martes, 22 de octubre de 2013

La consagración de Nézet-Séguin

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El pasado viernes, en la Maison Symphonique, pudimos disfrutar del primer concierto de la temporada 2013-2014 de la Orchestre Métropolitain, bajo la dirección del maestro Yannick Nézet-Séguin.  Con el título de “1913”, el programa buscaba destacar tres obras magistrales del repertorio universal, creadas hace exactamente un siglo.

Sin embargo, con motivo del fallecimiento de ese gran filántropo de la cultura que fue Paul Desmarais, se omitió la ejecución de la primera de estas piezas, el Jeux, Poème Dansé, de Debussy, y fue reemplazada por la del amadísimo Adagio de Barber.  A través de esta interpretación, la orquesta rendía homenaje póstumo a quien fuera su más entusiasta y generoso benefactor.  Presentes en la sala estaban su viuda, Jacqueline Desmarais, y su hija Sophie, que se han caracterizado siempre por su compromiso con la promoción de las artes.

Sobrecogedora la ejecución de esta obra por parte de la orquesta.  Como es bien sabido, este Adagio es una pieza que, aunque inicialmente fue creada para cuerdas, ha devenido tan universalmente popular, que es tocada con frecuencia en toda suerte de versiones y transcripciones:  para cuarteto de cuerdas, para orquesta,  para conjunto de vientos, en versión vocal…   La orquesta llevó a cabo este recorrido con delicadeza, con expresividad romántica, con giros imprevistos producidos por la inteligente orquestación y, sobre todo, con mucho sentimiento, todo el que puede despertar la pérdida de una figura como la de Monsieur Desmarais, tan metida en el alma de su Quebec entero.

A continuación, el Concierto  para piano #2, de Prokofiev, en las virtuosas manos de la jovencísima Beatrice Rana, irrumpe vigoroso, en un piano extraordinariamente stacatto, fuertemente pautado y ejecutado, bajo la dirección de un Nézet-Séguin incisivo, y con una orquesta disciplinada y bien preparada para tan difícil obra. Con el mismo vigor, se alternan variaciones en una vena serena y en tempos “cavalcanti”. La ejecución, siempre crocante, tanto la del artista como de toda la orquesta.  Rana mostró su talento prodigioso, y su extraordinaria manera de poseer tanto la partitura como el teclado, como si fueran partes de su cerebro y de su cuerpo.

“La Consagración de la Primavera”, de Stravinsky, fue la obra con la cual culminó la noche. Se trata, como todos sabemos, de una pieza cumbre en el repertorio de una orquesta madura, maratón de complejidades y dificultades de máximos requerimientos.

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Atender la ejecución de semejante galaxia sonora, no sólo con el sentido del oído, sino también con todos los demás sentidos, incluyendo el del tacto, es un viaje a un mundo casi siempre inasible, que en esta noche pudimos, no sólo atrapar, sino además ¡penetrar! Más allá de las tradicionales coreografías de ballet para esta obra, en la cabeza, como si de una película se tratara, uno puede ver, al ritmo de estos sonidos ancestrales, personajes muy primitivos, alrededor del altar de un fuego sagrado, llegando al clímax de asir las voces de los dioses.

Yannick Nézet-Séguin, multiplicado, agigantado, supremo. No se explica uno cómo hace el director para que, entre tanta complejidad de sonidos, estridencias, cacofonías, armonías, fortísimos y tutti, cada instrumento y cada compás salga limpio, nítido, destacado, preeminente, protagónico…

¡Qué exactitud, qué cortes afilados, qué unidad! En pasajes expresivos, la fuerza del ataque mesurada en crescendi controlados, lo que se llama la “forza”, o la manera de incrementar el volumen, muy paulatinamente, a lo largo de todo el arco, en vez de pasar de piano a forte repentinamente. Para nosotros, esto fue uno de los detalles de excelencia.  En el primer pasaje lento, talvez el tempo se ralentizó demasiado, perdiendo un poco de la fuerza anímica que conlleva en la escena cuando se presenta con danza. En el pasaje adagio del finale, la marcha está enfatizada con un sabor a hechicería y tribal, chamánica que evoca con efectividad el paroxismo sacrificial de la obra. Se puede decir que ¡ni siquiera hizo falta la orquesta!

Y el efecto de conjunto, es el de percibir al director, la orquesta y la audiencia envueltos en el grito de la humanidad, palpitando en su cerebro y en su pecho una respuesta que viene desde Stravinsky y la música del cambio de siglos y de mentalidades, que nos alza sobre las guerras, las miserias y la muerte, para perpetuar siempre, una y otra vez, el renacer de la vida, el despertar de la primavera.

Una vez más, terminamos expresando, a nombre del público de Montreal, nuestro agradecimiento por este regalo fabuloso, y por cuanto nos ha entregado Yannick Nézet-Séguin en el corto pero fecundísimo trayecto de su vida, y felicitando a la Orquesta Metropolitana por tan feliz comienzo de temporada, y por su dedicación y sus constantes esfuerzos y aciertos.

Fotos: Sergio Esteban Vélez