miércoles, 11 de diciembre de 2013

20 años de la muerte de Pablo Escobar: retrospectiva sobre la vida de un bandido que marcó la historia de su país (y II)

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El arca de Enoïn
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VIENE DE: 20 años de la muerte de Pablo Escobar: retrospectiva sobre la vida de un bandido que marcó la historia de su país (I) 

Las figuras que comenzaban a emerger en el negocio tenían en común un aspecto: aunque eran individuos que no habían terminado sus estudios secundarios o universitarios y no tenían un pasado que mostrar en el mundo de los negocios formales, podían acreditar –al contrario – un buen prontuario en el mundo del hampa local. Allí  habían comenzado robando y desvalijando carros, secuestrando hacendados, contrabandeando loza china y cigarrillos gringos o haciendo otro tipo de cruces malucos para el mundo del malevaje y la gente decente, que de vez en cuando encargaba vueltas especiales

En esa nueva generación descolló rápidamente Pablo Escobar. Sus habilidades para organizar y gerenciar empresas delictivas lo pusieron en un santiamén al frente de una banda, que terminó convertida en un poderoso cartel criminal. El origen urbano y el mayor nivel educativo de los nuevos traficantes, hacía de ellos individuos más refinados y visionarios que el marimbero de la costa norte colombiana, un campesino que se limitó a sembrar la planta, a recoger sus hojas a empacarlas y colocarlas en los puertos.

La cocaína –un narcótico escaso y exótico por aquella época -, que se producía en Ecuador a partir de hojas cultivadas en Perú y Bolivia, era la oportunidad que aquellos pichones de bandidos, que no aspiraban ni a hacer la revolución ni a quedarse como simples contrabandistas de alcohol, loza, ropa, lociones y cigarrillos, estaban buscando. Por eso comenzaron yendo a Quito, donde se procesaban las hojas de coca, para traer la cocaína a Cali y Medellín. Allí, aprovechando el flujo de emigrantes colombianos que partían a los Estados Unidos, comenzaron a mandar a  Nueva York, valiéndose de mulas, pequeñas cantidades de droga. 

Pero el futuro del negocio no estaba en las mulas ni en la producción artesanal del alcaloide. El mérito de Escobar y de sus cofrades consistió en haber llevado a cabo la reingeniería del negocio. Para superar la baja rentabilidad y el riesgo que representaba el tráfico con mulas, Escobar tuvo la brillante idea comenzar a sembrar la coca a gran escala en las selvas del sur de Colombia, de regalarle semillas de coca a los colones más atrevidos, de trasladar los laboratorios de Quito a las zonas de producción y de popularizar entre los cultivadores los pasos del proceso, que convierte en cocaína las hojas de coca. Para disimular el negocio y normalizar su oficio, Escobar consideró importante de involucrar en la cadena productiva a varios sectores de la economía formal, reservándose para él el transporte y la distribución en los centros de consumo. 

De acuerdo con algunos cronistas judiciales y con las versiones de los rapsodas que relatan las hazañas de los protagonistas del bajo mando colombiano, Escobar en asocio con Carlos Lehder Rivas (un hijo de buena familia de Armenia, fanático de los aviones, que había emigrado en sus años adolecentes a los Estados Unidos, donde había llevado una juventud turbulenta que lo había puesto al margen de la sociedad), organizó una flotilla de aviones, que le permitió poner su producto al alcance del consumidor, de Nueva York a Los Ángeles, de manera rápida y en cantidades superlativas.

Los cambios que introdujo en un negocio, que hasta ese momento había estado en manos de personas de clase media y alta, que se arriesgaban a transportar entre sus habares personales pequeños alijos, fue lo que lo llevó a pasar de ser un vulgar ladrón de lapidas de tumbas de ricos, al comienzo de la década de los setenta, a ser un integrante del club de los afortunados más importante del mundo de la revista Forbes, en la década de los ochenta. 

Rico temido y poderoso, para borrar su mala fama, Escobar se transformó en filántropo. Fue así como comenzó a regalar casas decentes a los habitantes de las chabolas de Medellín, a través de la campaña Medellín sin tugurios. Su madre, orgullosa de los logros de su hijo, se convirtió en la gerente de sus obras de caridad. En ellas involucró a un importante sector de la iglesia católica, que ávido de su dinero cerraba los ojos frente a sus tropelías.

