domingo, 8 de diciembre de 2013

20 años de la muerte de Pablo Escobar: retrospectiva sobre la vida de un bandido que marcó la historia de su país (I)

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El arca de Enoïn
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Pablo Escobar

Colombia, según observadores acreditados y amateurs es un «país de bandidos». El tema ha sido objeto de debates entre intelectuales en la prensa colombiana, de novelas y de ensayos históricos y sociológicos, en los que se trata de desvirtuar dicha aseveración o, por el contrario, de confirmarla, evocando nombres hechos y fechas.

Por eso no es gratuito que al reseñar en el diario El Tiempo una novela de Tomás González, que aborda el tema desde el título hasta el último renglón, el analista literario Alfonso Carvajal intitulara su columna: «Un país de bandidos». Para el columnista, el novelista  desentraña a lo largo de su obra  los  recovecos  históricos, donde se esconden  las causas que nos explican por qué  «Colombia se volvió un país», donde el bandidaje podría ser considerado como una categoría de análisis clave para comprender la historia nacional. 

Los elementos que evoca  González en la construcción de su novela son los mismos elementos  evocados por el célebre historiador británico Eric Hobsbawm en su recuento de la historia colombiana del último tramo del siglo XX. Según este historiador, el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, en 1948, abrió una caja de pandora de la que se escapó una horda de demonios, que han convertido a este país «en el campo de la muerte de Suramérica». 

Hobsbawm recalca que la violencia política generada a raíz de la muerte de Gaitán sirvió de incubadora para una serie de eventos sociales, que han llevado a Colombia a experimentar «la mayor movilización armada de campesinos (ya sea como guerrilleros, bandoleros o grupos de autodefensa) en la historia reciente del hemisferio occidental», después de la Revolución mexicana.

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La violencia política –de origen bipartidista- empujó al campesinado a tomar las armas a favor de un bando o del otro. La actividad armada de los insurrectos, que se trazaron después de la mitad de la década de los sesenta, la meta de derrocar al Estado imperante, así como la de los grupos encargados de contenerlos, que armaron los hacendados con ayuda de los militares en zonas apartadas, no había pasado de ser un fenómeno local hasta que el comercio internacional de cocaína le inyectó el volumen de capital necesario, para darle vuelo nacional. 

En medio de ese pandemónium social, en el que han brillado con luz propia guerrilleros idealistas y sin ideales; bandoleros tremebundos y temerarios; militares feroces  y codiciosos; pájaros (sicarios) variopintos y desalmados; paramilitares sanguinarios y aplaudidos; políticos corrompidos y torpes; jueces indolentes y sobornables; y policías brutales y negligentes, los traficantes de drogas encontraron rápidamente su puesto en el seno de la sociedad. 

El abundante río de dinero que desemboca en sus bolsillos, producto de un negocio rentable en un país donde los negocios legales tienen dificultad para prosperar, los convirtió en los financistas infalibles de la actividad bélica de los actores armados, de las aspiraciones a señorita Colombia de reinas departamentales de belleza y de las campañas de políticos, que buscan pasar a la historia nacional «coronando los puestos de mando».

Herederos de las mañas de una estirpe de contrabandistas, cuya experiencia en el mundo de los negocios ilícitos remonta a los tiempos de la colonia: según el cronista Alonzo Salazar, el abuelo materno de Pablo Escobar era un experimentado traficante de mercancías ilegales, que surtió a Medellín en las primeras décadas del siglo XX de alcohol, cigarrillos y lociones made in USA, París y Londres, los narcotraficantes se convirtieron rápidamente en el prototipo del hombre de éxitos.

Por su vestuario excéntrico, sus joyas extravagantes, sus carros de marcas renombradas y sus novias voluptuosas, de senos voluminosos que desatan la envidia femenina y masculina; de labios que promocionan lápices labiales de reconocidas firmas de cosméticos; de piernas que representan la imagen oficial de marcas de medias veladas; y de estampas, que adornan las portadas de revistas para adultos, los narcos se convirtieron en el ícono central de un estilo de vida, que algunos académicos han bautizado con el sugerente nombre de cultura mafiosa. 

Esos aspectos han terminado convirtiendo al narcotraficante en el referente social a imitar. Su éxito rápido y mal habido le dejó claro a las nuevas generaciones de adolecentes díscolos e intrépidos, que el crimen también puede ser un eficiente ascensor social, en un país donde no hay muchas oportunidades para los muchachos pobres. Por eso hoy en Colombia: esto podría sonar exagerado, son pocos los adolescentes calaveras, que sueñan con seguir la senda del Che Guevara o del cura Camilo. Al contrario abundan los que aspiran a repetir la historia del patrón, que cumplió su promesa de coronar su primer millón antes de los 25 años y le dio a su vieja todos los lujos, que el viejo Abel de Jesús Escobar Echeverry, por falta de agallas, nunca fue capaz de darle.

