lunes, 30 de septiembre de 2013

Con la Orchestre de Chambre McGill, Mark O’Connor triunfa en la Maison Symphonique

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Mark O'Connor McGill

El sábado 28 de septiembre, pudimos disfrutar, en la Maison Symphonique, del primer concierto de la temporada 2013-2014 de la Orquesta de Cámara McGill, bajo la dirección del maestro Boris Brott, con un programa muy bien seleccionado que llevaba por título “Clásicos americanos”.  La presencia estelar de la noche: el violinista y compositor estadounidense Mark O’Connor, mundialmente famoso solista, con su violín que lo ha hecho varias veces ganador del Grammy.

La velada se inició con la contemporánea y refinada “Symphonie de chambre”, del joven compositor ruso-canadiense Airat Ichmouratov.  Para el público que se inicia, y que nunca alcanza a ver bien a los instrumentistas en los conciertos de orquesta  sinfónica, esta velada con una orquesta de tamaño de cámara fue una oportunidad única de observar en primer plano el complejo trabajo de cada ejecutante.  Y, como veníamos diciendo, el público estuvo compuesto principalmente por personas ajenas al mundo de las salas de conciertos.  Es por eso que director y solista fueron comprensivos ante los numerosos aplausos en las pausas entre los movimientos.  El vestuario del respetable tampoco fue el que normalmente se ve en este, el mejor auditorio de música clásica de la ciudad.

A continuación, el estreno canadiense de “Elevations”, obra del protagonista de la noche, Mark O’Connor.  Pienso que, aunque con influencias de épocas y períodos diferentes, y estratos musicales distintos (estos con influencias folclóricas o nativas y étnicas, o altamente cultas), la obra se construyó de manera muy sólida, con dos movimientos de igual cariz desde el punto de vista orquestal, rítmico, estilístico y de expresión. El compositor habla de la presencia en la pieza de tres elementos fundamentales que rodean el ambiente californiano en el cual se desarrolló la creación:  el desierto al Este, las montañas al Norte, y el océano Pacífico al Oeste.  Juntos, los tres elementos forman como un espejo de tres alas en el cual se reflejan y se entremezclan mutuamente.

A pesar de lo compleja, no se trata de una obra pesada. Disfrutamos de sus sorpresas orquestales, tímbricas, estructurales y retóricas.  Resulta muy interesante escucharla en serie con el resto de obras de la noche.

Siguió Benjamín Britten, con su sentimental y atemporal “Sinfonía simple”.  Esta construye un panorama de picos y hondonadas, a base de frases irregulares y muchas alternancias anímicas. Ello crea un contexto sugerente, que lleva al escucha por evocaciones ancestrales telúricas, entre intrigantes preguntas.

Mark O'Connor McGill

Y, tras el intermedio, coronaron la noche con la première canadiense de la monumental “American Seasons”.  Se trata de una obra compuesta por el compositor Mark O’Connor, con, en esta ocasión,  O’Connor mismo como solista.  Es una descripción de los estadios de la vida norteamericana en el cambio de milenio.  Dividida en cuatro “estaciones”, representa los períodos y lugares de la existencia humana. “¿Salimos al escenario a bailar?”, debió haber sido la pregunta de más de un espectador, en algunos pasajes de la obra.  Muy interesante y refrescante en un concierto clásico, escuchar esta combinación de instrumentos en una mezcla de estilo “trad” y música de composición contemporánea. En la música popular de hoy, lo llaman “fusión”. 

En ocasiones, nos hemos quejado de la falta de sabor o “feeling” de algunas orquestas clásicas cuando interpretan “blues”, “jazz” u otros ritmos folclóricos americanos.  En esta ocasión, los  ejecutantes, dueños del “swing” típico de su continente, lograron el máximo acometido, en los dejes, tanto de los estilos de la herencia cultural norteamericana en sí, como de giros modernos y hasta casi de música no tradicionalmente “académica”.

Impresionante la larguísima cadenza del solista.  No sabemos hasta qué punto el violinista O’Connor improvisó en esta parte, pero lo cierto es que el público estuvo al borde del paroxismo.

Se nos ofreció un sabor nuevo para nuestras salas de concierto: con los gorjeos cromáticos cuajados de dejes sinuosos y contorsiones sensuales de esta pieza. El público quedó cautivado.

Encontramos similitudes con la obra de O’Connor interpretada en la primera parte del concierto: en el fraseo, las alternancias, las resonancias, las disonancias, los pianos “y las explosiones”, las pequeñas o cortas apoteosis que emergen esporádicamente, etcétera.  Y en especial para el virtuoso director, las cuatro obras de la noche, de una manera muy parecida, son procesos extremos de virtuosismo en el control del tempo, la complejidad, la expresión, el detalle, la concertación.

Reiteramos, una vez más, lo interesante y atractivo que resulta escuchar los programas que escoge el maestro Boris Brott.  Bien merecidos tiene los cuantiosos honores que ha acumulado a lo largo de su esforzada y meritoria carrera.

Fotos: Sergio Esteban Vélez / Noticias Montreal