lunes, 28 de octubre de 2013

Elecciones municipales y candidatos hispanos en la provincia de Quebec

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El arca de Enoïn
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Alcaldia-de-Montreal-Hotel-de-Ville

Las elecciones son un ritual social: como el Halloween, el San Valentín, el carnaval, la Semana Santa o Navidad, que se practica en las sociedades occidentales, desde hace más o menos dos siglos, en promedio cada cuatro años. Con este ritual el ciudadano; como se le llamaba en el siglo XIX a la gente educada, con cierta independencia económica y con una buena cantidad de tiempo libre para dedicar a la vida pública, busca evitar la perpetuación en el poder de eso que, en buen castellano de Colombia, podríamos llamar el reinado de los mismos con las mismas.

En las democracias respetables –y no quiero citar una en particular, porque todas las democracias tienen sus lunares- las elecciones cumplen, en teoría, la función que cumplen los balances y rendiciones de cuentas en las empresas. En ese momento el elector, que le otorga al elegido la parcela de poder que adquiere con la mayoría de edad, pide cuentas y oye propuestas para decidir si renueva su confianza en él o si escoge a otra persona para que represente sus intereses, sus aspiraciones y sus creencias y caprichos filosóficos en la escena pública.

Los candidatos a elegidos, para demostrar que son sensibles y empáticos con la condición humana, deben -durante uno o dos meses– cargar y besar niños ajenos, visitar ancianos, palear nieve, meterse al barro, cargar ladrillos y fingir interés por los asuntos de la vida cotidiana  de la gente del común. Ellos saben que el que mejor juegue ese rol  ganará el derecho a pasar cuatro años alejado del tráfago tortuoso, que joroba minuto a minuto, semana tras semana la vida de la gente que no es elegida.

Pero eso no basta. Para que el ritual sea completo y creíble, los políticos deben durante esa competición singular que son las elecciones, insultarse, ridiculizarse y asumir la pose de personas inteligentes, resumiendo en pocas palabras y con términos pomposos la tracalada de problemas, en los que se sumergen día y noche sus electores. Igualmente deben inventarse soluciones exóticas para problemas, que muchas veces ellos mismos se inventan. El truco tiene el objetivo de convencer al elector de que el elegido se preocupa por los problemas que lo asfixian en la vida de todos los días. Si su mensaje cala en el elector, el político es elegido y de ese modo puede dedicarse a practicar en los foros de la democracia su deporte favorito: parlamentar sobre lo humano y lo divino, fingiendo que arregla el país.

El ejemplo claro de lo que en política podría llamarse parlamentar por parlamentar, sin detenerse a pensar en la vida de la gente del común, en el destino de la nación o en el futuro de las nuevas generaciones lo acabamos de presenciar en los Estados Unidos. Allí el Tea Party le ha servido varias tazas de té tóxico a un país entero, simplemente porque quiere arrodillar a un gobierno comandado por el partido rival, al que le quiere imponer a troche y moche su agenda ideológica de menos presencia del Estado en lo social y más presencia del Estado en lo militar.

El ícono que podría simbolizar el acto político de parlamentar para estorbar es el senador Ted Cruz. Con el objeto de impedir que la ley Obama sobre la salud se pusiera en marcha, Cruz habló 21 horas seguidas dentro del marco de una estrategia, que buscaba paralizar al Estado para conducir al gobierno al fracaso. Cruz es una de las primeras figuras hispanoamericanas que ha alcanzado plena visibilidad en el congreso estadounidense. Lo asombroso es que se ha vuelto visible por poner su poder al servicio del dogma ideológico y no de la sociedad.

El ejemplo de Cruz me permite volver de nuevo al tema de esta crónica: las elecciones municipales. Hay momentos en la vida de las sociedades democráticas en los que el problema más grave de la sociedad no es el desempleo, la mala calidad del sistema de salud, la inseguridad generalizada o el estancamiento de la economía. Es la clase gobernante, la élite política.

Este es el caso de Montreal y de varios de los municipios vecinos y circunvecinos, como Laval, Mascouche y Saint-Jérôme, donde el principal problema que hoy tiene la sociedad se llama la clase política.

