miércoles, 6 de noviembre de 2013

Barack Obama arriba al primer año de su segundo mandato con una popularidad erosionada

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El Mundo
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Un día como hoy, hace un año, Barack Obama fue reelegido presidente de los Estados Unidos con el 60% de aprobación. Hoy las encuestas lo sitúan en torno a un 40% de aprobación.

En un año ha perdido 20 puntos y continúa descendiendo.

Esta baja de popularidad no parece ser solamente a causa de problemas típicos del desgaste del poder.

Después de un primer período presidencial relativamente tranquilo, Obama llegó a un segundo con un panorama distinto, matizado de viejos conflictos que estallaron. En este escenario se hicieron evidentes las debilidades que sus críticos veían en él.

Una de ellas es su visión y postura frente al escenario internacional. Pleno de buenas intenciones, poco eficaz a la hora de resolver conflictos. A menudo éstos le han dictado la agenda, como es el caso de la catástrofe humanitaria que ocurre en Siria.

Cuando todo se preparaba para una invasión a ese país -no del todo convencido y muy a medias tintas lo que militarmente hacía el proyecto vulnerable-, acontece una declaración irreflexiva del secretario de Estado John Kerry, que cambió diametralmente el escenario mundial de ese momento.

Desde entonces Rusia, ayudado por el negociador para Siria de la Naciones Unidas, Lajdar Brahimi, pasaron a manejar el conflicto y aún está en sus manos.

Otro problema que está dejando muy mal parado a la administración Obama es el espionaje masivo por parte de los servicios de seguridad de los Estados Unidos, básicamente la NSA, la Agencia de Seguridad.

Al comienzo, cuando el polémico Edward Snowden lo denunció, parecía que sólo se trataba de un espionaje a los ciudadanos del país, hecho que ya estaba mal, pero que bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo de algún modo fue asimilado por la población.

Posteriormente se supo que los tentáculos de los servicios secretos estadounidenses parecieran no tener límite alguno. No hay lugar donde no hayan metido sus narices, y tampoco se han detenido ante la majestad de ningún dignatario de un país.

Han espiado mensajes y escuchado conversaciones hasta de los mejores amigos de los Estados Unidos, como es el caso de Angela Merkel, la canciller alemana.

Numerosos gobiernos de países europeos han presentado sus quejas ante los Estados Unidos por estas prácticas irregulares. El Parlamento europeo reaccionó indignado, proponiendo eliminar el acuerdo de intercambio de datos bancarios con Estados Unidos.

De este lado del continente, la presidenta brasileña Dilma Rousseff -también víctima personal de espionaje- planteó recientemente la realización de un Foro Mundial para fijar normas respecto al uso de internet y las comunicaciones electrónicas, con su vista puesta en poner un cascabel al gato estadounidense.

A nivel interno, Obama se vio enfrentado a una parálisis de su gobierno durante varios días, hasta el filo de la noche que precedió al día que Estados Unidos podría haber entrado en situación de no pago. La peor pesadilla que le podría pasar a la primera potencia del mundo y que además habría traído una secuela internacional inimaginable.

Pero este escenario doméstico es una repetición de lo que ya ha pasado anteriormente. Es más, la película volverá a pasar dentro de algunos meses, en febrero próximo, que es la fecha en la que los dos partidos acordaron como límite para reabrir el gobierno y en ese momento negociar nuevos términos del acuerdo y sobre todo fijar o no el techo de la deuda estadounidense.

No parece una solución razonable para un país que ambos sectores políticos en pugna –republicanos y demócratas– se empecinen en sus posiciones. Partidariamente esto podría ser aceptable, pero no puede ser percibido como una fortaleza para un gobierno, sino por el contario, como una debilidad para lidiar con este profundo problema.

Además, independientemente de posiciones políticas, hay un hecho que tarde o temprano Estados Unidos debe enfrentar: la monstruosidad de su deuda. Algo tienen que hacer para disminuirla, o por lo menos pararla.

En el punto en que se encuentra esta situación, no creemos que ni el más genuino keynesiano estará de acuerdo en seguir creciendo a costa de gasto público sin límite.

Foto: Pantalla video Youtube