Colombia: de país productor de café a país productor de narcóticos

Para los que aman conocer la historia de los hechos, la génesis de todo comenzó un día de 1971, cuando el presidente Richard Nixon declaró la “guerra contra las drogas” en Estados Unidos. El combate sin tregua a las plantaciones de marihuana en los estados del sur de ese país hizo que los cultivos se trasladaran a América Central, las islas del Caribe y al norte y oeste de Colombia. Allí surgieron, por razones ambientales, dicen unos, por el cuidado especial que se le dio a las plantas, dicen otros, dos variedades potentes de marihuana: la Santa Marta Colombian Golden cannabis y la «cominera» o «punto rojo» del Cauca. La leyenda refiere que cuando el aroma de las hojas del cáñamo colombiano perfumó por primera vez el aire de los Estados Unidos, los amantes del humo de la planta sagrada del movimiento rastafari comenzaron a rendirle culto.

Gracias a la «bonanza marimbera» apareció en las ciudades del norte de  Colombia, de la noche a la mañana, un nuevo tipo de rico, cuyos modales extravagantes y su filosofía de vida fueron resumidos en el verso central, de una canción vallenata de lenguaje perdulario, que canta en tono desafiante: «sí, yo soy parrandero y que/ a nadie le importa/ si hago mis parrandas es porque/ la vida es bien corta». 

A finales de la década de los setenta, gracias a la vocación jardinera de la sociedad norteamericana, el 60% de los consumidores de cannabis había encontrado la manera de producir, al interior de sus hogares, la cantidad suficiente para el consumo personal. Para completar la maroma, los jardineros gringos u holandés –aún no se sabe con claridad a quien corresponde la paternidad del híbrido- trajeron al mundo la California Orange Bud from White Label, una variedad aún más eficaz y poderosa que la Santa Marta y la Punto Rojo, que se promociona hoy en internet como: «una maravilla de planta, productora generosa, con flores muy resinosas, fácil de cultivar y con un fumar poderoso (…) adecuada para principiantes o expertos». 

Por causa de ese fabuloso invento de la ingeniería agronómica, que puede crecer bajo techo, el tráfico de marihuana de Colombia a Estados Unidos comenzó a ser un negocio poco rentable. Con la crisis del negocio, el traficante de marimba pasó a ser en un objeto de museo. Sin embargo su imagen pervive en la memoria popular, porque fue inmortalizado por un compositor de vallenatos, que lo describe como aquel que es allá en su «tierra el enamorador, el más amigo y más fuerte también», como «el gavilán mayor/ que en el espacio es el rey». En síntesis, «el gavilán de la pluma marrón», ave sagrada de las tribus indias del norte de Colombia.

La era de la marihuana como producto exportable rentable e ilícito; y por ilícito rentable, llegaba a su fin en Colombia. Sin embargo el auge del gusto por la cocaína entre los sectores refinados de la sociedad norteamericana, le daba vuelo a un nuevo tipo de traficante, que se sirvió de la experiencia acumulada por los exportadores de marihuana, para surtir de manera segura los mercados internacionales con la droga ilegal de moda. 

Mientras la era de los gavilanes mayores conocía su ocaso, un guisado más suculento se estaba cocinando en la trastienda. Éste era ni más ni menos que la puesta a punto de un modelo rentable de producción, trasporte y distribución de cocaína; un producto industrial extraído de una planta, que tiene un carácter sagrado para más de una centena de tribus indígenas de América del Sur.   

Por cuenta de los hombres que armaron la nueva maqueta del tráfico de drogas, Colombia, que había labrado en un siglo su fama internacional como el país exportador del mejor café del mundo, pasó a ser reconocido  –en menos de una década- como el mayor productor de coca del planeta.

Pablo Escobar: de ladrón de lápidas a integrante de la lista Forbes

La bonanza marimbera estaba en sus postrimerías. Los capos de la costa norte colombiana se exterminaban entre ellos en cinematográficas vendettas. Los tiroteos que protagonizaban regaron la fama a nivel nacional del guajiro como un hombre de coraje, de gatillo fácil, que lava las deudas de sangre con sangre. Lejos de las vindictas de los varones del cannabis, una nueva generación de traficantes mucho más poderosa, organizada y despiadada emergía en las ciudades de Medellín y Cali, dos de los principales centros industriales del país.

(Continuará…)

Foto:  Captura de pantalla / YouTube