Estas apacibles ciudades, donde los periodistas, antes de 2009, penaban a diario por encontrar un hecho digno de primera página, han sido sacudidas desde el 2010 por una serie de escándalos políticos de talla mayor. La indelicadeza de la clase política y del entorno empresarial que la acólita corrompió el sistema municipal y se llevó por delante a varios alcaldes. En su ir y venir la puerta fue dejando al descubierto la manera cómo la mafia –pura y dura, la de pistola y plomo– capturó por debajo de la mesa el mercado de la contratación municipal, en el ramo de la construcción de obras públicas. La captura de la contratación municipal por parte de la mafia sucedió, en simultánea, con la toma de la dirección de un sindicato de obreros de la construcción.

La avalancha sepultó al alcalde de Montreal, un hombre de aire santurrón, que más que alcalde de ciudad cosmopolita parecía cardenal vaticano de la época del papa Pablo VI. Para completar la maroma, por usar un giro vallenato de Adolfo Pacheco, su sucesor, Michael Applebaum, que llegó a sucederlo prometiendo hacer el aseo, fue detenido por la policía seis meses más tarde. Dicen las malas lenguas que Applebaum fue a dar a la gayola, por haber implementado –de tiempo atrás- un sistema de permisos destinado a sus amigos constructores de condominios –algunos de ellos empresarios honorables reputados por tener lazos con el mundo del malevaje–, que les permitía levantar sus edificios sin tanto pero ni paro.

Pero bueno, la intención mía en esta ocasión no es hacer el inventario de los escándalos de corrupción protagonizados por la élite política de Montreal y sus alrededores. Sobre eso ha corrido tanta tinta en los periódicos, que ésta alcanzaría para llenar un lago.

Mi interés en esta ocasión es recordarle a los 98.330 hispanoamericanos de Quebec: sin importar su edad, la importancia de tomar partido en estas elecciones. De no hacerlo, alguien lo va hacer por ellos. En el caso de Montreal, donde viven 80.175 hispanos, que vienen de los países situados al sur del Río Grande, implicarse en la cosa pública, a través del voto, significa comenzar a afirmarnos como grupo social y a reclamar el derecho a vivir alrededor de la plaza.

Esto se podría hacer votando por personas como Soraya Martínez, candidata a la alcaldía de la Comuna Villeray-St-Michel-Parc-Extension, por Sergio Borja, que aspira a ser concejal local en el distrito del Canal o por José Humberto Salas Castro, que aspira a consejero local en el distrito de Saint-Paul-Émard. Aunque aspiran a conseguir curules a nombre de partidos diferentes, estos hijos de la América Hispana bien merecen el apoyo de la comunidad hispánica, en los distritos y comunas en las que se la  juegan por la democracia.

En Sherbrooke, ciudad en donde sólo tres hijos de la emigración osaron presentarse a título independiente, porque ningún partido les abrió las puertas, también hay dos hispanos en lista: Juan Ovidio Arango y  Edwin Moreno.

Un mensaje que circula insistentemente en las redes sociales pregona que a los políticos, como a los pañales, hay que cambiarlos a menudo por la misma razón. En el área de Montreal llegó el momento de cambiar a los políticos, pues la actual clase política produce náuseas. Una manera de renovar la clase política sería llevando más inmigrantes a los puestos de mando.

La clase política tradicional de Montreal está desprestigiada. Un mal olor envuelve hoy al hôtel de ville. Los viejos políticos expelen un insoportable aroma a pañal usado, que nos genera repulsión. Pero esto no debe llevarnos a reusar nuestro derecho de hacer uso del voto. Es en momentos como éste, en los que ejercer la ciudadanía se convierte en un acto soberano. En la actual coyuntura, participar de la vida política votando a conciencia resulta saludable para la sociedad y para los sujetos.

¿Por qué no aprovechar este momento de escándalos, rupturas y renovación para posicionarnos como hispanos en la escena pública municipal y local? A usted la palabra mí querido lector.

Foto: Flickr / Alexis Birkill (CC)