centro de Toronto. Poco después de llegar, a eso de las 6:30 pm, cayó una lluvia de granizo y la temperatura bajó a -3 grados centígrados. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, así que nos encerramos en un restaurante a comer y beber una cerveza. A eso de las 9:00 pm regresamos al hotel Four Points de Mississauga, adonde el guía del tour armó una nueva pataleta digna de una película de los hermanos Marx.

Un grupo de turistas franceses, todas personas muy educadas y alegres, insistían en que pagarían lo correspondiente a las actividades disfrutadas durante el tour, así como los 18 dólares de propina obligatoria para el chofer y el guía, cuando estuviéramos de vuelta en Montreal, pero no antes. Esta táctica dilatoria, por así decir, tenía en parte como fin presionar al guía para que este a su vez presionara a la compañía para que alguien nos recibiera personalmente en Montreal y nos ofreciera la disculpa que jamás (hasta el sol de hoy) llegamos a recibir, amén de informarnos cómo se nos compensaría por el tiempo perdido y las molestias ocasionadas. El guía, que se creía y actuaba como el monarca absoluto del tour, amenazó a estos clientes con no entregarles las llaves de sus habitaciones y dejarlos durmiendo en la recepción del hotel si no pagaban lo que debían de inmediato, y les advirtió que si al siguiente día insistían en su posición no los dejaría subir al autobús y se verían obligados a regresar a Montreal por sus propios medios.

Tras unas dos horas de intensa discusión en el lobby del hotel el gerente del complejo se acercó para interceder y tratar de llegar a un acuerdo. Se encerró con el guía en una oficina y media hora después salió con una propuesta: ambas partes redactarían y firmarían un documento en el que se relataba objetivamente lo que había sucedido, con el fin de que los afectados pudieran reclamarle a la agencia de viajes una compensación económica por el tiempo perdido. Sin darnos cuenta, nuestro viaje de placer se había convertido de pronto en una especie de tribunal del absurdo. Ante la falta de una mejor solución, ambas partes se mostraron de acuerdo. Los franceses recibieron entonces las llaves de sus habitaciones y, exhaustos, nos fuimos todos a dormir.

El desayuno del lunes estaba incluido en el paquete, así que nos levantamos temprano para comer. Un muffin, un jugo de manzana y un croissant tieso y frío metidos en una bolsa de papel fue lo que nos dieron para desayunar. Como era de imaginarse, la redacción de la carta se extendió por cuatro horas, a lo largo de las cuales hubo gritos y hasta un intento el guía de romper lo que se había logrado acordar. Pero el momento más tenso se vivió a la hora de firmar el documento. Los franceses pedían que la firma estuviera acompañada de una copia de algún documento de identidad, a lo cual el guía se negó alegando que él no poseía ninguno con él. Ante la intransigencia del guía, los franceses desistieron de esta última exigencia y tanto los pasajeros como el guía firmamos finalmente el documento. Alguna vez, pensé, me gustaría leer el manual de atención al cliente de Wonder Travel; debe ser tan entretenido e ilustrativo como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce.

Casi a mediodía, hambrientos y hartos de tanta discusión sin sentido, partimos a nuestra última visita del tour antes de regresar a Montreal. Luego de detenernos en una tienda de Ice Wine y una granja de gingseng llegamos al palacio legislativo de Ontario, en el centro de Toronto, y de allí seguimos hacia Casa Loma, “el castillo más importante de Canadá”, según anuncia su página web. Solo dos o tres personas, sorprendentemente del grupo de los franceses, se animaron a entrar al castillo. El resto, en parte negados a pagarle nada más a aquel guía, nos quedamos paseando por los alrededores. Al finalizar la actividad, de regreso en el autobús y listos para volver a Montreal, el guía montó su penúltimo show: o pagan de inmediato lo que deben o el autobús no arranca. Los franceses alegaban que el viaje terminaba en Montreal y que ellos pagarían al regreso, pero el guía insistía en que el tour ya había terminado y que debían pagarle su propina de inmediato. No hubo acuerdo y el guía decidió llamar a la policía. Tras una hora de discusión con los policías, estos explicaron que no era su trabajo obligar a nadie para que le pagara a otra persona y que no veían ningún inconveniente en que los turistas cancelaran lo que debían al llegar a Montreal.

Eran ya las 3:00 pm cuando los policías se retiraron, dándonos la razón a los pasajeros. Estábamos todos hambrientos, sedientos y felices de volver a Montreal. Visiblemente molesto por no haber conseguido lo que quería, el guía anunció que partiríamos directamente a Montreal sin hacer la respectiva parada para almorzar. La próxima parada, dijo, la haríamos a eso de las 6:00 pm. Suspendía así el almuerzo para castigarnos por no habernos sometido a sus designios, sin importarle que apenas habíamos comido en todo el día y que en el grupo había personas mayores que no podían permanecer tanto tiempo sin comer. Le reclamé enérgicamente por su conducta irresponsable y antiética, pero el tipo como si la cosa no fuera con él.

Llegamos a Montreal pasadas las 9:00 pm del lunes 13 de mayo. No más estacionar, el guía se levantó de su asiento y advirtió que nadie se bajaría del autobús hasta que no se le cancelara lo debido. Los franceses honraron entonces su palabra y se acabó el drama. Liberados al fin, las 26 personas que vivimos aquella odisea nos despedimos efusivamente, hermanados por la vivencia de una experiencia inolvidable aunque sin duda muy lejos de lo que cualquiera llamaría un viaje maravilloso.

Si este tipo de turismo del absurdo le resulta atractivo, estimado lector, entonces no lo piense más: Wonder Travel es la opción perfecta.

Eduardo Fuenmayor / Especial para Noticias Montreal

@fuenmayore – http://falladeborde.com/

Foto: Eduardo Fuenmayor