lunes, 18 de noviembre de 2013

Los tipos de políticos: aproximación taxonómica a una especie que aún no se ha clasificado

Publicado en:
El arca de Enoïn
Por:
Temas:

Silueta-Politico

A raíz de mi entrada de finales del mes de octubre de 2013 en este blog, dos amigos -cada uno por su lado- que están ligados a la actividad política me contactaron, para exponerme sus puntos de vista sobre el contenido de la nota. Según ellos, el discurso no-explícito del artículo contenía una mirada negativa –y más bien burlona- del hombre y la mujer que dedica su vida a la vida pública.

En su opinión, este tipo de miradas contribuyen a restarle importancia al rol que cumple el político como actor social. De ese modo los formadores de opinión terminan –sin quererlo, sostienen ellos- sembrando en el imaginario público, sobre el político, la semilla del cinismo. Con el sentimiento de la desconfianza plantado en el corazón, el ciudadano acaba tomando distancia de esa figura social indispensable para el funcionamiento de la democracia: el individuo que ejerce la política. 

Debo acotar aquí –por  razones pedagógicas- que uso el termino individuo, porque en las sociedades contemporáneas la política, afortunadamente, dejó de ser solamente un asunto de hombres para ser ejercida –en hora buena y abiertamente- por las mujeres y por personas de todas las orientaciones sexuales. Esto sin duda le hará mucho bien a las sociedades democráticas. 

Argumentan mis amigos que la descripción que hice del comportamiento de los políticos durante las elecciones contribuye a profundizar esa imagen, que tiene la gente del común del individuo que ejerce la política como oficio: un ser hábil para engatusar al público; un avivato que promete una cosa cuando en realidad persigue otra; un genio de la palabra que no duda, durante la campaña electoral, en decirle al ciudadano lo que quiere oír, para ganarse su confianza, obtener su voto, salir elegido y dedicarse a hacer otra cosa, una vez obtiene el poder. 

Al final mis contertulios, cada uno a su modo, concluyeron recalcándome lo mismo: en política hay mucha gente buena. Lo que pasa es que en la mayoría de las elecciones los buenos candidatos no salen elegidos, porque se cohíben de mostrarse simpáticos con el público en campaña, por temor a encarnar las caricaturas que la gente se ha hecho del político tramposo.

Según su manera de ver las cosas, el temor de ser caricaturizados por cronistas, blogueros burlones y dibujantes humorísticos, que gozan ridiculizando a los políticos en las páginas de los periódicos y las bitácoras de Internet, es uno de los factores que impide a los buenos políticos de mostrar su lado humano en campaña. Empeñados en parecer sinceros y honestos, terminan comportándose como seres distantes, que dicen cosas demasiado racionales, en un lenguaje que la gente no entiende. 

Forzados a usar una jerga demasiado técnica y a asumir un estilo acartonado, que les impide cargar y besar niños ajenos, codearse con vedetes populares, visitar ancianos, escuchar líderes comunitarios y patear balones de fútbol en las canchas polvorientas de los barrios deprimidos, donde convergen los jóvenes sin privilegios, el buen político –sostienen mis amigos- no llega nunca a seducir al electorado. Éste, cansado de la clase política tradicional, termina por abstenerse, por votar en blanco o anular su voto. De ese modo la puerta queda abierta para el político tradicional, que acaba siendo elegido por una minoría, que hace parte del engranaje de la maquinaria, que sostiene al statu quo de Nunavik a la Patagonia. 

Sin caer en la retórica de la Chilmotrufia, condensada en su sonora frase de combate: “pues yo como digo una cosa también digo la otra” y sin intentar salirme por la tangente, creo conveniente decir que mis amigos tienen en parte razón. Si uno examina cuidadosamente cada campaña electoral –de Alaska a tierra del Fuego- va a encontrarse que muchos de los nombres que aparecen en las tarjetas electorales, elección tras elección, corresponden a personas que llegaron a la arena pública con la intención de hacer política de manera honesta, transparente y basándose en los buenos principios.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, estas personas terminan fracasando en su intento por cambiar las costumbres políticas y cuando ganan, su proyecto de poner el Estado al servicio del bien común no prospera. Como mis amigos sé que, si bien hay políticos que son censurables, también hay muchos políticos que valen la pena. Este tipo de políticos –que llega de vez en cuando al poder y gobierna con dificultad- es el que hace avanzar la sociedad. Cuando tiene la suerte de ganar, ese político pone en marcha –en tan sólo uno o dos periodos de presencia en los palacios de gobierno- un conjunto de políticas públicas, que marcan la vida de la sociedad por dos o tres décadas. 

