jueves, 5 de diciembre de 2013

Mandela empezó como Gandhi, luegó llamó “a tomar las armas” y terminó como un símbolo de paz

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Entre Fronteras
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Nelson Mandela rindió su alma al cielo.

Esta frase tal vez sea correcta en su caso, ya que el líder sudafricano profesaba la religión metodista, que es una rama cristiana del protestantismo. Lo que no sabemos, es si acaso el líder sudafricano logró “salvar su alma”.

Digo esto porque Mandela, como metodista, creía ciertamente en el principio de “salvación” del alma o del espíritu, pero basado en la teología “arminiana” (que proviene del Arminianismo), la cual sostiene “el libre albedrío” en la salvación. Esto es, que el ser humano “se salva” mientras mantenga su fe, si la pierde, no.

No lo sabremos nunca en el caso de Mandela. Tampoco sabremos qué tan comprometido estuvo con su fe, o si solo la practicaba como solemos hacer muchos que profesamos el cristianismo católico; o sea, solo los domingos o cuando tenemos un verdadero apuro.

Lo que sí sabemos de Mandela es su enorme compromiso con su pueblo, el pueblo negro de Sudáfrica, al cual entregó prácticamente toda su vida, en una suerte de apostolado.

Mandela nació y vivió en un país de mayoría negra, pero gobernado por una minoría blanca, que no solamente mantenían a esa mayoría segregada hasta de los más elementales derechos humanos, sino también que ejercían contra ellos toda suerte de explotación y violencia, tanto de facto, como institucional al negarles acceso a numerosos servicios del Estado.

Para los negros sudafricanos su vida transcurría triste, en la pobreza, el acoso y los  temores.

Mandela entendió desde muy joven cuál era su papel: Rebelarse contra estas injusticias.

En el Colegio Universitario de Fort Hare, donde entró para obtener un título en Artes, fue elegido miembro del Consejo de Representantes Estudiantiles e hizo una huelga estudiantil. Fue expulsado casi de inmediato, junto con otros de sus compañeros.

A partir de ese momento Sudáfrica ya tenía un líder, que lo encaminaría a su liberación. Pero el poder también lo identificó muy joven y le persiguió.

Las luchas políticas iniciales de Mandela y los suyos estuvieron inspiradas en el estilo pacífico de Mahatma Gandhi, muy difundido en ese momento. Pero con ello no lograban más que ser blancos fáciles de los blancos.

Mandela y 150 compañeros fueron arrestados un 5 de diciembre de 1956 y sentenciados a prisión, que cumplieron hasta 1961, cuando fueron liberados.

Pero ya ese mismo año la situación cambió para Mandela y los suyos. Tras varias escisiones y reacomodos en las fuerzas políticas opositora de entonces, los partidos ANC (el Congreso Nacional Africano) y el Partido Comunista Sudafricano (SACP) decidieron, unidos, una nueva estrategia.

Durante la Conferencia Pan-Africana, celebrada ese mismo año de 1961, Mandela lanzó su inflamado “llamado a las armas” y anunció la creación del comando “Umkhonto we Sizwe“, algo así como “la lanza de la nación”, dirigido por él mismo.

De más está decir la eficacia de su nueva estrategia de lucha, sin pretender sentar opinión al respecto. Sin embargo, tuvieron que pasar 33 largos y penosos años de acciones y reacciones. Mandela, como muchos otros líderes, pasó encerrado en prisión 27 años.

Mandela salió en libertad el 11 de febrero de 1990. Para entonces era ya era un líder internacional. Su liderazgo y las condiciones ya más favorables internamente, como el advenimiento a la presidencia de Frederik Willem de Klerk, lograron que ambos bandos se sentaran a negociar y forjar el famoso acuerdo de libertades políticas y democráticas, que daría fin a las políticas del Apartheid.

El 10 de mayo de 1994 por primera vez un negro asumía la presidencia de Sudáfrica: Nelson Mandela.

Tanto Mandela como De Klerk recibirían el Premio Nobel de la Paz en 1993.

Podría ser muy polémico el hecho que Mandela haya recibido un premio que honra la paz, justamente quien un día lanzara un grito de guerra. Pero también lo recibió el exguerrillero que lideró la lucha armada del pueblo palestino a través de la OLP, Yasir Arafat. Lo recibió junto con el israelí Issac Rabin, por el “armisticio” que firmaron, algo parecido al gesto de Mandela y De Klerk.

Al respecto, e intentando una explicación sobre esto último, me vienen a la memoria las palabras de Martin Luther King sobre lo que pensaba de la paz.

Dijo Luther King: “La verdadera paz no es simplemente la ausencia de guerra: es la presencia de justicia“.

Foto: Captura de pantalla / YouTube