Cuando comenzaron sus problemas con Estados Unidos, Escobar, que ya tenía una sólida relación con un influyente sector del establecimiento político colombiano, quiso tomar el control de las palancas del poder. Para granjearse la simpatía del pueblo se ofreció para hacer una colecta de dinero entre los narcos, destinada a pagar la deuda externa. La idea fue de buen recibo en las clases populares en un momento, en el que el manejo de esta deuda se había convertido en un problema para la mayoría de los países de América latina. Sin embargo, su entrada en política marcó el comienzo de su declive. Con el fin de la Guerra Fría, las organizaciones de tráfico de drogas se convirtieron en el blanco principal de Washington. El final de Pablo Escobar estaba cantado.

Para evitar su captura y extradición le declaró la guerra al Estado colombiano. Con el fin de arrestarlo o eliminarlo se organizó una coalición heteróclita de fuerzas, que incluía a los organismos de inteligencia de los Estados Unidos y Colombia, a los responsables de la seguridad de los traficantes del Cartel de Cali, a los jefes de grupos paramilitares del Magdalena Medio y Córdoba, y a los líderes de las bandas de narcotráfico de menor vuelo de Medellín; amalgamados en los PEPES, que no le perdonaban haber mandado matar a sus jefes.

El jueves dos de diciembre de 1993 a las dos y cuarenta y cinco minutos  de la tarde, sobre el techo de la casa de un barrio de clase media, acompañado por  uno de los pocos hombres que aún le eran fieles, al día siguiente de su aniversario 44, cayó abatido. Cuando la radio anunció su muerte medio país celebró el hecho y el otro medio lo lloró. Su funeral fue uno de los más concurridos en la historia de Medellín. Desde entonces la peregrinación a su tumba no ha cesado. La creencia popular sostiene que ir al lugar trae buena suerte en los juegos de azar.

Dos décadas después de su muerte hay quienes juran la mano sobre la Biblia que Escobar no ha muerto, que está vivo y escondido en un pueblo de Antioquia. Otros dicen que la oligarquía colombiana lo mandó matar, porque no soportó que una persona tan buena estuviera dispuesta a producir riqueza y a repartirla con el pueblo. Aprovechando el arraigo de su historia personal en el imaginario popular, un canal de televisión contó su vida en una telenovela en 2012. 

Con ocasión de los 20 años de su muerte, los informes periodísticos que reseñan su prontuario  no han faltado. El del portal Colombialink sostiene que «el día que murió Pablo Escobar se cerró el ciclo de la violencia narcoterrorista», que había desatado un hombre que «alcanzó fama universal por su sorprendente inteligencia para la maldad».

Sin embargo, es necesario recalcar que la muerte de Pablo Escobar dio origen a un nuevo siclo de violencia en el país. La fragmentación del negocio del narcotráfico trajo consigo la emergencia de una constelación de carteles, que se fusionaron con bandas locales de paramilitares, para sembrar el terror en veredas, llanuras, laderas y caminos reales. Con ellos la violencia se expandió a lo largo y ancho del país y golpeó a todas las clases sociales. En el afán de tomar el control del negocio de la droga, el poder político local y de evitar la expansión guerrillera, estos grupos terminaron generando una ola de violencia, que causó varias centenas de masacres, dejó cuatro millones de desplazados y una crisis humanitarias sin precedentes en la historia de colombiana.

Las relaciones ilegítimas que surgieron en la coalición que dio muerte a Escobar se sintetizan en una paradoja. Veinte años después de su caída, Hugo Aguilar, el oficial de policía que se convirtió en ‘‘héroe nacional’’ por haber coordinado la operación que condujo a la muerte del «peor criminal de nuestra historia», está preso por nexos con el paramilitarismo. Para terminar de completar el cuento, Danilo González, el policía que comandó el operativo en el que se le dio de baja, terminó «siendo investigado por Estados Unidos por narcotráfico» y murió en un ajuste de cuentas entre los capos que remplazaron a Escobar, entre los que se contaba él mismo.

A raíz del aniversario 20 de la muerte de Pablo Escobar, no son pocos los que se han molestado –en los foros de los periódicos y las redes sociales– porque los medios recuerden, con amplios despliegues, la caída del capo. En todo caso, aunque cause escozor, conmemorar su muerte no es un simple culto al personaje ni representa tampoco la exaltación de sus fechorías. Quiérase o no, él hace parte de una larga pléyade de bandidos, que con sus actos criminales ha dejado una profunda impronta en la historia de Colombia.

No es de balde que Wikipedia, el sitio más popular en materia de vulgarización científica, le ha consagrado una reseña biográfica, en la que se da cuenta que Pablo Emilio Escobar Gaviria fue «un político, empresario y narcotraficante, fundador y líder del Cartel de Medellín, con el que llegó a ser el hombre más poderoso de la mafia colombiana».

Foto: Captura de pantalla / YouTube