Eso fue lo que sucedió en los países occidentales, particularmente en Estados Unidos, con varios políticos que llegaron al poder después de la Gran Depresión o luego de la Segunda Guerra Mundial. Éstos líderes entraron a la historia porque dieron inicio a un periodo de desarrollo social y de crecimiento económico continuo, que algunos sociólogos se han dado en llamar los 30 años gloriosos. Las políticas implementadas por esos dirigentes llevaron a la implantación y consolidación del ideal del Estado de bienestar o Estado garante, en las naciones de capitalismo desarrollado. El avance y vigencia del paradigma fue acogido sin contradicción hasta que triunfaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que trajeron de vuelta el ideal del Estado conservador: pequeño, austero, de vocación policiva y sin responsabilidades sociales. 

Al contrario de lo que creen mis amigos, soy de la consideración que aquellos que tienen la facilidad de escribir, y la voluntad de hacerlo, y que tienen además la posibilidad de ser leídos porque escriben para los periódicos, están llamados a poner al descubierto las fallas que esconden los programas de los políticos y los defectos de éstos. Igualmente creo que una de las cualidades de un buen político es la de tener –como dicen en mi tierra- el cuero grueso y duro. Esto le permite de soportar –sin inmutarse– el ácido que vierten sobre él los humoristas que lo caricaturizan; las críticas de los formadores de opinión que lo auditan; los latigazos de los adversarios que lo fustigan; y los madrazos de la gente que lo detesta. 

Sin ser yo propiamente un pesimista soy de la consideración que los políticos, aunque –en general– nos cuestan caros y una vez sobre dos nos engañan, son (como se dice en Colombia) un mal necesario. Por eso es importante que los vigilemos, que no les rindamos culto, que les pidamos cuentas y que los castiguemos cuando abusan de la confianza o no cumplen sus promesas. 

La solución a los males de la democracia no consiste en la implementación de la idílica sociedad sin políticos, que algunos ideólogos anarquistas, basados en el principio ni Dios, ni jefe, ni Estado ni ley, sueñan. En el mundo de hoy esa democracia directa donde todos –en una suerte de asamblea de propietarios de casas de conjunto cerrado– deciden el curso de la comunidad no es posible. 

De otro lado las aventuras revolucionario-totalitarias del siglo XX nos mostraron que la solución a los males de la sociedad tampoco está en las manos de los lideres mesiánicos: de los hombres-providencia (aquí sí vale usar en toda la extensión de la palabra la categoría hombre, porque no tengo noticia de mujeres que hayan ascendido al poder a través del uso de la fuerza), que buscan redimir al pueblo, imponiendo a tiros un orden nuevo.

El curso de la historia nos ha mostrado que el guerrillero remático, que tomó las armas para derrocar a sangre y fuego a una élite oligárquica, corrompida y tirana, ha terminado reproduciendo en su paso por el poder los mismos hábitos que combatió con el fusil en la mano. Por doquier las élites proletario-revolucionarias, que remplazaron a las élites oligárquicas por la vía de las armas, en su afán de mantenerse en el poder no han escatimado el uso de la tiranía y no han dudado en recurrir a la corrupción para fidelizar sus cuadros y adeptos. La solución tampoco viene del lado de las dictaduras militares, como creen otros.

En general, considero que no es saludable hacerse vagas ilusiones con la clase política. Creo que lo mejor es mantener el ojo puesto sobre ella antes, durante y después de las elecciones. Ese ejercicio, que puede resultar por momentos, como se diría en francés, dégoutant: (los términos español no tienen la misma fuerza) nos permite  tomar decisiones adecuadas el día de las elecciones.

Mantener una mediana atención sobre el devenir de la vida política nos permite igualmente de tipificar a los políticos, conocer su catadura, identificar sus mañas, develar el entramado de sus ideas y adivinar sus intenciones. Por eso creo que lo mejor sería clasificarlos adecuadamente, tal como se tipifican las especies animales o vegetales.

Sin embargo, un sobrevuelo rápido –y muy alto- sobre la literatura especializada me lleva a creer que la sociología, las ciencias políticas y el periodismo no se han ocupado aun de la materia. Si bien es cierto que los perfiles con respecto a los tipos de liderazgos están bien definidos, la caracterización de los tipos de políticos no se ha hecho aún. Roger-Gérard Schwartzenberg, que se ocupó de estudiar a los políticos exitosos, considera que estos se dividen en cuatro tipos: el héroe, el hombre corriente, el hombre encantador y el jefe de familia, que se destaca como padre ejemplar, marido fiel y amoroso.

Como lo que no existe se crea, voy a permitirme de hacer –toscamente, porque no soy un experto en la materia- un perfil taxonómico de los políticos. En mi opinión hay cinco grandes categorías.

  • El demagogo-populista, que puede ser de derecha o de izquierda. Este político dice –sin pudor– aquello que el electorado quiere oír. Su único objetivo es acceder al poder para defender sus dogmas y los intereses de un grupo muy reducido. Su discurso suele ser incendiario y está plagado de metáforas militares, sentimentales y religiosas. Las referencias al pueblo, la patria, la revolución o al contrario a la defensa de los valores familiares y religiosos o de los bienes de la gente de bien están siempre presentes en su retórica. Cuando llega al gobierno, si no se enriquece rápidamente él, no le ve  ningún problema a que sus allegados lo hagan sin ningún pudor. Recurre a todos los medios para permanecer en los palacios gubernamentales y justifica su permanencia en ellos, evocando siempre la defensa de los ideales superiores de la patria, la revolución o del pueblo. El liderazgo de este tipo de políticos se basa en el carisma y su fortaleza principal es el verbo, la oratoria.
  • El visionario e inspirador. Este tipo de político no se concentra tanto en señalar las dificultades y los males de la sociedad, sino en señalar una meta, un destino. Emerge en los momentos de crisis y su discurso más que hacer un inventario de los problemas sociales, se centra en incitar a la sociedad a salir de la zona de confort e invitarla a asumir el reto de cambiar de paradigmas. No promete un mundo nuevo sin dolor ni penas. Todo lo contrario: enfatiza que el cambio de paradigma implica ciertos sacrificios, pero tranquiliza a sus conciudadanos recordando los momentos memorables de la historia colectiva y los nombres de los individuos que los hicieron posible. Su liderazgo más que carismático es ético. Más que un ideólogo defensor de dogmas, es un promotor de programas. No solamente habla, también escucha. Por eso no tiene problema de incorporar en su proyecto de sociedad las ideas de sus contradictores.
  • El defensor del statu quo, el conservador del orden. En general este político sólo se interesa en que el sistema funcione, que las cosas no cambien y que el poder no se le escape de las manos. Más que administrador del Estado, es administrador de su clientela y engrasador de la maquinaria electoral. En su visión de la política, los intereses de la familia, de los amigos y de la clientela están por encima de los partidos y de las instituciones que gobierna. Por eso no duda en heredar su poder al hijo, al hermano, al sobrino, a la esposa.
  • El utopista radical, que quiere acabar con el orden imperante para imponer un orden nuevo, sin propiedad privada, sin clases y sin jefes, o su contraparte: el conservador radical, que quiere retornar a un orden pasado, que rigió una sociedad perfecta, dirigida por un estado mínimo, que desapareció por exceso de libertad. Tanto el uno como el otro no creen en la democracia y desconfían de las mayorías. 
  • El pragmático, que no se preocupa por innovar y se esmera porque el Estado funcione bien y haga su tarea. Este político, si bien no se preocupa por hacer avanzar la sociedad, se esfuerza por evitar que ésta retroceda.
  • Finalmente hay que decir que el mejor de los políticos, si no se siente vigilado por los ciudadanos y si no siente que su reinado esta amenazado por otras fuerzas políticas, termina corrompiéndose y desarrollando su vocación aristocrática. Esto es lo que hace que sea de capital importancia para la democracia la existencia de blogueros incisivos, de cronistas burlones y de caricaturistas cáusticos, que no pierden de vista el tema político. Gracias a ellos, el grueso de la sociedad no se olvida de sus gobernantes y de vez en cuando se interesa por lo que hacen, les pide cuentas y entre chiste y chanza les recuerda sus compromisos.  

Foto: Pablo A. Ortiz / Noticias Montreal